A veces me preguntan si todavía vale la pena dedicarse a la ciencia. El cuestionamiento suele llegar después de hablar de contratos precarios, burocracia, financiación insuficiente, evaluaciones interminables y artículos que uno tarda tres años en publicar para que luego lean con atención unas cincuenta personas, treinta de las cuales aparecen entre los autores.
La pregunta tiene una segunda parte: ¿merece la pena, además, salir del laboratorio y contar lo que hacemos? Porque investigar consume tiempo y explicarlo también. Y el día continúa teniendo veinticuatro horas.
La respuesta fácil sería apelar al progreso, las vacunas, los antibióticos, los trasplantes y la inteligencia artificial. Sería cierto, aunque insuficiente. Me interesa otra cuestión: qué lugar ocupa el conocimiento científico en una sociedad que ha aprendido a seleccionar con enorme eficacia aquello que desea escuchar.
Nuestra relación con la información ha cambiado. Podemos elegir el periódico, la red social, el tertuliano, el político y hasta el algoritmo que mejor confirma lo que ya pensábamos. Si una opinión nos irrita, deslizamos el dedo. Si un dato contradice nuestras certezas, buscamos otro dato, otro experto o, llegado el caso, otro universo estadístico.
Los políticos han entendido muy bien ese mecanismo. Algunos, diría que casi todos, han sustituido la ingrata tarea de explicar la realidad por algo electoralmente bastante más rentable: describir una situación en la que sus votantes se sientan cómodos. El adversario hace exactamente lo mismo desde la acera contraria y todos regresan a casa convencidos de haber ganado una discusión que nunca llegó a producirse.
La ciencia funciona mal dentro de esa lógica porque posee una pésima cualidad comercial: con frecuencia dice cosas que nadie ha encargado.
Un experimento puede demostrar que el tratamiento en el que confiábamos no funciona. Un ensayo clínico puede obligarnos a abandonar una práctica utilizada durante años. Una investigación sobre cambio climático, alimentación, vacunas o contaminación puede contradecir aquello que deseábamos creer.
Y, para empeorarlo, el científico serio añade después una frase poco apta para TikTok: "Con los datos disponibles".
Eso desespera, lo sé.
Nos gustaría que la ciencia hablara como un profeta, con frases definitivas y un dedo señalando el futuro. En realidad, avanza de manera bastante menos cinematográfica. Formula una hipótesis, la enfrenta a los datos, acepta una respuesta provisional y espera que alguien intente demostrar que estaba equivocada.
Karl Popper hizo de esa posibilidad de refutación una pieza central de la filosofía de la ciencia. La fortaleza del conocimiento científico no reside en ser inmutable, sino en admitir que puede corregirse. Lo que sabemos mejora precisamente porque dejamos una puerta abierta a descubrir que sabíamos menos de lo que creíamos.
Aquí aparece una paradoja difícil de explicar fuera del laboratorio. Cuando la ciencia cambia una recomendación, mucha gente interpreta que ha fallado. Para un científico puede significar exactamente lo contrario: llegaron mejores datos.
Durante la pandemia lo vimos con una crudeza extraordinaria. Cada modificación en las recomendaciones era presentada por algunos como prueba de incompetencia, cuando estábamos observando conocimiento construirse en tiempo real frente a un virus recién llegado a nuestra especie. Exigíamos certezas de catedral a resultados que todavía estaban colocando los andamios.
También sabemos que la verdad compite con desventaja cuando circula por las redes. Soroush Vosoughi, Deb Roy y Sinan Aral analizaron en Science unas 126.000 historias difundidas en Twitter entre 2006 y 2017. Las falsas alcanzaban a más personas, penetraban más lejos y viajaban con mayor rapidez que las verdaderas.
La novedad y la sorpresa parecían ayudar bastante. La verdad, por desgracia, carece de departamento de marketing.
Conviene tampoco caer en la caricatura contraria. Un enorme estudio coordinado por Viktoria Cologna y publicado en Nature Human Behaviour analizó la confianza en los científicos en 68 países. Encontró niveles de confianza globalmente apreciables. La sociedad no ha decidido abandonar la ciencia; mas vive inmersa en un ecosistema donde la evidencia compite continuamente con identidad, ideología, emociones e intereses.
Ergo, comunicar ciencia importa.
Importa explicar qué sabemos, aunque importa igualmente contar qué ignoramos. Decir dónde termina un resultado y dónde comienza nuestra interpretación. Diferenciar una asociación de una causa, un experimento en ratones de un tratamiento para humanos y una hipótesis atractiva de un hecho demostrado.
Esa tarea a veces resulta ingrata. Quien divulga ciencia descubre pronto que una afirmación rotunda recibe más aplausos que cinco cautelas metodológicas. Decir "esto cura" cabe estupendamente en un titular; explicar tamaño muestral, intervalo de confianza y sesgos de selección exige algo más de paciencia por ambas partes.
Aun así, debemos hacerlo.
No porque los científicos poseamos una superioridad moral particular. Somos humanos, cometemos errores, competimos por financiación, perseguimos reconocimiento y algunas veces nos enamoramos demasiado de nuestras propias hipótesis. Precisamente por eso construimos métodos destinados a limitar nuestras debilidades.
Publicamos para que otros revisen. Describimos métodos para que alguien pueda repetirlos. Mostramos los datos para que otro investigador encuentre aquello que nosotros no vimos. La ciencia desconfía incluso del científico que la produce, y esa desconfianza organizada constituye una de sus mejores virtudes.
Difundirla significa trasladar ese modo de pensar fuera del laboratorio. Significa decirle a alguien que puede tener razón y, aun así, pedirle pruebas. Significa aprender que cambiar de opinión ante una evidencia mejor no es debilidad intelectual.
Por eso importa qué investigamos, cómo lo hacemos y qué conseguimos. Importa también contar los fracasos, las dudas y los resultados que no producen titulares. Una sociedad que únicamente escucha conclusiones agradables termina perdiendo la capacidad de distinguir entre conocimiento y consuelo.
Así que sí, vale la pena ser científico. Vale la pena pasar horas frente a un resultado que contradice meses de trabajo y regresar al día siguiente para comprobarlo otra vez. También vale la pena salir del laboratorio y contarlo, aunque algunos prefieran otra respuesta.
La ciencia no está obligada a gustarnos. Su compromiso es bastante más exigente: intentar describir la realidad sin preguntarle antes qué versión nos gustaría recibir.
Y esta semana, por razones que nada tienen que ver con microscopios, secuenciadores y valores de p, alguien volverá a hacerme una pregunta importante. Será la cuarta vez que me la hacen en mi vida.
Después de tantos años dedicado a buscar respuestas provisionales, esta vez no necesitaré experimento, grupo control ni revisión por pares.
Diré SÍ, QUIERO.