Una investigadora me dijo una vez que los científicos no deberíamos hacer divulgación.

—Es una pérdida de tiempo —sentenció sin dejar espacio para el debate.

Tiempo después, otra persona fue más lejos: sugirió que mi prestigio como investigador estaba en entredicho por explicar ciencia. Según su teoría, divulgaban los fracasados, quienes no publicaban un sólo artículo al año y buscaban aplausos fuera del laboratorio.

Debo de haber fracasado sin enterarme. Quien quiera comprobar mi producción científica puede buscar mi nombre en Pubmed. Allí están los artículos, las revistas y los temas.

Datos en lugar de impresiones. No cuento esto para defender mi currículum. Lo recuerdo porque revela un prejuicio: algunos científicos creen que el conocimiento pierde valor cuando alguien logra explicarlo.

Desde hace años convivo con esa doble condición de investigador y divulgador. Paso del lenguaje del laboratorio al de una columna, un libro o una conferencia. El viaje exige comprender el resultado, identificar sus límites, retirar tecnicismos sin mutilar el concepto y no convertir una probabilidad en certeza.

Divulgar no rebaja la ciencia. Quita los obstáculos que no forman parte de ella. Y no basta con tener acceso a los papers científicos que se publican en revistas excelsas. No, es necesario llevarlos a un lenguaje accesible. Sobre el tema, Meagan Phelan publicó en Science el texto Public access’s next frontier y en él me baso para escribir esta columna.

Tras dos décadas de acceso abierto a artículos científicos, Phelan sostiene que toca crear "canales de significado". Liberar publicaciones es fundamental, aunque es apenas una parte del acceso público. Un artículo puede descargarse gratis y continuar herméticamente cerrado.

La puerta está abierta. Las luces siguen apagadas.

Ocurre cuando el lector encuentra cuarenta siglas antes del método, una jungla estadística sin una frase que explique su sentido o conclusiones redactadas para impedir que alguien ajeno al campo las discuta.

También cuando se confunde complejidad con oscuridad. Hay trabajos difíciles porque estudian problemas complejos. Otros parecen profundos porque están mal escritos.

El lenguaje técnico resulta imprescindible. En ciencia, una palabra puede condensar décadas de acuerdos, experimentos y matices. No pediría a un inmunólogo que sustituya «tolerancia a endotoxinas» por una metáfora cada vez que escribe para sus colegas.

La precisión protege el conocimiento. El problema comienza cuando la jerga deja de ser una herramienta y se convierte en una contraseña de acceso.

La ciencia abierta ha trabajado mucho para eliminar muros económicos. Artículos antes inaccesibles pueden leerse ahora sin pagar una suscripción. También se comparten bases de datos, protocolos y códigos informáticos. Todo ello permite comprobar resultados, repetir análisis y detectar errores.

Es un avance enorme. Sin embargo, disponibilidad no equivale a comprensión.

Poner un artículo en internet se parece a dejar un tratado de navegación abierto en una plaza. Cualquiera puede tocarlo; pocos sabrán llegar a puerto. La distancia aumenta cuando los datos afectan a cuestiones que preocupan a la población: una vacuna, el riesgo de cáncer, una epidemia, el cambio climático o la seguridad de un alimento.

En esos asuntos, comprender incluye conocer la incertidumbre. La buena divulgación no promete una seguridad que el experimento no ofrece. Explica el tamaño de la muestra, distingue asociación de causalidad, aclara si el efecto es estadísticamente significativo y pregunta si también resulta relevante para la vida real.

En una oración clara: cuenta lo que sabemos, cómo lo sabemos y qué podría hacernos cambiar de opinión.

Esa honestidad no debilita a la ciencia. En cambio, la vuelve reconocible. El público desconfía cuando escucha hoy una afirmación absoluta y mañana una corrección que nadie le había dicho que era posible. La ciencia avanza revisándose. Ocultar sus dudas para transmitir autoridad termina produciendo el efecto contrario.

No hace falta que cada artículo científico se transforme en un cuento para todos los públicos. Su función principal seguirá siendo comunicar resultados a especialistas con el detalle necesario para evaluarlos y reproducirlos.

Pero, hace falta una segunda capa: resúmenes comprensibles, gráficos legibles, explicaciones del método, limitaciones visibles y espacios donde los ciudadanos puedan formular preguntas sin sentirse examinados.

También necesitamos reconocer ese trabajo. La carrera investigadora premia los artículos, las citas, los proyectos y las patentes. Explicar un hallazgo a la sociedad suele considerarse una actividad decorativa que se realiza después de cumplir con lo serio.

Mientras mantengamos ese sistema de incentivos, seguiremos pidiendo divulgación a científicos a quienes penalizamos por dedicarle tiempo.

Quien mejor divulga no siempre es quien más sabe, porque comunicar requiere un talento específico. Ahora bien, la divulgación rigurosa necesita conocer la cocina de la ciencia: cómo se diseña un experimento, dónde aparece un sesgo, cuánto pesa un resultado negativo y por qué una hipótesis siempre es provisional.

Por ello, los investigadores debemos participar y aprender, solos o junto a periodistas, escritores y comunicadores.

Creo que, en la actualidad, la ciencia abierta necesita dos compromisos. El primero es garantizar que cualquiera pueda llegar hasta el resultado. El segundo, que encuentre un idioma compartido para entenderlo.

Ergo, puertas abiertas y luz suficiente para mirar dentro.

A aquella investigadora le respondería hoy que divulgar consume tiempo y rara vez concede réditos académicos. Por eso tiene valor.

Investigar produce conocimiento; compartirlo permite que pertenezca a la sociedad que lo financia, lo necesita y vive bajo sus consecuencias. Una ciencia encerrada pierde su propósito. Una ciencia abierta pero incomprensible conserva la cerradura, aunque ya no sepamos verla.