El ventilador de mi vecina suena como un insecto grande.

Lo comencé a escuchar una tarde, al volver a casa, cuando Madrid parecía recién sacada de un microondas. Al día siguiente, en el ascensor, coincidí con ella. Ochenta y tantos años, bolsa pequeña del mercado, abanico en una mano.

Me dijo: "Hoy pesa el aire". Tenía razón.

El calor pesa. Pesa sobre el corazón, el riñón, la respiración, el sueño, el embarazo, los medicamentos, la soledad y la cuenta de la electricidad.

Durante mucho tiempo hablamos del calor como si fuera un decorado del verano. La terraza, la sandía, la playa, la queja simpática. La ciencia empieza a decirnos algo concreto: las altas temperaturas son un problema médico de primer orden. Pero, vayamos por partes.

En 2024, Michelle Bell, Antonio Gasparrini y Georges Benjamin publicaron en The New England Journal of Medicine una revisión sobre cambio climático, calor extremo y salud.

Allí se recoge que las altas temperaturas se asocian con eventos cardiovasculares, enfermedad renal, problemas respiratorios, desenlaces adversos del embarazo, ansiedad y depresión.

La frase parece amplia, lo sé. En realidad, describe la consulta de cualquier centro de salud durante una ola de calor.

Tengo que decirte que el cuerpo humano es una máquina elegante, aunque caprichosa.

Para mantenernos vivos cuando hay alrededor de 37 grados, enviamos sangre a la piel, sudamos y evaporamos agua. Si el ambiente aprieta, el corazón bombea con esfuerzo superior. Si falta agua, la sangre se concentra. Si hay humedad, el sudor pierde eficacia. Si tomamos diuréticos, betabloqueantes, anticolinérgicos o antipsicóticos, el margen de maniobra se estrecha.

Ergo, las altas temperaturas no matan únicamente por "golpe de calor". Ese es el titular fácil.

El golpe de calor existe, claro. Sorensen y Hess lo explicaron en The New England Journal of Medicine en 2022: es una urgencia que exige enfriamiento rápido, hidratación y manejo del daño orgánico.

La otra parte ocurre en silencio.

Una mujer con insuficiencia cardiaca se descompensa. Un hombre mayor con enfermedad renal se deshidrata. Un paciente con EPOC respira peor porque el ozono sube. Una embarazada entra antes de tiempo en una cadena de riesgo. Un anciano decide no encender el aire acondicionado porque la factura le asusta.

La ciencia ya ha puesto números a esas escenas.

En The Lancet Planetary Health, Zhao y colaboradores estimaron que las temperaturas no óptimas se asociaron con 5,08 millones de muertes anuales en el mundo entre 2000 y 2019.

El frío explicó una parte mayor de esa carga. Conviene decirlo para no convertir la evidencia en propaganda. Aun así, el calor avanza con una claridad que no permite mirar hacia otro lado.

El metaanálisis de Liu y colaboradores, también publicado en 2022 en The Lancet Planetary Health, revisó el vínculo entre calor y salud cardiovascular. Las olas de calor se asociaron con un aumento del 17% en el riesgo de mortalidad cardiovascular.

Remarco, no hablamos de una molestia. Nos referimos al infarto que llega antes, del ictus que encuentra la puerta abierta, de la insuficiencia cardiaca que se queda sin reserva.

Europa ya no puede fingir que esto sucede lejos.

En un artículo publicado por Nature Medicine, Ballester y colaboradores estimaron 61.672 muertes relacionadas con el calor en Europa durante el verano de 2022. España apareció entre los países con mayor impacto: 11.324 muertes estimadas.

Un año después, Gallo y colaboradores calcularon 47.690 muertes relacionadas con el calor en Europa durante 2023 y mostraron algo importante: la adaptación ya salva vidas.

Sin las medidas adoptadas durante este siglo, la carga habría sido un 80% superior. Esa es la buena noticia: adaptarse sirve.

La mala es que adaptarse a medias deja demasiados cadáveres estadísticos, de esos que casi nunca aparecen en el certificado de defunción con la palabra "calor".

Mi vecina del ascensor no entraría en una gráfica. Entraría como vulnerabilidad, edad avanzada, posible medicación, vivienda caliente y quizá soledad o miedo a gastar. La biología y la pobreza suelen encontrarse en verano con pulcra puntualidad.

También hay un calor que viaja.

Y de esto Madrid, entre otras urbes, es testigo.

El del autobús sin climatización suficiente, el metro atestado con el aire acondicionado averiado, el tren de cercanías que se convierte en una caja metálica a las tres de la tarde y ese insoportable etcétera que tanto molesta.

Para una persona joven puede ser una incomodidad; para un anciano, una embarazada, un paciente cardiaco o alguien que vuelve agotado de un trabajo físico, puede ser el empujón que faltaba para la descompensación.

En este sentido la revista PNAS añadió otra pieza al rompecabezas fisiológico.

Sherwood y Huber propusieron en 2010 que existe un límite de adaptación humana asociado a la temperatura de bulbo húmedo, esa mezcla cruel entre calor y humedad que impide evaporar el sudor.

Luego, Vecellio y colaboradores, en PNAS en 2023, sugirieron que esos límites reales pueden alcanzarse antes de lo que se pensaba. Dicho sin dramatismo: no todo se resuelve bebiendo agua y buscando sombra.

Ahora te diré algo obvio: dormimos peor.

Un trabajo en Nature Communications de 2025, con 23 millones de registros de sueño, observó que por cada aumento de 10 grados en temperatura ambiente subían un 20,1% las probabilidades de sueño insuficiente. Dormir mal no es una incomodidad menor. Al día siguiente se regula peor la glucosa, se altera el ánimo y se decide mal.

La gestación tampoco queda al margen.

Una revisión y metaanálisis en Nature Medicine, firmada por Lakhoo y colaboradores, reunió estudios de 66 países y encontró asociación entre exposición al calor y mayor riesgo de parto prematuro, complicaciones obstétricas y problemas neonatales.

Recuerda que asociación no significa destino inevitable. Nos dice, en cambio, que el sistema sanitario debe mirar el termómetro cuando atiende a una embarazada, igual que mira la tensión arterial.

La medicina personalizada del calor no suena futurista. Diría que es sensata. Los médicos deberían preguntar por el calor como se pregunta por el tabaco, la dieta y el ejercicio.

Al despedirse, mi vecina me dijo que iba a abrir las ventanas "cuando refrescara". Miré el móvil. La mínima nocturna prevista rondaba los 35 grados. No iba a refrescar.

Entonces, comprendí que el verano había cambiado de oficio. Antes nos daba vacaciones. Ahora ha devenido preocupación.