Con el diagnóstico de un cáncer de mama, inicia un camino donde las operaciones y los tratamientos salvan vidas. Sin embargo, también está repleto de secuelas físicas importantes en la movilidad, la fuerza y la postura de las pacientes. Ante este escenario de reconstrucción personal y corporal, la actividad física adaptada es una herramienta fundamental.
Soraya Casla, doctora en Ciencias de la Actividad Física y del Deporte y especialista en ejercicio oncológico, detalla a ENCLAVE cómo abordar esta etapa. Es fundadora y directora de la iniciativa Ejercicio y Cáncer, ha participado recientemente como experta en el evento Women's Health Live, organizado por el grupo Tendam y la revista Women's Health.
La investigadora aborda el papel de la actividad física dentro de la recuperación postquirúrgica. Una de las opciones puede ser practicar pilates. La experta explica que el trabajo de movilidad, control postural, respiración y activación muscular ayuda a las mujeres a recuperar la confianza corporal tras la intervención.
No obstante, aclara que esta práctica no resulta suficiente por sí sola para cubrir todas las necesidades físicas y funcionales que requiere una paciente en su rehabilitación.
La evidencia científica y el American College of Sports Medicine respaldan el ejercicio combinado, integrando entrenamiento de fuerza y trabajo cardiovascular, como la estrategia más completa, insiste. Esta pauta multidisciplinar logra restaurar la capacidad física global y la masa muscular para que estas mujeres recuperen su autonomía en las rutinas diarias.
El entrenamiento de fuerza protege las estructuras articulares, mientras la actividad aeróbica regular mejora la capacidad cardiorrespiratoria y combate la fatiga persistente causada por las terapias. En este esquema, el pilates se incorpora como un valioso complemento enfocado en el control del movimiento, la flexibilidad y la reeducación postural, expone la experta.
Dentro del trabajo muscular, los ejercicios isométricos resultan especialmente útiles durante algunas de las fases del proceso de recuperación. Permiten activar la musculatura sin exigir grandes desplazamientos articulares, mejorando progresivamente la tolerancia a la carga en los tendones de las zonas intervenidas, sin comprometer los tejidos en cicatrización.
Casla advierte de que la progresión debe adaptarse siempre a la historia deportiva previa de cada mujer. Quienes practicaban ejercicio disponen de mayor conciencia corporal y mejor condición de partida, pero las personas sedentarias también logran grandes avances cuando reciben un programa diseñado de manera paulatina según sus posibilidades reales.
"El objetivo final es el mismo en ambos casos: recuperar fuerza, capacidad cardiovascular, movilidad y autonomía", destaca la experta. Las adaptaciones individuales permiten avanzar con total seguridad. Así, ajustar los movimientos no debe confundirse con limitar las capacidades de mejora que la paciente puede alcanzar durante el tratamiento.
La importancia de la coordinación
Casla habla también de la importancia de la coordinación entre los educadores físicos, cirujanos, oncólogos y fisioterapeutas: “Es absolutamente fundamental, especialmente en las primeras fases de recuperación”. Conocer el tipo de intervención quirúrgica, si ha existido reconstrucción mamaria o si se han extirpado ganglios axilares, permite adaptar los rangos de movimiento a la evolución real de las cicatrices.
Asimismo, es vital diferenciar la rehabilitación de complicaciones específicas –tarea propia de la fisioterapia– del entrenamiento enfocado a recuperar capacidades fisiológicas. Una valoración clínica inicial exhaustiva facilita el diseño de pautas personalizadas que se integran en la atención médica global, garantizando un seguimiento continuo de cada paciente.
Durante los primeros meses tras pasar por el quirófano, surge con frecuencia en estas mujeres el temor a sufrir lesiones, aumentar el dolor o favorecer la aparición de linfedema. Este es el mayor mito en torno a su relación con el ejercicio.
Una creencia equivocada que paraliza a muchas de ellas, retrasando una práctica supervisada que aceleraría su retorno a las actividades de su día a día con total seguridad y comodidad física.
Casla señala en este sentido que la falta de información genera dudas infundadas sobre levantar peso o mover el brazo intervenido. La barrera psicológica inicial se disipa en cuanto la paciente comprueba que el ejercicio guiado favorece el retorno venoso, reduce la inflamación y restablece la confianza en la fortaleza de su cuerpo.
Soraya Casla, especialista en ejercicio oncológico, en una fotografía de archivo.
Un error extendido es el de pensar que las mujeres operadas deben realizar únicamente ejercicios de muy baja intensidad, continúa la experta. La creencia de que pasear despacio o realizar estiramientos suaves representa la mejor opción resulta insuficiente para frenar la pérdida de densidad ósea y el deterioro funcional derivados de las terapias.
Lo importante no es elegir una disciplina concreta, sino combinar los estímulos necesarios, remarca Casla. "No basta con que la paciente se mueva, queremos que recupere su capacidad fisiológica, muscular y funcional" La masa muscular y la resistencia cardiovascular requieren cargas adecuadas y progresivas para restaurar la función biológica del organismo tras someterse a cirugías o ciclos farmacológicos.
La práctica de ejercicio estructurado también es aconsejable en las fases previas a la operación y mientras se reciben sesiones de quimioterapia, radioterapia u hormonoterapia. Mantenerse activa constituye una de las mejores herramientas para reducir la toxicidad de los fármacos, mitigar el cansancio crónico y afrontar el quirófano mejor preparada, destaca la investigadora.
"Nuestra meta debe ser prescribir el ejercicio que cada paciente necesita, en la dosis y el momento adecuados", señala la especialista. Superar las ideas preconcebidas e integrar el movimiento guiado en el tratamiento oncológico ayuda a estas mujeres a vencer el miedo, recuperando la autonomía en tareas que creían inalcanzables.
Ver cómo recuperan gradualmente la movilidad y la fuerza representa “una de las experiencias más bonitas” de profesionales como Casla. El abordaje multidisciplinar basado en la evidencia científica consolida la actividad física como un pilar fundamental para transformar la calidad de vida de las sobrevivientes de cáncer de mama.
