Publicada

En 2024, el planeta rompió por primera vez la barrera de 1,5ºC, respecto a la era preindustrial en el promedio anual, mientras prácticamente todos los meses entre junio de 2023 y finales de 2024 registraron algún récord mundial de temperatura.

El coste acumulado de no frenar el cambio climático podría alcanzar los 551 billones de dólares a finales de siglo, según la estimación que Bill McKibben recoge en Here Comes the Sun. La última oportunidad para el clima y un cambio para la civilización (Capitán Swing, 2026), una cifra equivalente a unas 19 veces la economía estadounidense.

El activista climático comenzó a escribir el ejemplar a finales de diciembre de 2024, mientras en Vermont caía una lluvia que debería haber sido nieve. Pero no es una novedad, McKibben lleva tiempo alertando sobre las consecuencias de la combustión de carbón, petróleo y gas. Sin embargo, en esta ocasión el diagnóstico incorpora un nuevo elemento.

Bajo su punto de vista, el mundo ha llegado demasiado lejos para el calentamiento que ya está en marcha. En cualquier caso, todavía puede decidir cuánto más aumentará la temperatura y, con ello, cuánto se agravarán sus consecuencias. Y es en esa posibilidad donde el autor encuentra un espacio que resume como "un camino que se extiende ante nosotros. Un camino iluminado por el sol".

El cambio que sustenta esa esperanza es económico antes que tecnológico, dado que la energía renovable ha dejado de ser una alternativa marginal y cara. De hecho, en 2024, el 92,5% de toda la nueva capacidad eléctrica conectada a la red en el mundo procedió de fuentes renovables y en Estados Unidos alcanzó el 96%.

En abril de 2025, los fósiles generaron por primera vez menos de la mitad de electricidad estadounidense. De ahí que el experto sostenga en el libro que ya no existen barreras técnicas ni financieras que impidan fabricar los paneles necesarios a la escala requerida.

Para él, eso modifica la naturaleza de la discusión climática. Pues, pese a que la célula solar existe desde 1954, el calentamiento actual se produce a una velocidad completamente distinta: la primera planta solar de un teravatio se instaló en 2022, la segunda llegó dos años después y la siguiente avanza todavía más deprisa.

Vista aérea de una granja solar en el campo. iStock

"Acabar con la combustión sería un paso bastante importante", responde McKibben cuando se le pregunta si estamos ante una transición o ante un cambio de civilización.

El activista recuerda que Darwin consideraba el fuego y el lenguaje rasgos distintivos de nuestra especie y añade, con ironía, que prescindir de uno de ellos supondría "un gran avance". Su tesis es que el salto consiste en abandonar progresivamente la lógica de obtener energía quemando materiales almacenados durante millones de años.

Cambiar las reglas

Here Comes the Sun contrapone esa economía de la combustión con una fuente cuya materia prima no se compra cada mes. El experto describe el sol como un flujo que no necesita ser extraído, transportado ni vendido.

El astro contiene aproximadamente el 99,86% de la masa del sistema solar y, según los cálculos que recoge, proporciona cada año unas 720 veces más energía de la que consume actualmente la humanidad.

La diferencia no es menor para el poder económico. Los fósiles están concentrados en yacimientos y requieren cadenas de extracción, transporte y comercialización. El sol y el viento, en cambio, pueden aprovecharse en multitud de territorios. "La que no se puede acaparar es algo muy distinto", sostiene en la conversación con ENCLAVE.

Las grandes petroleras, explica, construyeron su poder vendiendo progresivamente unas reservas que podían controlar. Sin embargo, la generación renovable introduce una lógica distinta porque, una vez instalado el equipo, el recurso no tiene que adquirirse de nuevo.

Ese cambio tiene también una dimensión geopolítica. McKibben dedica buena parte de la obra a China, que presenta como candidata a convertirse en el primer "electro-Estado" del mundo, dado que cerca de la mitad de toda la energía limpia instalada se encuentra dentro de sus fronteras y el país es el gran fabricante de paneles, baterías y vehículos eléctricos.

El liderazgo chino, en cambio, convive con una contradicción. La nación continúa utilizando carbón a gran escala, pero el autor no interpreta esa situación como una razón para descartar su avance, sino como una muestra de la velocidad con la que está cambiando su sistema energético.

En mayo de 2025, recoge el libro, China había utilizado un 5% menos de carbón para producir electricidad durante el primer trimestre que en el mismo periodo de 2024, mientras su economía continuaba creciendo.

"Yo diría que ambas cosas", responde cuando se le plantea si el liderazgo chino representa una oportunidad climática o un desafío geopolítico para Occidente. Pero resta importancia a la segunda dimensión porque, una vez instalado el equipamiento, "el sol funcionará gratis para todo el mundo".

Para el activista, esa es precisamente la oportunidad política. Y es que la tecnología puede contribuir a desmontar algunas de las concentraciones de poder asociadas al modelo anterior.

Molino de viento solar fotovoltaico energía eólica. iStock

Occidente, considera, cometió un error al contemplar la transición principalmente como una cuestión ambiental. De hecho, el texto reconstruye cómo Alemania impulsó la expansión inicial de la fotovoltaica mediante políticas públicas que favorecieron la instalación de renovables y cómo parte de esa capacidad industrial acabó desplazándose hacia China.

De un modo u otro, su conclusión es clara. Mientras China estudió la transición como una cuestión industrial estratégica, Estados Unidos y Europa intentaron proteger en demasiadas ocasiones sus industrias tradicionales.

La transformación tampoco se limita a las grandes centrales. En Pakistán, McKibben observa cómo los paneles baratos procedentes de China han permitido que propietarios de viviendas, comercios y fábricas generen en un año una cantidad de electricidad equivalente a aproximadamente un tercio de la producción de la red nacional.

En este caso, la descentralización tiene una consecuencia social concreta. La cuestión adquiere una dimensión todavía mayor en África, un continente que, recuerda el experto, ha generado apenas el 3% de las emisiones históricas responsables del calentamiento atmosférico y que, al mismo tiempo, afronta algunos de sus impactos más graves.

Y es que, para el activista, disponer de paneles solares puede modificar radicalmente la posición de una comunidad rural que hasta entonces dependía de una red inexistente o de combustibles caros. "En esencia, es una tecnología liberadora", afirma. Pero esa liberación tiene una condición. La velocidad.

McKibben admite que no conoce cuál es el límite físico exacto al que puede llegar el despliegue mundial de renovables, aunque sí sabe que el margen temporal es estrecho.

En el libro sostiene que dentro de 40 años tiene pocas dudas de que el mundo funcionará fundamentalmente con energía solar y eólica, pero advierte de que tardar otros 40 años en alcanzar ese escenario sería incompatible con la necesidad de limitar el calentamiento. "Cuanto más rápido vayamos, mejor será", responde ahora.

El argumento económico refuerza esa urgencia. El experto asegura que "por supuesto que podemos permitírnoslo", pero contrapone la inversión necesaria para construir el nuevo sistema con el coste de mantener la trayectoria actual. El cálculo que recoge sobre los daños climáticos alcanza los 551 billones de dólares a finales de siglo.

"Si eres propietario de un pozo de petróleo, este cambio te resulta aterrador", resume el activista. En su interpretación, buena parte de los argumentos utilizados para presentar las renovables como demasiado caras responden también a los intereses de quienes se benefician del sistema existente.

La transición plantea, sin embargo, problemas que no desaparecen al abaratarse los paneles. El autor habla de los minerales y el territorio, alegando que obligan al movimiento climático a enfrentarse a sus propias contradicciones, dado que su extracción puede generar impacto y los parques solares y eólicos ocupan espacio donde existen otros intereses.

Portada del ejemplar 'Here Comes the Sun' de Bill McKibben. Capitán Swing

El autor rechaza que la solución pase por reducir la velocidad. "Eso solo nos hunde aún más en la crisis climática", responde cuando se le pregunta cómo conciliar el despliegue rápido con la justicia social y ambiental.

Su argumento se apoya en una distribución desigual de los daños. Y es que los países y las comunidades que menos han contribuido al calentamiento son, en muchos casos, quienes afrontan consecuencias más graves.

El territorio introduce otro conflicto. McKibben recoge que al menos el 15% de los condados estadounidenses estaban bloqueando de facto nuevas instalaciones de energía limpia mediante prohibiciones, moratorias u otros obstáculos.

El libro cuenta también su experiencia en Vermont, donde un proyecto solar de 121 hectáreas generó oposición entre parte de la población local. "Es importante que la comunidad obtenga beneficios por acoger parques solares o aerogeneradores", explica. De hecho, en algunas zonas europeas se ha avanzado mediante modelos de propiedad o copropiedad local.

La infraestructura eléctrica constituye otro cuello de botella. En la Autoridad del Valle del Tennessee, el experto encontró en 2024 a responsables locales que seguían reclamando centrales de gas como garantía de fiabilidad frente a las baterías. Pero Here Comes the Sun recoge otra alternativa.

Un estudio publicado en noviembre de 2024 concluyó que Estados Unidos podría duplicar su capacidad renovable sin construir nuevas líneas de transmisión si instalara parques solares y eólicos y baterías junto a centrales fósiles existentes, aprovechando las conexiones que ya tienen a la red.

Las baterías son, de hecho, uno de los argumentos más sólidos de la obra. El coste del almacenamiento de ion-litio ha caído un 97% en 30 años y el mundo preveía añadir 80 GW de almacenamiento a escala de red en 2025, ocho veces más que en 2021.

McKibben recoge incluso el concepto alemán Dunkelflaute, utilizado para describir los periodos en los que coinciden poco viento y poca radiación solar. Sin embargo, el desarrollo tecnológico no se queda en el litio, también menciona baterías de sodio y otras tecnologías destinadas a almacenar energía durante periodos más largos.

California como laboratorio

Si hay un lugar que concentra el optimismo del experto, es California. En 2024, el estado llegó a producir durante determinados momentos del día más del 100% de la electricidad que consumía con fuentes renovables.

La solar creció un 26% respecto a 2023, la eólica un 7% y la electricidad procedente de baterías un 97%. El uso de gas natural para producir electricidad cayó un 25% durante 2024 y la reducción alcanzó el 43% en primavera de 2025.

Hay otros ejemplos que muestran la misma transformación. En Alemania, 1,5 millones de personas instalaron paneles solares en sus balcones en 2024, mientras que aproximadamente un tercio de las viviendas australianas ya cuenta con paneles en el tejado.

El activismo aparece entonces como una pieza indispensable. McKibben recuerda en el libro la derrota sufrida durante la presidencia de Jimmy Carter, quien impulsó la solar, creó objetivos de expansión y llegó a instalar paneles solares en el tejado de la Casa Blanca.

Bill McKibben autor de 'Here Comes the Sun' (Capitán Swing, 2026). Steve Liptay

La llegada de Ronald Reagan cambió la política energética estadounidense, redujo en dos tercios la financiación de la investigación energética y desmontó buena parte de aquel esfuerzo. "El petróleo ganó y el activismo perdió", señala el activista.

Cincuenta años después, el escenario político vuelve a colocar a Donald Trump en el centro y el experto no duda al comparar ambos momentos. El mandatario estadounidense "está repitiendo sin duda alguna la locura de Reagan, y a lo grande", afirma. Pero encuentra una diferencia relevante.

La tecnología solar ya ha alcanzado una escala que no tenía entonces y la política estadounidense puede estar acelerando la respuesta de otros países. "Trump también está, con su estupidez, llevando a muchos otros países a apostar por las renovables".

La referencia al estrecho de Ormuz condensa su argumento geopolítico. La luz solar recorre unos 93 millones de millas hasta llegar a la Tierra, pero ninguna de esas millas pasa por una ruta marítima estratégica controlada por intereses energéticos. Para el autor, esa independencia física de los combustibles fósiles puede convertirse en una fuente de autonomía política.

El activista no presenta, sin embargo, las renovables como una garantía automática de igualdad, dado que una tecnología descentralizada puede acabar concentrada en manos de grandes empresas si las reglas del sistema lo permiten. Por eso defiende vigilancia democrática y modelos de propiedad pública, comunitaria o cooperativa.

"No nos liberarán automáticamente ni lo harán por sí solos", advierte la obra. La diferencia, en su planteamiento, consiste en que la transición elimina una de las principales fuentes históricas de concentración de riqueza y poder.

McKibben extiende esa discusión hasta la inteligencia artificial y la nueva demanda eléctrica. En diciembre de 2024, un grupo de investigadores vinculados a empresas como Stripe, Tesla, Terraform y Anthropic concluyó que las microrredes solares situadas junto a los centros de datos podían ser una de las alternativas más rápidas y económicas para cubrir su demanda.

Google anunció ese mismo mes planes para construir parques solares por valor de 20.000 millones de dólares junto a nuevos centros de datos. Asimismo, el informe citado por el estadounidense calificaba la solar como probablemente la única solución limpia capaz de alcanzar simultáneamente la escala y la velocidad necesarias.

El último capítulo cambia de registro. El activista recuerda que el sol contiene aproximadamente el 99,86% de la masa del sistema solar y que cada segundo convierte unos 700 millones de toneladas de hidrógeno en helio. Pero lo que le interesa es que aparece como una fuente común de energía y como un elemento compartido por todas las sociedades.

"Creo que podríamos darnos cuenta de que todos vivimos bajo el mismo sol", responde el autor al preguntarle por esa dimensión espiritual. Su deseo es que la transición se convierta en "el gran proyecto global de nuestra época", una tarea común en la que puedan participar sociedades muy distintas.

El libro termina así donde había empezado su argumento, con una posibilidad concreta que depende de una decisión política. La tecnología solar ya ha alcanzado una escala suficiente para transformar la generación eléctrica, las baterías permiten gestionar una parte creciente de su variabilidad y los costes han descendido hasta cambiar la economía del sector.

Para McKibben, la cuestión pendiente es acelerar ese despliegue antes de que el calentamiento convierta cada nueva fracción de grado en daños todavía mayores.