A los nueve años, una niña pregunta cómo se pilota un avión con la misma naturalidad con la que pregunta cualquier otra cosa. No se plantea si ese mundo es suyo, porque lo es. A esa edad, ellas sueñan con volar, con construir cohetes y con entender cómo funciona el cielo exactamente igual que ellos.
Unos años después, esa misma niña ha dejado de hacer esas preguntas. No porque haya perdido capacidad ni haya sacado peores notas. Lo que ha perdido es la confianza en que aquello iba con ella. Entre los 11 y los 15 años, muchas chicas empiezan a creerse peores en matemáticas y en física de lo que realmente son. Y una vocación que deja de parecer posible acaba aparcada antes de empezar.
El resultado lo conocemos bien en el sector. En las escuelas de ingeniería aeroespacial y, en consecuencia, en la industria, solo una de cada cuatro es mujer. En los puestos de dirección, todavía menos. No es que falten niñas que quieran volar. Es que las vamos perdiendo por el camino.
Muchas crecen sin referentes cercanos, sin ver a mujeres pilotando, diseñando aviones o al frente de programas espaciales. Es difícil imaginarse en un lugar que nunca has visto ocupado por alguien como tú. A eso se suma que, cuando llega el momento de elegir, todavía hay quien les recomienda caminos 'más seguros', incluso cuando sus notas y capacidades apuntan en otra dirección.
También está presente la vieja idea de que la ingeniería está reservada para mentes privilegiadas, cuando detrás hay, sobre todo, trabajo, constancia, curiosidad y aprendizaje. Ese mito acaba alejando precisamente a quienes más dudas tienen sobre sí mismas. Mientras algunos jóvenes interpretan una dificultad como un reto, muchas chicas la viven como la prueba de que quizá no son suficientemente buenas.
No es una cuestión de talento, sino de lo que ocurre alrededor. De los referentes que tienen, de cómo se les habla de la ciencia y de las oportunidades que encuentran para probar. Cuando una niña ve a una mujer pilotando o diseñando un avión, ese mundo deja de parecerle ajeno. Y cuando puede experimentar, equivocarse y volver a intentarlo, descubre algo todavía más importante: que también puede hacerlo.
Ese es el valor de iniciativas como el Reto Amelia, que este año hemos puesto en marcha desde Ellas Vuelan Alto junto a Boeing. Cerca de ciento cincuenta estudiantes de diez colegios de Madrid han trabajado durante meses en equipo, planificando rutas de vuelo, operando drones, analizando datos y presentando sus soluciones ante profesionales del sector.
Pero lo más valioso no es solo lo que aprenden desde el punto de vista técnico, sino lo que descubren sobre sí mismas. Que la ciencia también consiste en hacerse preguntas, trabajar en equipo, probar, equivocarse y volver a intentarlo hasta encontrar una solución. Y, sobre todo, que ellas también son capaces.
No se trata de que todas terminen estudiando una ingeniería. Se trata de que ninguna descarte ese camino porque piense que no es para ella. De que puedan elegir con libertad, con referentes y con una imagen más real de lo que significa trabajar en el sector aeroespacial.
Para conseguirlo, las profesionales del sector deben entrar en las aulas con más frecuencia. La colaboración entre empresas y centros educativos tiene que ser más estable, y la industria debe implicarse en despertar vocaciones mucho antes de que esos jóvenes lleguen al mercado laboral.
También tenemos que explicar mejor qué significa estudiar y trabajar en ingeniería. No es un camino basado únicamente en resolver fórmulas o dominar cuestiones técnicas. También exige curiosidad, creatividad, capacidad para trabajar en equipo y buscar soluciones desde distintas perspectivas. Cuanto más completa sea esa imagen, más fácil será que muchas jóvenes puedan reconocerse en ella.
La falta de mujeres no es solo una cuestión de igualdad, también afecta al futuro del sector. En un momento en el que hacen falta cada vez más profesionales cualificados, dejar fuera una parte del talento es algo que simplemente no nos podemos permitir.
Por eso, no basta con hablar de sensibilización. Hace falta avanzar con medidas concretas, acercar más referentes a las aulas, reforzar la colaboración entre escuelas y empresas, ofrecer experiencias prácticas y ayudar a que las decisiones académicas se tomen sin estereotipos.
Las niñas ya quieren volar. El reto ahora es que ninguna deje de hacerlo porque alguien le haya enseñado a mirar el cielo como un lugar que no le pertenece.
*** Isabel Maestre es presidenta de Ellas Vuelan Alto.