Vivimos instalados en un optimismo de cifras que la mayoría de las veces es puro espejismo. Nos dicen que el mercado del libro crece, que facturamos más de 3.000 millones de euros y que el libro es, por fin, un objeto de deseo juvenil. Pero ¿qué hay detrás del brillo de los titulares y los escaparates?
Si nos detenemos a pensar un instante, descubrimos que debajo subyace una dinámica perversa por la que se produce mucho más de lo que el sistema puede absorber, y solo para que los grandes grupos copen el espacio en los puntos de venta, compitan y asfixien a los pequeños editores.
Es la lógica del capital aplicada a la imaginación: libros que tardan años en ser escritos y duran menos que cualquier producto perecedero en las mesas de novedades, una marea de ruido comercial que impide que las obras encuentren a sus verdaderos lectores. Incluso cuando un libro va bien, o precisamente por eso, los autores reciben constantes notificaciones de destrucción de ejemplares, un doloroso despilfarro de papel y recursos que encuentra su causa en esta sobreproducción voraz, invasiva e irresponsable.
Pareciera que para vender un ejemplar hubiese que imprimir diez. Todo a cambio de una logística de distribución bien engrasada y de tener la pila de libros más alta.
De qué depende entonces la sostenibilidad de nuestra cultura en un mundo globalizado y tan acelerado como este. Entre nuestras mejores bazas, desde luego, se encuentra nuestra capacidad para crear vínculos humanos sólidos y para proteger los espacios, tanto analógicos como digitales, donde se construye la comunidad.
Es aquí donde la formación literaria deja de ser un mero servicio de ocio para alinearse con los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), en particular con aquellos asociados a una educación de calidad y a la creación de alianzas con las que lograr otros objetivos.
Los talleres de escritura creativa suponen un medio idóneo para el desarrollo de comunidades con intereses comunes, para restañar el dañado tejido social, para compartir y tejer nuevos lazos perdurables. Porque, de hecho, un libro nunca ha sido solo un producto.
Leer tiene cientos de consecuencias e implicaciones. Entre ellas, la lectura enseña a pensar, nos permite construir un aparato crítico con el que ofrecer resistencia frente a las fuerzas ciegas que parecen gobernarnos.
Escuela Imaginadores.
En la Escuela de Imaginadores no proponemos un camino rápido, ni fácil, como tampoco ofrecemos una formación estandarizada, mascada, fraccionada en cómodas dosis digeribles, repleta de consejos para el éxito. Más bien todo lo contrario.
Frente a la despersonalización de los grandes centros formativos y frente a los vídeos de influencers que repiten como papagayos, nosotros apostamos por una auténtica cocina literaria: un lugar donde uno se mancha las manos, trabaja el lenguaje, entiende las estructuras narrativas, las prueba, ensaya, corrige, reescribe y aprende a leer con profundidad.
No creemos ni en las fórmulas mágicas ni en los trucos para publicar deprisa, ni en los escritores estrella que pasan de puntillas por las aulas. Creemos en la transmisión directa del oficio, en ese acompañamiento lento y exigente que permite que alguien, sea cual sea su profesión, encuentre su propia voz y pueda disponer de las herramientas necesarias para hacerla crecer.
Este enfoque ha permitido que nuestra escuela se convierta en un pequeño milagro en el centro de Madrid y una apuesta por la resiliencia de barrio. Como la casualidad quiso que nos encontráramos físicamente sobre la librería Cervantes y Compañía, en plena calle del Pez, gestionada por la también escritora Marina Sanmartín, juntos conformamos la simbiosis necesaria para garantizar la supervivencia cultural del barrio frente a la gentrificación.
En la librería y en el taller no solo creamos lectores o formamos escritores, no solo sumamos fuerzas, nos retroalimentamos o generamos sinergias para aumentar así la oferta cultural.
Escuela Imaginadores.
Por encima de todo, estamos tejiendo una red de relaciones humanas que se prolonga mucho más allá de nuestros espacios. No se trata solo de aulas, de clubes de lectura, de presentaciones de libros o eventos, estamos construyendo refugios donde hacernos más fuertes frente a las tendencias alienantes del mundo actual.
En un ecosistema saturado, la verdadera innovación no está en producir más, sino en cuidar mejor el proceso, fomentar la lectura exigente y tomar conciencia de que la recompensa está en el camino. Y aún mejor si es un camino compartido. En una sociedad dominada por los algoritmos y obsesionada con la novedad efímera, reivindicar el placer de la lectura y la escritura sosegadas es, quizá, el mayor acto de resistencia que nos queda.
La creatividad no es un don con el que se nace, sino una facultad que se entrena con voluntad, método y constancia. Y debería estar al alcance de todos. Porque, al fin y al cabo, escribir es una forma de estar en el mundo.
*** Juan Jacinto Muñoz-Rengel es escritor y director de Escuela de Imaginadores.