Solo el 16% de las grandes empresas del mundo avanza hacia el objetivo de emisiones netas cero en 2050, según Accenture. Casi la mitad sigue emitiendo más, no menos. La pregunta no es cuántas certifican su neutralidad, sino cuántas generan un impacto real y medible.

Entre ambas cosas hay, con frecuencia, una distancia considerable. La neutralidad de carbono se ha convertido en uno de los compromisos más repetidos del discurso corporativo, pero repetirlo no basta. El reto está en sostenerlo con datos, plazos y resultados verificables.

La neutralidad, tal y como la entienden la mayoría de los marcos de referencia, combina dos palancas: reducir las emisiones propias y compensar las que aún no se pueden eliminar. Son legítimas y necesarias, pero no equivalentes. Compensar sin reducir aplaza el problema.

Reducir sin compensar deja emisiones residuales sin gestionar. El camino real exige combinar ambas con honestidad: rigor en la medición, ambición en la reducción y transparencia sobre lo que todavía se compensa y por qué se hace así.

La nueva regulación europea empieza a exigir precisión en este punto, distinguiendo entre lo que una empresa genera directamente, lo que consume de forma indirecta y lo que ocurre a lo largo de toda su cadena de valor. La letra pequeña ya importa.

El verdadero desafío está en la reducción estructural de las emisiones propias. Implica decisiones que no siempre son inmediatas: electrificar la flota, transformar la cadena de suministro, apostar por energías renovables certificadas y rediseñar procesos para consumir menos agua y energía.

No se trata de grandes gestos aislados, sino de una acumulación de compromisos concretos, con año de referencia claro, objetivos cuantificados y rendición de cuentas periódica. Sin ese detalle operativo, cualquier estrategia de descarbonización se queda en declaración de intenciones.

La urgencia, además, es real y conecta con el ODS 13 de la Agenda 2030, la acción por el clima. Según el Net Zero Economy Index de PwC, el planeta necesita descarbonizarse veinte veces más rápido para limitar el calentamiento a 1,5 grados.

Hay un factor que suele subestimarse en este camino: el propio modelo de negocio. Las empresas que integran la sostenibilidad en su propuesta de valor desde el origen parten con una ventaja estructural, no porque sean más virtuosas, sino porque cada decisión ya está calibrada.

Para ellas, compensar las emisiones que todavía no pueden evitar no es un punto de llegada, sino parte de una estrategia más amplia: medir, reducir progresivamente y compensar con criterio mientras se avanza hacia el objetivo final.

Para las demás, el camino exige una transformación más profunda: repensar qué se produce, cómo se distribuye y qué ocurre con los materiales al final de su vida útil. No es un ajuste cosmético, sino un cambio de fondo.

La economía circular y la descarbonización, alineadas con el ODS 12, producción y consumo responsables, no son estrategias paralelas, sino interdependientes. Reducir residuos, alargar la vida útil de los materiales, optimizar rutas logísticas o eliminar el plástico de un solo uso impactan en las emisiones.

Las empresas que entienden esta conexión y actúan en consecuencia son las que construyen modelos realmente resilientes, no solo ante los reguladores, sino ante un mercado y una sociedad que exigen cada vez más coherencia entre el discurso y la práctica.

Al final, la neutralidad de carbono no es una etiqueta. Es una forma de operar: medir lo que se emite, reducir con determinación lo que se puede y compensar con transparencia lo que aún no. Esa diferencia se notará, cada vez con más claridad.

*** Isabel Moliner es responsable de Calidad y Medioambiente de Aquaservice.