A lo largo de las carreteras de Sudán, he visto a niños que llevan armas cuando deberían llevar libros del colegio. En los puestos de control de las rutas del norte y del oeste, los niños y niñas montan guardia en un conflicto armado que no han elegido, en una infancia que les han arrebatado. Esa es la realidad que viven las familias en Sudán.
El trayecto desde Aweil, en Sudán del Sur, hasta Al-Daein, en Darfur Oriental, lleva catorce agotadoras horas por caminos polvorientos y sinuosos, con un recorrido incierto que no garantiza la llegada al destino.
En la temporada de lluvias, los vehículos se hunden en el barro espeso y pueden quedarse atascados durante horas, a veces días, hasta que un tractor los libera. He realizado ese viaje tres veces.
A menudo llegamos de noche, agotados, sabiendo que la propia carretera y la fragilidad que manifiesta a simple vista no es más que la primera barrera entre la infancia y la ayuda que necesita.
Antes de que estallara el conflicto el 15 de abril de 2023, los trabajadores humanitarios podían volar a Nyala, en Darfur del Sur. Ahora, con esas rutas aéreas cerradas, llegar a las comunidades se ha convertido en una lucha diaria.
Esto, en sí mismo, constituye una limitación de acceso que habrá que superar para responder al llamamiento de atender a los más vulnerables, independientemente de dónde se encuentren. Incluso cuando las carreteras son transitables, cada desplazamiento depende del permiso de la autoridad que controle ese tramo de terreno en ese momento.
Una autorización concedida el lunes puede no tener ningún valor el jueves. Para los niños y niñas que esperan comida, agua o atención médica, esos retrasos pueden ser devastadores.
Sudán se encuentra ahora sumido en una de las mayores crisis humanitarias del mundo, con 33,7 millones de personas que necesitan ayuda urgentemente. A lo largo del camino, me he encontrado con familias que huyen una y otra vez, cargando con lo poco que pueden, en busca de una seguridad que siempre parece alejarse más y más.
En las montañas de Jabel Marra, viajamos hasta donde nuestro vehículo pudo llevarnos. El terreno se volvió demasiado accidentado, montañoso y sin carreteras en condiciones.
Antes de llegar al campamento de Feina, paramos en un mercado local donde los niños y niñas aún se aferraban a la esperanza, incluso después de que el conflicto les hubiera despojado de casi todo.
"Cuando empiece la temporada de lluvias, nos iremos de este lugar", me dijo Salma, machacando el último resto de sorgo que le quedaba. "Las lluvias destruirán el mercado. No sabemos adónde iremos, pero ya se nos ocurrirá algo". Sus palabras se me han quedado grabadas.
24 millones de niños y niñas se encuentran en situación de necesidad en el país.
Ningún niño ni niña debería tener que crecer escuchando a los adultos planear a dónde huir a continuación.
En Feina, más de 25.000 personas desplazadas vivían en un asentamiento seco y rocoso, con la incertidumbre de si verían salir el sol al día siguiente. Las familias que habían huido de los horrores de El Fasher y Zamzam se refugiaban bajo cobertizos improvisados que ofrecían poca protección contra el calor abrasador y, ahora, contra las lluvias.
Para los niños y niñas, tener un refugio marca la diferencia entre dormir a salvo y despertarse asustados, empapados, hambrientos y desprotegidos.
Muchas de las mujeres con las que hablé habían sobrevivido a una brutal violencia sexual durante el trayecto. Una de ellas había dado a luz recientemente a un niño concebido en medio de esa violencia; por la noche, lo único que tiene para mantener a su recién nacido caliente es un fino trozo de tela destinado a protegerlo del polvo y del sol.
En la localidad de Mershing, en Darfur del Sur, me senté con unas madres en una clínica móvil. Me contaron que se les había secado la leche materna porque ellas mismas no tenían qué comer. Sus bebés pasaban hambre porque sus madres pasaban hambre.
"¿Cuándo cambiará la situación? Los niños están sufriendo", suplicó Fátima, mientras otras madres asintieron en silencio.
En un centro de atención primaria de Al-Daein, los llantos de los bebés me partieron el corazón y reforzaron mi determinación de seguir luchando por la financiación de la salud y la nutrición. Los centros están cerrando a medida que se agota la financiación, incluso cuando cada vez más niños y niñas se enfrentan al hambre.
Soy madre. Allí de pie, pensando en mi propio hijo durmiendo a salvo en su cama, no podía conciliar esa bendición con la devastación que tenía ante mí.
850.000 menores sufren desnutrición como consecuencia de la crisis.
En todos los campamentos, agua, comida y refugio eran las sencillas peticiones de quienes se veían afectados por el conflicto que hace estragos. Sin embargo, los trabajadores humanitarios no disponen de recursos suficientes para hacer frente a la magnitud de las necesidades.
Las tierras de cultivo de toda la región yacen arrasadas por el conflicto, lo que impide a los agricultores sembrar. Una temporada de siembra perdida no se puede recuperar, y cada una de ellas agrava una crisis alimentaria que ya está cobrándose vidas.
En un campamento de desplazados, Farah me susurró: "Pasamos cinco días sin comer. Gracias a nuestro vecino, que nos dio una taza de harina de maíz para hacer gachas a nuestros hijos, que están desnutridos". Esa frase debería sacudir la conciencia del mundo, ya que a los seres humanos se les niega incluso la dignidad más básica.
Los niños y niñas no deberían sobrevivir a base de cucharadas de comida prestadas. Las familias no deberían verse obligadas a apoyarse unas en otras porque el sistema destinado a protegerlas ha fallado.
Aun así, los trabajadores humanitarios que están en primera línea se niegan a abandonarlos. Trabajar hoy en Sudán es más difícil que nunca.
Cada día llegan noticias de un ataque con drones contra infraestructuras esenciales, de un campamento de desplazados bombardeado o de una ciudad sitiada. Están muriendo civiles, incluidos trabajadores humanitarios que, según el derecho internacional, deberían estar protegidos.
Los últimos tres años han sido los más mortíferos de la historia para los trabajadores humanitarios en todo el mundo. Solo en el último año, decenas de trabajadores humanitarios han perdido la vida en Sudán.
Se han producido emboscadas contra camiones de ayuda humanitaria, que han sido incendiados. Cada persona perdida era un compañero, un nombre, el mundo entero de alguien, no una simple línea en una hoja de cálculo.
Grace Mavhezha, directora de Comunicación, Defensa y Participación Ciudadana de World Vision en Sudán.
Sin embargo, no permito que el miedo —a ser yo la próxima estadística— tenga la última palabra, porque albergo una esperanza inquebrantable por la infancia de Sudán y los pensamientos negativos no minarán mi determinación de seguir prestando servicio.
Proteger a los trabajadores humanitarios es parte integrante de la protección de los niños y niñas. Cuando los trabajadores humanitarios no pueden desplazarse con seguridad, los alimentos no llegan, las clínicas cierran, los sistemas de abastecimiento de agua quedan sin reparar y la infancia se queda sin las personas y los servicios que les ayudan a seguir con vida.
La paz debería ser la norma, no una esperanza lejana. Los ataques contra los trabajadores humanitarios reflejan un colapso de las normas que rigen los conflictos.
No dejo de pensar en Tayeb. Tenía once años cuando vio cómo mataban a tiros a su padre y perdió a su madre en el caos del mercado. Meses más tarde, supe que había ido a buscarla ella misma, caminando de vuelta hacia el peligro, demasiado joven para soportar ese trauma en solitario.
No se le da la espalda a un niño así. No se puede. A veces, simplemente les das esperanza, una sonrisa, y rezas por ellos. No se trata solo de ayuda humanitaria, sino de la necesidad urgente de esperanza intangible. Lo abracé.
Y no trabajamos solos. Las personas que lideran esta respuesta son héroes locales. Vi cómo un líder comunitario calmaba la tensión en un puesto de control en cuestión de minutos, simplemente porque la gente conocía su nombre. Vi cómo mujeres hambrientas reunían sus últimas migajas de comida para alimentar a una tercera familia, simplemente porque eso es lo que se hace por un vecino.
A menudo pienso en Tayeb. Tenía once años cuando vio cómo mataban a tiros a su padre y perdió a su madre en el caos del mercado. Meses más tarde, supe que había ido a buscarla él mismo, caminando de vuelta hacia el peligro, demasiado joven para soportar solo un trauma así.
El conflicto en Sudán comenzó el 15 de abril de 2023 y ha dificultado enormemente el acceso de la ayuda humanitaria.
No se le da la espalda a un niño así. No se puede. A veces, lo único que puedes ofrecer en ese momento es una sonrisa. Pero los niños y niñas como Tayeb no deberían tener que sobrevivir solo a base de valor.
Necesitan comida cuando tienen hambre, protección cuando tienen miedo y la oportunidad de volver al colegio en lugar de tener que lidiar con el trauma, el desplazamiento y la pérdida. La infancia no debería ser otra víctima más de este conflicto.
Trabajar en Sudán no es fácil, pero me pregunto qué puedo hacer para cambiar las vidas de los niños y niñas con los que interactúo. 24 millones de niños y niñas se encuentran en situación de necesidad y 850.000 sufren desnutrición. Este trabajo es una vocación, una oportunidad para compartir esperanza con Tayeb y otros como él.
Con más financiación, los trabajadores humanitarios, como yo, podemos continuar esta labor en Sudán y llegar a la infancia y las familias que pasan hambre, están desplazadas y, a veces, sin esperanza.
Lo que me da fuerzas es ver cómo la gente construye una vida partiendo de casi la nada: como Salma, que planifica su próximo paso antes de que lleguen las lluvias; como las mujeres que convierten una sola tienda de campaña en una escuela; o como los niños y niñas que juegan en la tierra de un campamento abarrotado.
En Umrimta, beber agua contaminada del río era antes lo habitual. World Vision rehabilitó los pozos y, hoy en día, esa comunidad bebe agua potable. Esto es lo que puede lograr una financiación humanitaria sostenida. Puede convertir el peligro en seguridad, la sed en dignidad y la desesperación en la posibilidad de un mañana.
Este conflicto no ha arrebatado la fe, la cultura ni el corazón acogedor del pueblo sudanés. Siguen siendo alegres y acogedores, incluso después de todo lo que han soportado.
Desde 2023, World Vision ha ayudado a más de tres millones de personas en Sudán.
Desde 2023, World Vision ha prestado ayuda a más de tres millones de personas en Sudán, lo que demuestra lo que se puede lograr cuando se dispone de financiación. Pero el conflicto continúa, la paz no se ha restablecido y las necesidades van en aumento.
La Resolución 2730 del Consejo de Seguridad de la ONU y la Declaración sobre la Protección del Personal Humanitario fueron hitos fundamentales. Pero las promesas sobre el papel no protegen a un trabajador humanitario de un ataque con drones. No alimentan a un niño o niña hambriento. La historia no recordará las declaraciones de preocupación. Recordará si se actuó a tiempo.
En este Día Mundial de la Ayuda Humanitaria, las exigencias son urgentes e innegociables. La violencia y la obstrucción de la ayuda vital deben cesar; hay que investigar cada ataque y enjuiciar a los responsables. La financiación sostenible debe estar a la altura de la magnitud de la catástrofe. Debe garantizarse el paso seguro para que los trabajadores humanitarios puedan llegar a tiempo a las familias que pasan hambre.
Por favor, no apartéis la mirada de la infancia de Sudán. No apartéis la mirada de niños y niñas como Tayeb, que han perdido a sus padres, sus hogares y la sensación de seguridad que todo niño merece.
No apartéis la mirada de las madres que se saltan comidas para que sus hijos puedan comer, ni de las niñas que soportan cargas muy superiores a su edad. Y no apartéis la mirada de los trabajadores humanitarios que arriesgan sus vidas para llegar hasta ellos.
Mientras sigan soportando lo inimaginable, seguiremos estando a su lado. Pero no pueden sobrevivir solo con valor y resiliencia. Necesitan paz. Necesitan protección. Necesitan que el mundo se preocupe lo suficiente como para actuar.
*** Grace Mavhezha es directora de Comunicación, Defensa y Participación Ciudadana de World Vision en Sudán.