Cada verano, cuando los incendios forestales ocupan portadas y obligan a movilizar todos los recursos disponibles, volvemos a mirar al cielo. Vemos aviones y helicópteros trabajando sobre el fuego, pero no sabemos quiénes los pilotan y cómo se han formado hasta llegar allí.
Este 18 de agosto, Día Mundial de la Prevención de Incendios Forestales, es una buena ocasión para mirar también hacia ellos.
Esa paradoja merece atención. Hablamos de profesionales esenciales durante una emergencia y, al mismo tiempo, de una salida profesional todavía desconocida para buena parte de los jóvenes. La distancia entre la importancia social de este trabajo y el conocimiento de la profesión sigue siendo evidente.
Un estudio realizado por European Flyers junto a IO Investigación entre 1.215 jóvenes españoles de 16 a 29 años lo refleja con claridad: el 45,3% de los encuestados ignora que un piloto con formación civil, puede trabajar en servicios de emergencia como rescate, extinción de incendios o emergencias sanitarias.
El dato adquiere especial relevancia en un verano en el que los incendios forestales vuelven a poner a prueba los dispositivos de extinción. España superaba ya las 226.000 hectáreas afectadas y acumulaba 43 grandes incendios hasta el 11 de agosto de 2026.
La profesión de piloto continúa asociándose fundamentalmente a las aerolíneas comerciales. Sin embargo, la aviación sostiene también servicios esenciales que requieren preparación técnica, disciplina, coordinación y una enorme capacidad de decisión.
Pilotar una aeronave en una operación de emergencia va mucho más allá de saber volar. Supone trabajar en escenarios cambiantes, evaluar riesgos con rapidez, coordinarse con los equipos que operan en tierra y tomar decisiones bajo una presión extraordinaria, siempre con la seguridad como prioridad.
Ese nivel de preparación no se improvisa. Formar a un piloto capaz de incorporarse a este tipo de operaciones requiere tiempo, especialización y experiencia progresiva. No podemos esperar a una campaña especialmente dura para preguntarnos dónde están los profesionales que necesitamos.
Esta preparación para la emergencia debe ir unida a una profunda conciencia sobre el impacto de la profesión. La labor de los pilotos en la extinción de incendios constituye una línea de defensa fundamental para la protección de nuestro entorno natural y el territorio.
Sin embargo, esa responsabilidad ambiental no se ejerce solamente desde el aire durante una crisis, sino que debe comenzar mucho antes, en las propias aulas y hangares de instrucción.
Preparar a estos profesionales exige que el sector educativo aeronáutico actúe de forma proactiva. Las nuevas generaciones nos están marcando el camino: el 62,1% de los jóvenes españoles les atraería más esta profesión si ven que avanza hacia modelos más sostenibles.
Dar respuesta a esta sensibilidad implica transformar la manera en la que enseñamos a volar, apostando por programas de instrucción que integren tecnologías de simulación avanzada y flotas equipadas con aeronaves y motores más eficientes. Solo así demostraremos que el compromiso de la aviación con el entorno empieza desde las aulas y la cabina.
Si queremos disponer mañana de suficientes pilotos cualificados, debemos empezar hoy a ampliar esa base de profesionales. Eso implica explicar mejor las posibilidades reales de la profesión, despertar vocaciones y acercar a los jóvenes un sector mucho más diverso de lo que habitualmente imaginan.
Hay margen para hacerlo. El interés por la aviación sigue siendo elevado entre los jóvenes, pero convive con un conocimiento todavía parcial de sus oportunidades profesionales. Muchos identifican con facilidad la figura del piloto de aerolínea, pero desconocen las trayectorias existentes fuera de ella.
En el caso del helicóptero, el contraste resulta especialmente llamativo. Solo el 24,8% de los jóvenes españoles encuestados se ha planteado pilotar uno, pese al papel tan fundamental que estas aeronaves desempeñan en actividades como la extinción de incendios forestales, el rescate o las emergencias sanitarias.
Reducir esa distancia entre interés y conocimiento exige mejorar la orientación profesional y estrechar la relación entre centros de formación, operadores y administraciones. No basta con despertar vocaciones: hay que explicar con realismo qué formación, experiencia y especialización conlleva cada trayectoria profesional.
Los propios jóvenes reclaman esa conexión con el mundo profesional. Casi siete de cada diez encuestados señalan los acuerdos con compañías como el principal criterio al elegir una escuela de vuelo. Buscan una formación vinculada a oportunidades laborales concretas y a necesidades reales del sector.
Quienes nos dedicamos a formar pilotos tenemos, por tanto, nuestra parte de responsabilidad. Pero no es una tarea exclusiva de las escuelas. Operadores, centros de formación, instituciones y orientadores educativos debemos contribuir a mostrar la aviación como un sector amplio, exigente y esencial.
Cada 18 de agosto se nos invita a pensar en cómo anticiparnos al fuego y reducir sus consecuencias. Parte de esa prevención consiste también en disponer de profesionales suficientemente preparados cuando llegue el momento de responder.
Los incendios forestales nos recuerdan cada verano que hay profesiones cuya importancia percibimos con especial claridad cuando la emergencia ya está delante. Formar a quienes deberán responder lleva tiempo; dar a conocer esa posibilidad profesional no debería esperar a la próxima emergencia.
*** Luis Miñano, director general de European Flyers.