Europa arde. Francia, España y Portugal están viendo calcinarse más de 275.000 hectáreas, obligando a evacuar a más de 330.000 personas en semanas. Incendios que los expertos califican como megaincendios: 'los más virulentos de la historia' por su velocidad, magnitud y resistencia a los medios de extinción disponibles. Está claro que tenemos que cambiar nuestros hábitos y comportamientos en el planeta.

Pero ahora mismo, la pregunta que me gustaría invitar a hacernos no es solo cuándo se apagarán las llamas. Es por qué seguimos ignorando el conocimiento de quienes llevan milenios conviviendo con ellas.

Jason Forthofer, ingeniero mecánico del Laboratorio de Ciencias del Fuego de Missoula, lleva décadas estudiando en laboratorio algo que ahora ocurre en campo abierto: vórtices de fuego con proporciones de tornado, de hasta cientos de metros de diámetro, capaces de crear microclimas y arrasar con velocidades de viento de 165 km/h.

Forthofer, con otros científicos, ha hecho un trabajo magnífico. Han desarrollado modelos de predicción del viento en terreno complejo. Pero incluso él reconoce que el fuego, cuando alcanza cierta magnitud, supera cualquier modelo. Necesitamos más que laboratorios.

Mientras tanto, en Arnhem Land (Australia) los pueblos aborígenes llevan 65.000 años haciendo algo que Occidente lleva décadas ignorando: desde el conocimiento ancestral, realizar quemas controladas, tempranas y precisas. Así gestionan la acumulación de combustible vegetal.

El resultado es verificable: los proyectos que aplican el conocimiento ancestral de quema controlada en Arnhem Land evitan la emisión de más de un millón de toneladas de CO₂ equivalente al año. Reducen los incendios devastadores en un 50%. Además, generan ingresos de más de 50 millones de dólares australianos para las comunidades aborígenes.

El conocimiento ancestral fue transformado en un activo económico contemporáneo: los beneficios obtenidos por la venta de créditos de carbono se reinvierten en prioridades definidas localmente por las propias comunidades.

Por ejemplo, programas de guardas indígenas (rangers), educación, mantenimiento de lugares sagrados, transmisión del conocimiento ancestral, generalmente ignorado por el Norte Global, seguimiento ecológico, empleo local... La conservación dejó así de ser un coste para convertirse en una fuente de renta, desarrollo auténticamente sostenible y autonomía.

La importante ciencia occidental avanza. Intenta redescubrir lo que antes prohibió bajo el convencimiento de la superioridad de su conocimiento. Crece la consciencia de que un tipo de conocimiento no es superior a otros. De que los conocimientos, sumados y conectados, permiten asimilar una sabiduría más elevada.

¿Estaremos de verdad dándonos cuenta de que hay más verdad en la diversidad que en la homogeneidad? Pero aún así, en gran medida, la ciencia sigue en su Torre de Marfil, alejada del terreno y de las personas.

Bomberos como el francés Vincent Pastor, uno de los mayores expertos de Europa en incendios, llevan años aprendiendo de esos aborígenes. En la última década ha incorporado técnicas de quema prescrita que la ciencia occidental, cuando no prohibió, tardó siglos en descubrir. Los pueblos indígenas practicaban desde antes de que existiera el concepto de gestión forestal.

Mientras tanto, demasiados responsables políticos —afortunadamente no todos— parecen habitar sus propias torres de marfil. Con frecuencia, sus posiciones no se sustentan ni en el conocimiento del pueblo que les vota ni en la evidencia científica, sino en incentivos unipersonales y en la lógica de la confrontación permanente.

El resultado es una ciudadanía cada vez más harta, desorientada y desconfiada. Y el debate público se degrada en un incesante "y tú más". Ese vacío de liderazgo y de rigor no solo aleja a la política de la sociedad, sino que también crea el caldo de cultivo perfecto para el auge de los extremismos.

Estos no surgen de la nada: prosperan, en buena medida, cuando quienes deberían fortalecer la confianza pública contribuyen, por acción u omisión, a erosionarla. Cuando los conocimientos de la ciencia y del pueblo son confrontados para sacar rédito político.

El filósofo y antropólogo Bruno Latour dedicó su obra a desmontar una ilusión: la de que la ciencia y el saber tradicional pertenecen a mundos separados y jerarquizados. Existe una relación de poder producida y reproducida a través de los que tienen recursos para acceder al caro lenguaje científico.

En Nunca fuimos modernos Latour demostró que esa separación es una construcción intencionada, no una realidad. En la práctica, siempre conectamos naturaleza y cultura, laboratorio y territorio. Simplemente decidimos no reconocerlo.

El etnógrafo de los movimientos políticos Benjamin Teitelbaum describe el reverso de esta realidad: corrientes reaccionarias que desconfían de la ciencia y de la modernidad, apelando a una tradición idealizada, a menudo revestida de argumentos religiosos o patrióticos. Pero el fuego que arrasa Europa es ajeno a esa guerra cultural. No distingue entre ideologías. Lo que exige es, precisamente, lo contrario: tender puentes para conectar conocimientos.

A los 16 años, en Torreões, Brasil, empezaba a aprender con mi padre a diseñar proyectos de sostenibilidad cuando viví mi primera lección sobre el fenómeno Torre de Marfil. La Agenda de Protección del Lobo Guará fracasó porque las ONG, universidades y administración pública que la diseñaron nunca escucharon lo suficiente a los agricultores locales, actores clave para proteger al animal.

Sin ese puente, la colaboración fue imposible. Décadas después, en mi investigación en las Universidades de Berkeley y Oxford, sigo encontrando el mismo patrón: quienes diseñan las agendas y quienes viven los retos raramente se hablan de igual a igual. Los incendios de Europa son, también, una consecuencia de esa desconexión.

Aunque trabajo con la práctica, conectado al terreno, mis trabajos en Universidades como Berkeley y Oxford parten de esta misma convicción: los problemas más complejos no se resuelven desde un solo tipo de conocimiento. Ni solo desde el laboratorio ni solo desde la tradición.

Se resuelven cuando ambos se escuchan, se legitiman mutuamente y construyen juntos. Y para ello, hace falta empezar por construir confianza a través de diálogos de calidad entre todos los actores. Es un proceso donde el postureo y la falta de autenticidad no tienen cabida.

Tenemos los satélites, los modelos de predicción, los aviones, bomberos héroes y sabios jugándose la vida de forma inagotable. Nos faltan los conocimientos de quienes llevan milenios leyendo el fuego desde dentro del territorio.

Y para ello, nos suele faltar la humildad, la autocrítica y el pensamiento colectivo y colaborativo que pueden impulsar la conexión real con otras formas de conocimiento. Luego ya enfocaremos en qué se sostiene y para quienes.

¿Cuándo aprenderemos que el conocimiento que nos falta no está siempre en el siguiente laboratorio, sino a veces a 65.000 años de distancia?

*** Leonardo Martins Dias, colaborador en la Universidad de Oxford y UC Berkeley. Co-fundador de Conécta+Te y de El Otro Mundial: La Cara Social del Mundial 2030. Su investigación en Oxford y Berkeley se centra en la intersección entre conocimiento científico y saber comunitario (lay-knowledge) para la construcción de agendas sostenibles compartidas.