La movilidad en España vive una transformación profunda que va más allá de la evolución en las tecnologías o las restricciones en movilidad urbana. Estamos ante un cambio de mentalidad. El coche, y en especial su propiedad, ya no ocupa el centro del sistema: se integra como una herramienta más dentro de un ecosistema diverso
Durante décadas, poseer un vehículo representó libertad, progreso y estabilidad personal. Hoy esa asociación empieza a diluirse. La libertad ya no se mide por tener unas llaves en el bolsillo, sino por poder desplazarse de forma eficiente, flexible y acorde a las múltiples y cada vez más diversas necesidades de la vida cotidiana.
Las ciudades han cambiado de manera irreversible. No volverán a ser como las conocimos, y esto, lejos de ser negativo o sonar catastrofista, es una realidad a la que debemos adaptarnos con una mirada práctica y abierta a nuevas alternativas.
Las zonas de bajas emisiones, la dificultad creciente para aparcar y la mayor oferta en opciones de movilidad activa, han reducido progresivamente la necesidad de tener un coche a diario. En muchos entornos urbanos, simplemente ya no es imprescindible.
A este contexto se suma un factor económico cada vez más ineludible: la subida del coste de la vida y los precios elevados de vivienda hacen que asumir gastos fijos adicionales sea cada vez menos atractivo. Mantener un coche en propiedad puede suponer varios miles de euros al año, incluso con un uso moderado.
No es solo una cuestión generacional. En la práctica, observamos perfiles muy diversos que optan por prescindir del coche propio o retrasar su compra. Profesionales en plena madurez laboral, familias jóvenes y trabajadores comparten una reflexión pragmática y cada vez más evidente: pagar por un recurso infrautilizado ya no siempre compensa.
La movilidad sostenible ha contribuido a acelerar esta transición. Los modelos de alquiler entre particulares demuestran que un mismo vehículo puede dar servicio a decenas de personas y multiplicar su uso efectivo, reduciendo el número total de coches en circulación.
Cada coche compartido puede sustituir varios vehículos privados y pasar de un uso residual a uno intensivo. Esta optimización no solo tiene impacto ambiental, también mejora la habitabilidad urbana al liberar espacio público ocupado por coches estacionados durante días.
Estamos ante un cambio estructural y no ante una moda pasajera. El automóvil seguirá siendo esencial, pero su papel será distinto. Pasará de ser un activo permanente a convertirse en un recurso bajo demanda, integrado en una movilidad más inteligente y eficiente.
El debate ya no gira en torno a tener o no tener coche. La verdadera cuestión es cómo usarlo mejor. Y en esa decisión se está construyendo el modelo de movilidad de la próxima década en España.
*** Alberto Bajjali es CEO de Amovens.