Parques naturales calcinados, evacuados que se cuentan por miles y equipos de extinción que luchan incansables contra incendios forestales que parecen inabarcables. El fuego ha arrasado cientos de miles de hectáreas este mes de julio en el centro de España y el suroeste de Francia.
Una situación que responde a dinámicas atmosféricas desbocadas, como afirma la ciencia. Un nuevo estudio de la red World Weather Attribution (WWA) demuestra que la crisis climática ha multiplicado de forma drástica la probabilidad de que ocurran megaincendios como los que estamos viendo estas semanas.
El informe proyecta que en el clima actual estos incendios de gran intensidad ocurrirán una vez cada 20 años en el suroeste de Francia y una vez cada seis en el centro de España. Además, la investigación constata que las condiciones que alimentaron los fuegos ibéricos en 2025 son 40 veces más probables.
Andreia Ribeiro, científica del Centro Helmholtz de Investigación Ambiental, explica que el calentamiento provocado por el ser humano "no solo aumenta la frecuencia de incendios extremos, sino también su sincronicidad". Una circunstancia que dificulta el auxilio transfronterizo y la cesión de recursos de extinción entre países europeos, agrega.
Efecto multiplicador
Para medir este fenómeno, los investigadores han analizado el índice diario de severidad del fuego, una métrica que evalúa la dificultad real de extinguir las llamas. En el clima actual, eventos de esta virulencia son 20 veces más probables en la península ibérica, transformando lo que antes eran anomalías en amenazas habituales.
Ribeiro remarca además que el estallido simultáneo de grandes incendios "conlleva un coste real sobre los sistemas nacionales de emergencias". La investigadora advierte de que la saturación de los operativos dificulta la cooperación internacional justo cuando la ayuda logística resulta más urgente e imprescindible para contener el fuego.
El origen de estos incendios ingobernables reside en una peligrosa transición hídrica. Hablamos de inviernos extraordinariamente lluviosos, como el que hemos tenido este año, seguidos de una primavera e inicio del verano sin precipitaciones.
Esta situación ha impulsado primero un gran crecimiento de matorral y vegetación que después se ha secado rápidamente durante las olas de calor estivales, creando toneladas de combustible listo para arder al menor descuido en el campo.
En ese sentido, Gustavo Saiz, el experto del Instituto Nacional de Investigación y Tecnología Agraria y Alimentaria (INIA-CSIC), enfatiza la solvencia metodológica del trabajo manifestando que estos estudios "no se basan en opiniones, sino que aplican metodologías rigurosas y solo publican resultados cuando la evidencia científica es plenamente sólida".
El ingeniero forestal recalca que la cautela habitual de los científicos no debe interpretarse como una duda sobre el cambio climático. "Cuando una organización tan rigurosa concluye que estos incendios ocurrirán cada seis años en España, es una estimación a la baja", expone.
Más allá de la pérdida irreversible de biodiversidad y masa arbolada, la emisión de una gran cantidad de humo ha generado una emergencia de salud pública. Decenas de miles de vecinos en municipios madrileños y franceses han sufrido confinamientos por la alta densidad de partículas tóxicas PM2.5 desplazadas cientos de kilómetros.
Según refleja el estudio de atribución, el humo de los incendios disparó las concentraciones contaminantes hasta niveles 20 veces superiores a los límites considerados aceptablespara la salud humana. Esta severa degradación de la calidad del aire obligó a las autoridades a desplegar medidas de emergencia y repartir mascarillas de protección.
Las otras variables
Pese a la contundencia de estos indicadores atmosféricos, diversos analistas del ámbito forestal abogan por examinar variables complementarias antes de extraer conclusiones tajantes. Factores como la configuración orográfica, la sobrecarga por abandono rural y la interfaz urbano-forestal condicionan de forma decisiva el comportamiento y virulencia de los grandes incendios.
Uno de ellos es Eduardo Rojas, profesor de la Universitat Politècnica de València (UPV). Matiza los hallazgos argumentando que la investigación "se basa en análisis meteorológicos realizados en tiempo récord y se limita a esa dimensión, sin considerar la orografía, la carga de combustible o la ignición".
El también exsubdirector de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) apunta que las estimaciones satelitales tempranas suelen sobreevaluar la masa forestal realmente calcinada. "No se pueden adscribir causas en plazos tan cortos”. Son meras hipótesis que requerirán tiempo hasta confirmarse o descartarse por completo tras las investigaciones, argumenta.
Para el profesor de la UPV, las decisiones tácticas adoptadas durante la extinción condicionan la evolución en las zonas arboladas. El académico sostiene que la tensión mediática y la prioridad absoluta de proteger viviendas y vidas humanas "provocan que se abandone la atención de las masas forestales en horas clave".
Frente al avance irrefrenable de los megaincendios, la comunidad científica urge a reformar la gestión del territorio y acelerar la descarbonización. Para Saiz, que la ciencia más prudente lance una alerta tan contundente, "debe empujarnos a actuar ya, recortando emisiones y preparando adecuadamente nuestros vulnerables ecosistemas".
Los medios de extinción serán insuficientes si las temperaturas globales continúan elevándose, advierte el informe. Frenar la proliferación de incendios ingobernables exige coordinar la planificación forestal adaptativa con una transición energética urgente que reduzca los combustibles fósiles antes de que la crisis climática desborde toda capacidad humana de contención.
