El hambre continúa siendo una de las grandes asignaturas pendientes de la comunidad internacional. Aunque algunos indicadores apuntan a una mejora reciente, los avances son insuficientes para cumplir los compromisos globales de erradicación de la malnutrición.
Los conflictos armados, las crisis económicas, los fenómenos meteorológicos extremos y la reducción de la financiación humanitaria se solapan y agravan las dificultades de millones de personas para acceder a alimentos.
El Índice Global del Hambre de 2026 sitúa la puntuación mundial en 18,1 puntos, frente a los 17,6 de 2018. El informe señala que 44 países presentan niveles graves o alarmantes, que la situación ha empeorado en 32 y que 57 no lograrán alcanzar un nivel bajo de hambre en 2030 si se mantiene la trayectoria actual.
Los datos de El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo (SOFI) de 2026 ofrecen una imagen con matices. En 2025, alrededor de 645 millones de personas padecieron hambre, lo que equivale al 7,8% de la población mundial.
La prevalencia descendió por tercer año consecutivo, pero la dimensión del problema continúa siendo elevada y las mejoras no se distribuyen de forma homogénea entre regiones y países. Además, según el Global Report on Food Crises de 2026, 266 millones de personas de 47 países y territorios afrontaron niveles altos de inseguridad alimentaria aguda.
A esa presión se suma el precio de la comida. El informe Price Shocks 2026, de World Vision, compara el coste de una cesta básica con los ingresos medios en 62 países. En España se necesitan dos horas y media de trabajo para pagarla, mientras que en la República Centroafricana hacen falta casi 30 días de ingresos.
Entre los 47 países comparables en la evolución de los precios, la cesta se encareció en 33 y se abarató en 14. Asimismo, la organización calcula que una alimentación saludable continúa fuera del alcance económico de aproximadamente una de cada tres personas en el mundo.
El biberón de un bebé gazatí.
World Vision estima que en 2025 había 35,5 millones de niños y niñas con malnutrición aguda, incluidos casi 10 millones en estado grave. Pablo Kinuthia, director sénior de Alimentos, Efectivo y Mercados de la organización, advierte de que la desnutrición "debilita su sistema inmunológico, limita su crecimiento físico y afecta al desarrollo cerebral, lo que dificulta su aprendizaje y su capacidad para prosperar".
Las familias recurren a distintas estrategias para hacer frente al encarecimiento de la cesta de la compra. Algunas reducen las cantidades, otras se saltan comidas, sustituyen productos nutritivos por otros más baratos o contraen deudas para cubrir los gastos cotidianos. En los casos más extremos, venden bienes de los que dependen para subsistir.
De hecho, en algunos hogares, los menores llegan a mendigar, realizar trabajos manuales o abandonar las aulas para recoger leña.
Khin, madre de ocho hijos que vive en la región de Yangón, en Myanmar, describe en un testimonio recogido por World Vision cómo la escasez ha entrado en su rutina familiar: "Hay días en los que mis hijos comen arroz solo con aceite y sal. Esto ya no es algo ocasional; se ha convertido en una realidad cotidiana".
Kinuthia alerta de que las consecuencias no desaparecen cuando mejora la situación económica. "Incluso si recupera más adelante, algunos de los daños pueden afectar a su salud, su educación y su potencial de ingresos en el futuro", señala.
'Bombardear' la alimentación
Los conflictos armados se encuentran entre los principales factores que empujan a las poblaciones hacia el hambre, ya que las hostilidades destruyen los cultivos, los sistemas de riego, los almacenes y las carreteras, además de impedir que los agricultores trabajen sus tierras y de dificultar que los alimentos lleguen a los mercados.
A ello se suma la interrupción del suministro de semillas, fertilizantes y combustible, que reduce la capacidad de producir incluso cuando los combates disminuyen.
Pilar Lara Ruiz-Granados, del equipo de relaciones institucionales de Ayuda en Acción, vincula el deterioro de la seguridad alimentaria a la coincidencia de distintas crisis. "Lo que ha cambiado es la superposición de problemáticas, su duración y su alcance, unido todo ello a un descenso de la ayuda al desarrollo a nivel internacional", explica.
La combinación de factores hace que las emergencias se prolonguen y que las comunidades dispongan de menos herramientas para recuperarse. Las sequías, las inundaciones y otros fenómenos meteorológicos extremos pueden arruinar las cosechas, mientras que la pobreza y el endeudamiento reducen la capacidad de las familias para absorber las pérdidas.
La dependencia de las importaciones también expone a los países a las alteraciones del comercio y a las subidas de precios internacionales.
Imagen de archivo de reparto de alimentos en el sur de la Franja de Gaza.
El Índice Global del Hambre de 2026 sitúa en 27,5 puntos la puntuación correspondiente al África subsahariana.
Entre las mayores crisis alimentarias provocadas por conflictos figuran las de Nigeria, la República Democrática del Congo, Sudán y Sudán del Sur, donde el desplazamiento de la población y la destrucción de los medios de vida agravan la dificultad de conseguir alimentos de forma regular.
La utilización del hambre como instrumento de guerra ha sido objeto de rechazo internacional. En 2018, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas aprobó la resolución 2417, que condena el uso de la inanición de la población civil como método de guerra y denuncia la privación ilegal de acceso humanitario a quienes necesitan asistencia.
Manos Unidas también ha alertado sobre esta realidad. Fidèle Podga Dikam, coordinador del departamento de estudios y documentación de la entidad, se apoya en una frase del papa León XIV para describir la dimensión de esta forma de violencia: "Matar de hambre a la gente es una forma muy económica de hacer la guerra".
"Además, los efectos de una guerra pueden durar décadas una vez finalizado el conflicto", advierte Lara Ruiz-Granados. Y es que la pérdida de tierras y herramientas, los daños en las infraestructuras y la interrupción de los servicios públicos dificultan que las familias recuperen sus medios de vida y vuelvan a producir o comprar alimentos con regularidad.
En la infancia, las consecuencias pueden ser irreversibles. La portavoz de Ayuda en Acción explica que la desnutrición aguda o crónica puede afectar al crecimiento físico y cognitivo. De ahí que la respuesta a estas emergencias requiera, por tanto, atender las necesidades inmediatas y recuperar las condiciones que permiten garantizar la alimentación, la salud y el aprendizaje.
Producir no es todo
La dimensión del hambre contrasta con la capacidad productiva. Según Manos Unidas, la agricultura global podría alimentar a entre 10.000 y 11.000 millones de personas, por encima de una población mundial que ronda los 8.200 millones. La disponibilidad total de alimentos no evita, sin embargo, que una parte de la población no pueda acceder a ellos.
El problema también está relacionado con la distribución de los recursos, la desigualdad económica y las condiciones en las que se producen y comercializan los alimentos. Pues, en palabras de Podga Dikam, "el hambre de unos se convierte en negocio subvencionado para otros"; razón por la que la lucha contra la inseguridad alimentaria exige fortalecer los sistemas que permiten a las comunidades producir alimentos y sostener sus economías.
Un ejemplo es el proyecto de medicusmundi en las localidades de Rungu y Wamba, en la provincia de Alto Uele, en la República Democrática del Congo. La iniciativa comenzó en noviembre de 2022 bajo la dirección de Grégoire Mombi Amboko y busca mejorar la producción agrícola, la nutrición y los ingresos de las familias mediante recursos adaptados a las necesidades locales.
El proyecto ha distribuido herramientas, semillas certificadas y vacunas, además de incorporar la cría de aves. En una de sus actuaciones se entregaron 3.000 pollitas y gallinas SASO. La producción agrícola también se diversificó con cultivos como judías, soja, pimientos y zanahorias, con el objetivo de ampliar la variedad de alimentos y las oportunidades de venta.
La iniciativa ha ampliado el número de participantes de 45 a 60 personas. En sus primeras fases llegó a 2.027 hogares y la organización estima que ahora alcanza a 2.341 integrantes de las comunidades participantes. El trabajo incluye formación y apoyo a las mujeres para que puedan acceder a la tierra, mejorar su producción y generar ingresos propios.
La intervención se enfrenta, no obstante, a obstáculos que condicionan su alcance, dado que las incursiones armadas, los desplazamientos de población y los episodios de ébola han reducido la actividad en distintos momentos. Aunque, por el momento, la financiación de la Unión Europea y del Gobierno de Aragón sostiene la iniciativa cuya finalización está prevista para el 4 de noviembre.
'La clásica'
La respuesta internacional también depende de los recursos disponibles. Ayuda en Acción advierte de que la financiación internacional destinada a la ayuda humanitaria y al desarrollo en contextos de crisis alimentaria ha retrocedido hasta niveles similares a los de 2016 y 2017.
Los recortes afectan a programas de distribución de alimentos, tratamiento de la malnutrición, comedores escolares y atención nutricional a madres y niños. También limitan el apoyo a los agricultores, que necesitan semillas, herramientas, ganado y sistemas de riego para mantener o recuperar sus medios de vida.
La pérdida de financiación afecta asimismo a la capacidad de anticiparse a las emergencias. Lara Ruiz-Granados advierte de que "las encuestas nutricionales y los sistemas de alerta temprana están desapareciendo en muchos países", dificultando el ejercicio de identificación del deterioro de la alimentación, localización a los grupos más expuestos y activación de una respuesta antes de que la crisis alcance niveles más graves.
Una niña bebe agua en el frigorífico de su casa en las favelas Arco Iris en Recife (Brasil).
"Lo que no se conoce no se puede combatir", resume la portavoz de Ayuda en Acción. Por ese motivo, las organizaciones reclaman que la cooperación combine la asistencia urgente con inversiones en agricultura adaptada al clima, protección social, salud, educación y mercados locales.
World Vision defiende ampliar los comedores escolares y garantizar que la ayuda llegue a la infancia con alimentos nutritivos. Manos Unidas, por su parte, reclama fortalecer la agricultura familiar y la agroecología, así como impulsar políticas que reconozcan el derecho a la alimentación y obliguen a los Estados a protegerlo.
