"En el momento más difícil, cuando estaba herida y me llevaban al hospital, repetía mi nombre en voz alta durante todo el camino porque no quería convertirme en una cifra".
Ashtar Alahmad tenía miedo de ser recordada como una víctima más de la guerra en Siria. Hoy, refugiada en España, esta diseñadora de animación utiliza el arte para contar su historia y la de otras personas obligadas a abandonar sus hogares. "El trabajo que estamos haciendo con ACNUR me está diciendo que yo también tengo voz, que existo", explica.
Su testimonio pone rostro a una realidad que supera los 117 millones de personas refugiadas y desplazadas por la fuerza en el mundo. Y es que detrás de esa cifra, hay vidas interrumpidas, familias separadas y proyectos profesionales que deben reconstruirse lejos del lugar de origen, pero también hay oportunidades que pueden cambiar el rumbo de una historia.
El Comité español del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) quiere contribuir a mantener esos halos de esperanza mediante el testamento solidario, una fórmula de donación que permite destinar parte del patrimonio a la organización y prolongar el compromiso con las personas refugiadas en el futuro.
El programa lleva diez años en marcha y, según los datos facilitados por la entidad, el número de personas que han comunicado su decisión de incluir a la organización en el testamento se ha duplicado en los últimos tres años.
La iniciativa, presentada bajo el nombre de El Legado de los Héroes, busca acercar esta posibilidad a la ciudadanía y mostrar el impacto que puede tener una decisión que se materializará en el futuro.
La ayuda puede traducirse en respuestas a necesidades urgentes y en oportunidades para recuperar la autonomía. En concreto, según ACNUR, una donación de 3.000 euros permite proporcionar un mes de tratamiento contra la malnutrición severa a 110 niños y niñas.
Los refugiados Tateh y Ashtar, en el centro, junto a los testadores Aránzazu y Ramiro.
La protección, la atención sanitaria, el acceso al agua potable, la educación y el acompañamiento para reconstruir una vida forman parte de la labor de la agencia de Naciones Unidas, cuya capacidad de actuación depende de disponer de recursos para atender las necesidades de las personas desplazadas.
Para Aránzazu Flores Romero, que decidió incluir a ACNUR en su testamento, el compromiso nació de una trayectoria profesional vinculada al ámbito internacional y del contacto con la realidad de quienes se ven obligados a huir.
Ya era socia de la organización cuando descubrió la posibilidad del legado solidario a través de una campaña publicitaria en 2015 o 2016. Vio un cartel en una parada de autobús, llamó para informarse y decidió otorgar testamento. "Es una causa que siempre me ha movido mucho y con la que me he sentido comprometida", afirma.
Volver a empezar
El valor de esa decisión se entiende mejor a través de las personas que han recibido apoyo para reconstruir su vida. Ashtar, por ejemplo, llegó a España sin hablar el idioma y tuvo que familiarizarse con los procedimientos de asilo antes de abrirse camino en el mercado laboral.
La barrera del español, la falta de información y la discriminación complican la integración de quienes llegan después de haber sufrido una guerra o una persecución. Pues, como explica la joven siria, recuperar la autonomía exige tiempo y recursos que van más allá de cubrir las necesidades básicas.
Su historia había comenzado a cambiar mucho antes de llegar a España. Cuatro días antes de graduarse en Comunicación Visual por la Universidad de Damasco, resultó herida durante la guerra. Recibió su graduación en la cama del hospital, donde permaneció cuatro meses y tuvo que aprender a caminar de nuevo. Después salió de Siria y trabajó durante cinco años en Rusia para poder trasladarse a España y estudiar un máster.
En 2022 cumplió el sueño de graduarse de nuevo, esta vez de pie. "Fue un momento increíble", recuerda. A partir de entonces comenzó a desarrollar proyectos vinculados a su experiencia, entre ellos un cortometraje en el que contó su historia de supervivencia, y se implicó en el activismo en favor de las personas refugiadas y del colectivo LGTBIQ+.
Ahora quiere seguir creando sin miedo y sin filtros. "Es muy importante poder hacer proyectos, cortometrajes y arte en general y contar las historias de las personas refugiadas y de todas las personas que tuvieron experiencias difíciles".
Ashtar Alahmad, motion designer refugiada siria.
Para Ashtar, la falta de información sigue siendo uno de los obstáculos que más dificultan la integración. De hecho, ella misma tardó en encontrar orientación para solicitar asilo en España. Por eso, cuando otras personas atraviesan ese proceso, intenta ayudarlas a encontrar respuestas.
"Tenemos que conectar más con las personas refugiadas, tenemos que tener acceso también", sostiene. La formación y el conocimiento de los procedimientos pueden facilitar que quienes llegan a un país nuevo recuperen el control de sus decisiones y comiencen a construir un proyecto de vida propio.
'Reconstruir' el desierto
Tateh Lehbib conoce las dificultades de crecer en un campo de refugiados. Nació y se crio en los campamentos saharauis de Tinduf, en Argelia, donde las limitaciones materiales condicionan la vida cotidiana y las oportunidades educativas.
Una beca le permitió estudiar Energías Renovables en Argelia y, posteriormente, consiguió otra para cursar un máster en Eficiencia Energética en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria. Y, tras regresar a los campamentos, decidió aplicar los conocimientos adquiridos durante su formación a la construcción de viviendas con botellas de plástico rellenas de arena.
El proyecto, inspirado en su trabajo de fin de máster, pretendía aprovechar los residuos acumulados en el desierto y ofrecer una alternativa a los materiales de construcción tradicionales. "Muchos no dudaron en llamarme el loco de las botellas", recuerda.
Tateh Lehbib, ingeniero refugiado saharaui.
La primera vivienda la construyó para su abuelo. Al principio encontró reticencias entre quienes estaban acostumbrados a levantar casas de adobe y refugios con telas. La reacción cambió cuando la estructura empezó a tomar forma y las familias comprobaron el resultado.
Con el apoyo de ACNUR se financió aquella primera construcción y, posteriormente, el Fondo de Innovación de la organización respaldó otras 25 viviendas destinadas a familias necesitadas y personas mayores de los campamentos.
La iniciativa abrió nuevas vías de trabajo. En 2024, Lehbib impulsó en la Universidad Pública de Navarra el proyecto Sánchez, conocido como la nave del desierto, que reúne arquitectura, ingeniería, arte e innovación social.
Entre sus propuestas actuales figura una instalación artística en forma de haima, inspirada en la vestimenta tradicional de las mujeres saharauis y concebida para representar a 31 de ellas. El ingeniero continúa desarrollando proyectos de arquitectura adaptada a las condiciones climáticas del desierto.
Para Lehbib, las oportunidades recibidas deben llegar también a quienes todavía no han podido desarrollar sus capacidades. "Me acuerdo de que en aquella época fuimos becados solamente ocho personas de miles de refugiados que tenían acceso para ir a la universidad", señala. Por eso reclama más becas y recursos para que los jóvenes de los campamentos puedan continuar sus estudios y ejercer una profesión.
Su aspiración personal sigue vinculada a su lugar de origen. "He nacido en un campo de refugiados, pero eso no lo quiero para mis hijos ni mis nietos. Mi sueño siempre es volver a nuestra tierra con dignidad y la cabeza bien alta".
Luchar por la autonomía
Las experiencias de Ashtar y Tateh muestran dos dimensiones distintas de la recuperación tras el desplazamiento. La primera necesita que las personas encuentren protección y puedan atender sus necesidades inmediatas. La segunda requiere condiciones para estudiar, trabajar, expresarse y tomar decisiones sobre su futuro.
Ashtar distingue claramente ambos momentos. Quienes huyen de una guerra pueden necesitar alimentos y asistencia urgente, pero reconstruir una vida exige otras formas de acompañamiento. "En la segunda fase necesitamos ayuda más como apoyo, como información de las necesidades para poder construir una vida digna", explica.
Su prioridad sería ampliar la formación para que las personas refugiadas conozcan los recursos disponibles y puedan compartir esa información con otras que atraviesan situaciones similares.
Compromiso atemporal
Flores también ha encontrado en el contacto directo con las personas refugiadas un motivo para reafirmar su decisión. "Una cosa son los números y otra cosa es conocer a personas de carne y hueso que son a las que vas a beneficiar", afirma.
En ese sentido, asegura que escuchar las historias de Ashtar y Tateh ha dado un significado concreto a una elección que, al hacer testamento, inicialmente se plantea de forma abstracta.
Su entorno recibió la decisión con naturalidad. En su familia, explica, cada persona ha apoyado causas diferentes, desde la protección animal hasta el medioambiente. En su caso, la situación de las personas refugiadas era una realidad con la que ya estaba comprometida.
Ahora espera que su legado pueda contribuir tanto a necesidades materiales, como proporcionar una manta, como a financiar becas que permitan a otras personas formarse y avanzar profesionalmente.
La testadora defiende, además, que la protección no dependa de la atención mediática que reciben las grandes crisis. ACNUR, recuerda, es una agencia de Naciones Unidas cuyo mandato consiste en proteger a quienes se ven obligados a huir por conflictos, violencia o persecución. Para mantener esa labor necesita recursos continuados, también cuando otras noticias ocupan el centro de la actualidad.
El testamento solidario permite incluir a ACNUR en el reparto del patrimonio sin eliminar los derechos que la ley reconoce a los herederos legítimos. En cualquier caso, Flores recomienda informarse directamente con la organización para conocer las posibilidades y formalizar la decisión conforme a las circunstancias personales de cada testador.
