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A las 6:29 de la mañana del 7 de octubre de 2023 comenzaron a sonar las alarmas por el lanzamiento de cohetes desde Gaza mientras unas 3.500 personas asistían al festival Nova, cerca del kibutz Re’im. En cuestión de minutos, la música se detuvo y los asistentes comenzaron a huir. El ataque de Hamás y otros grupos armados palestinos contra el sur de Israel desencadenó una guerra que llega ahora a su tercer aniversario.

Tres años después, la dimensión de la emergencia en Gaza se mide también en la infancia que se ha quedado atrapada en ella. Según los datos facilitados por Save the Children, más de 21.500 niños y niñas han muerto desde octubre de 2023 y más de 44.400 han resultado heridos.

Entre las víctimas hay más de 1.022 bebés menores de un año y 164 menores fallecidos por inanición. Otros 25 han muerto por hipotermia. La organización cifra además en 12.000 los embarazos que han terminado en aborto voluntario debido a la falta de alimentos y atención sanitaria.

Más de 58.800 menores han perdido a uno o ambos progenitores y 2.700 han quedado completamente huérfanos. A ello se suman 10.500 niños y niñas con lesiones que requerirán rehabilitación prolongada y alrededor de 1.500 que han sufrido amputaciones, razón por la que Vicente Raimundo, director de Programas Internacionales de Save the Children España, asegura que "esto no es simplemente una lesión", sino "una vida dañada permanentemente".

Raimundo describe una infancia en la que "el cuerpo ha aprendido a reconocer el sonido de las bombas y a sentir que no hay adulto que lo pueda proteger de todo ello". De hecho, la organización sostiene que la situación no puede entenderse como un trauma ya pasado. "Los niños no 'reviven' hoy, tres años después, un trauma del pasado, viven uno activo", señala.

Acción contra el Hambre describe una situación en la que la falta de comida se combina con agua insegura, enfermedades y un deterioro de los servicios básicos. En concreto, Cristina Izquierdo, coordinadora de Nutrición en Emergencias de la organización, explica que la desnutrición infantil, que antes de octubre de 2023 no constituía un problema de salud pública de esta magnitud, ha pasado a exigir una respuesta específica de prevención, detección y tratamiento.

Crisis alimentaria

El peor momento llegó en 2025, cuando Gaza alcanzó niveles extremos de inseguridad alimentaria y se confirmó una situación de hambruna en parte de la Franja, aunque la entrada posterior de ayuda humanitaria y mercancías permitió una mejora.

El análisis del IPC publicado en julio de 2026 estimó que 1,4 millones de personas, el 67% de la población, se encontraban en fase 3 o superior de inseguridad alimentaria aguda. De ellas, 212.000 permanecían en fase 4, considerada de emergencia. A finales de 2025, la estimación comparable era de 1,6 millones de personas, el 77%.

En cualquier caso, la desaparición de la clasificación de hambruna en los informes más recientes no equivale al final del hambre. Jean Raphael Poitou, responsable de Incidencia de Acción contra el Hambre de Oriente Medio, explica que se trata de una clasificación técnica vinculada a unos umbrales concretos.

"No significa que haya terminado ni que las condiciones sean aceptables", señala. De hecho, UNICEF, el Programa Mundial de Alimentos (PMA) y la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) calificaron las mejoras de frágiles y advirtieron de que la situación podría volver a empeorar si disminuyen la ayuda, el comercio, la financiación o el apoyo a la recuperación.

Un bebé prematuro, evacuado del Hospital Al Shifa en la ciudad de Gaza debido a la operación terrestre israelí contra el grupo islamista palestino Hamás, yace en una incubadora en un hospital de Rafah, al sur de la Franja de Gaza, el 21 de noviembre de 2023. Ibraheem Abu Mustafa REUTERS

Al mismo tiempo, Gaza ha perdido buena parte de las estructuras que permitían producirlos, transportarlos, venderlos y adquirirlos. En concreto, a finales de septiembre de 2025, el 87% de las tierras de cultivo y cerca del 87% de los pozos agrícolas habían sufrido daños, mientras que los impactos alcanzaban el 80% de los invernaderos, según los datos de la FAO y UNOSAT aportados por Acción contra el Hambre.

La agricultura representaba antes del conflicto alrededor del 10% de la economía de Gaza y proporcionaba sustento total o parcial a más de 560.000 personas. De ahí que Poitou asegure que la región "ha perdido mucho más que los suministros alimentarios". También se han visto afectados la tierra, el agua, la ganadería, la pesca, el almacenamiento, el transporte, los mercados y los ingresos familiares.

La FAO calculó en mayo de 2025 que los daños y pérdidas agrícolas superaban los 2.000 millones de dólares y situó en unos 4.200 millones las necesidades de recuperación y reconstrucción del sector.

En julio de 2026, el índice general de precios al consumo de Gaza permanecía un 169,4% por encima de septiembre de 2023 y el índice de precios de los alimentos era un 102,2%, según el seguimiento de mercados del PMA. Además, menos del 10% de los hogares tenía acceso a gas para cocinar y entre el 73% y el 82% quemaba residuos para preparar alimentos.

Asimismo, más de un millón de personas tenían acceso a menos del mínimo de emergencia de seis litros de agua potable por persona y día. La producción total se situaba aproximadamente en el 40% del nivel anterior a octubre de 2023 y más del 70% de la población dependía principalmente de la transportada en caminos, según los datos de la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Próximo (UNRWA) citados por Acción contra el Hambre.

Cristina Izquierdo explica que esta carencia tiene consecuencias directas sobre la nutrición infantil. Pues, un niño que come poco y bebe agua no segura tiene mayor riesgo de sufrir infecciones y, cuando aparecen, pierde líquidos, absorbe peor los nutrientes y necesita más energía para combatir la enfermedad. "Se genera así un círculo vicioso muy difícil de romper", resume.

La encuesta SMART de UNICEF de junio de 2026, demostró que el 37,1% de los menores de cinco años incluidos en las zonas accesibles había sufrido diarrea durante las dos semanas anteriores y situó en el 12,2% la proporción de menores de cinco años de las zonas cubiertas que presentaban retraso en el crecimiento.

Para Izquierdo estos datos obligan a mirar más allá de la desnutrición aguda, porque, tal y como sostiene Izquierdo, "no hablamos únicamente de cantidad de comida, sino de calidad y diversidad de la dieta", lo que puede afectar durante los primeros años de vida al crecimiento y al desarrollo cerebral, especialmente cuando coinciden con infecciones repetidas.

Tres años que no vuelven

La infancia también ha quedado suspendida en el terreno educativo. Tres años sin una escolarización estable interrumpen una etapa fundamental para la adquisición de conocimiento y habilidades, pero también eliminan espacios de rutina y protección para los menores.

Y es que, en un escenario marcado por desplazamientos continuos, hambre y miedo, la enseñanza ha quedado relegada frente a las necesidades inmediatas. Porque, como afirma Raimundo, "la escuela es un lujo cuando la prioridad es sobrevivir y comer".

A esa interrupción se suma el impacto de las lesiones permanentes. Save the Children estima que alrededor de 1.500 menores han sufrido amputaciones y que 10.500 necesitarán rehabilitación prolongada, y advierte de que la capacidad disponible para ofrecer atención especializada y seguimiento protésico está muy por debajo de las necesidades existentes.

La atención sanitaria se desarrolla, además, sobre unos servicios básicos debilitados. Pues, en junio de 2026, aproximadamente el 25% de vehículos y el 25% de los generadores de la UNRWA estaban fuera de servicio por falta de aceite de motor, neumáticos y piezas de recambio.

Edificios destruidos y dañados permanecen en Gaza, tal como se ve desde el lado israelí de la frontera, 23 de septiembre de 2026. Amir Cohen REUTERS

Natalia Anguera, responsable de Operaciones de Acción contra el Hambre en Oriente Medio, explica que las consecuencias terminan afectando incluso a la distribución de agua, porque, como señala, "cuando un camión se avería y no hay repuestos para repararlo, eso se traduce directamente en cientos de personas esperando durante horas".

La movilidad de la población obliga además a modificar constantemente la respuesta humanitaria. De hecho, los equipos desmontan puntos de distribución, trasladan depósitos de agua, cambian rutas y desplazan clínicas móviles cuando las comunidades se ven obligadas a abandonar un asentamiento.

La salud mental añade otra dimensión al daño acumulado. Save the Children describe entre los menores situaciones de hipervigilancia, duelo sin cierre, disociación, conductas regresivas y depresión. La organización calcula que serían necesarios más de 500 psicólogos especializados en trauma, frente a una disponibilidad estimada de entre 50 y 100 profesionales en toda Gaza.

Economía destruida

De un modo u otro, el problema ya no consiste solo en garantizar que llegue comida. Y es que la destrucción de las estructuras productivas ha reducido la capacidad de las familias para generar ingresos y de los mercados para funcionar con normalidad.

Antes de la guerra, más de 560.000 personas dependían total o parcialmente de la agricultura, la ganadería o la pesca para sus medios de vida. Pero, en los últimos tres años, las carreteras, almacenes y mercados han sufrido daños, mientras los desplazamientos han alejado a numerosas familias de sus fuentes habituales de ingresos.

Por ese motivo, Poitou señala que la recuperación pasa por que la población pueda volver a disponer de "ingresos, un acceso seguro y medios de transporte" para adquirir alimentos.

Para Natalia Anguera, esa destrucción modifica incluso la manera de prestar asistencia. Y es que, tal y como explica, "cuando las redes de agua y energía están destruidas casi en su totalidad, dejas de tener la infraestructura de una ciudad y tienes que sustituirla manualmente".

La recuperación tampoco puede limitarse a reconstruir edificios. De ahí que Acción contra el Hambre plantee reparar las redes municipales de agua, facilitar semillas y herramientas a los agricultores, recuperar los invernaderos y apoyar a los comerciantes locales. La finalidad es que vuelvan a circular productos frescos y que las familias dispongan de ingresos para decidir qué alimentos comprar.

Antes de la reconstrucción

Las consecuencias sobre la alimentación infantil pueden prolongarse incluso cuando mejore el acceso a los alimentos. Porque, como Cristina Izquierdo advierte, recuperar una ingesta suficiente no elimina automáticamente los efectos acumulados de la desnutrición y las infecciones durante los primeros años de vida.

Los primeros 1.000 días, desde el embarazo hasta aproximadamente los dos años, constituyen una etapa especialmente sensible. En ese momento, una alimentación insuficiente acompañada de episodios repetidos de enfermedad puede comprometer el crecimiento y el desarrollo cognitivo.

También pueden permanecer deficiencias de micronutrientes aunque el menor vuelva a consumir una cantidad suficiente de calorías, motivo por el que la recuperación nutricional exige seguimiento de los niños que han sufrido desnutrición, dietas variadas y servicios sanitarios capaces de detectar y tratar las carencias.

El restablecimiento del agua y el saneamiento forma parte de esa misma respuesta, porque reducir las infecciones es una condición para que los menores puedan aprovechar adecuadamente los nutrientes que reciben.

Niños palestinos caminan junto al lugar de un ataque israelí contra un edificio de apartamentos en la ciudad de Gaza, 3 de octubre de 2026. Dawoud Abu Alkas REUTERS

La situación de las mujeres embarazadas y lactantes incorpora además otro factor de riesgo. La falta de alimentos adecuados y de atención sanitaria durante el embarazo puede afectar tanto a la salud mental como a los primeros meses de vida del bebé.

La prolongación de la emergencia también ha modificado las condiciones de trabajo de las organizaciones humanitarias. Anguera explica que, al comienzo del conflicto los equipos estaban centrados principalmente en responder a desplazamientos masivos y cubrir necesidades inmediatas. Tres años después, deben hacerlo en un territorio atravesado por infraestructuras destruidas y comunidades que pueden volver a desplazarse.

Los trabajadores gazatíes de estas organizaciones afrontan además las mismas circunstancias que la población a la que atienden. Continúan trabajando mientras sufren desplazamientos, pérdidas familiares y dificultades para cubrir las necesidades de sus propios hogares.

Hacia la autonomía

La ayuda humanitaria permite cubrir necesidades inmediatas, pero no sustituye indefinidamente las estructuras que permiten a una sociedad abastecerse y generar ingresos. De ahí que Poitou señale que agricultores y empresas necesitan apoyo para reanudar su actividad, mientras los mercados requieren condiciones que permitan recuperar su funcionamiento.

Para Anguera, esa transición también tiene una dimensión social. "Los padres y madres no quieren hacer colas indefinidamente para recibir un paquete de ayuda", afirma. Pues, la recuperación implica que puedan volver a trabajar, cultivar, comerciar y decidir qué alimentos adquieren para sus familias.

Anguera sitúa como primer requisito "un alto el fuego permanente que dé seguridad a la población". A partir de ahí, considera necesario facilitar la entrada de materiales para reparar tuberías, sistemas de saneamiento y redes de agua, junto con suministros agrícolas y equipos destinados a recuperar los servicios básicos.

Sin embargo, la emergencia tampoco termina en Gaza. Save the Children alerta de un deterioro de la situación humanitaria en Cisjordania, donde los menores palestinos y sus familias continúan expuestos a desplazamientos, demoliciones de viviendas, restricciones de movimiento y violencia.