El teletrabajo ha transformado la forma de trabajar de millones de personas. La posibilidad de desempeñar la actividad profesional desde casa o desde cualquier otro lugar ha mejorado la conciliación y eliminado desplazamientos diarios, pero también ha dado lugar a nuevos riesgos que afectan tanto a la salud física como a la mental.
El reto ya no consiste únicamente en disponer de un ordenador y una buena conexión a internet, sino en garantizar que esta forma de trabajar sea sostenible a largo plazo.
Uno de los principales problemas es que muchas de sus consecuencias pasan desapercibidas durante meses. A diferencia de otros riesgos laborales, el desgaste asociado al trabajo en remoto suele instalarse de forma progresiva.
Javier Doñas Beleña, enfermero del Trabajo de Quirónprevención, explica que las primeras señales suelen apreciarse en la forma de relacionarse con el equipo.
"La primera señal suele ser un cambio en cómo nos comunicamos: ese compañero que antes aportaba ideas y que ahora se limita a responder con monosílabos, apaga la cámara o desaparece de los ámbitos informales de interacción laboral", indica.
Este aislamiento suele convivir con un fenómeno aparentemente contradictorio: estar conectado prácticamente todo el tiempo. Responder correos fuera del horario laboral, revisar mensajes a última hora del día o tener dificultades para desconectar favorece una fatiga mental que termina afectando al rendimiento.
Trabajar en casa.
"Esa mezcla de soledad emocional y saturación digital agota el cerebro. Al final, para compensar ese cansancio y la falta de concentración, el trabajador alarga todavía más las horas, atrapado en un bucle de desgaste del que es incapaz de salir por sí mismo", señala.
La prevención de estos riesgos adquiere aún más importancia a medida que las empresas incorporan equipos distribuidos entre distintas ciudades o incluso diferentes países, donde la distancia dificulta detectar cuándo un trabajador empieza a tener problemas.
La prevención
Cuando los empleados trabajan desde distintos husos horarios, la supervisión tradicional pierde eficacia. Según Doñas Beleña, las organizaciones empiezan a fijarse en indicadores como el aumento de bajas médicas de corta duración, una mayor rotación de personal o un uso poco habitual de los días libres para identificar posibles situaciones de desgaste.
También resulta clave establecer normas claras sobre la disponibilidad fuera del horario laboral.
El especialista explica que una de las estrategias que mejor está funcionando consiste en fijar unas pocas horas al día en las que coincidan todos los miembros del equipo para reuniones o decisiones importantes y permitir que el resto del trabajo se realice respetando el horario local de cada empleado.
"Hay que dejar claro, y repetirlo cuando haga falta, que nadie está obligado a responder un mensaje a las diez de la noche solo porque a otro compañero, al otro lado del mundo, le coincida con su horario de oficina", asegura.
El trabajo a distancia también plantea desafíos relacionados con la salud física. Aunque el domicilio forme parte del ámbito privado, la normativa reconoce que la empresa mantiene su obligación de proteger la salud de quienes teletrabajan.
En la práctica, este modelo suele basarse en la corresponsabilidad: las empresas facilitan o financian el equipamiento ergonómico básico y proporcionan pautas para adaptar correctamente el puesto de trabajo, mientras que el trabajador aplica esas recomendaciones en su entorno.
Trabajo en remoto.
A estos riesgos se suman los derivados de la ciberseguridad. El uso de redes domésticas, dispositivos personales o conexiones públicas aumenta la exposición a ataques informáticos.
Para reducir estas amenazas sin dificultar el trabajo diario, las empresas recurren cada vez más a sistemas de autenticación multifactor, redes privadas virtuales (VPN) y modelos de acceso que verifican de forma continua la identidad del usuario.
El reto del vínculo
Las necesidades tampoco son las mismas para todos los trabajadores remotos. Quienes teletrabajan habitualmente desde un mismo lugar suelen disponer de un espacio adaptado y mantienen rutinas más estables.
En cambio, los nómadas digitales, que cambian con frecuencia de ubicación, afrontan un mayor riesgo de sufrir problemas musculoesqueléticos al trabajar en espacios poco adecuados y están más expuestos al aislamiento o a la fatiga derivada de los continuos desplazamientos.
Otro desafío es evitar que el trabajo a distancia afecte a las oportunidades de desarrollo profesional. El experto recuerda que puede aparecer el llamado "sesgo de proximidad", una tendencia a valorar más a quienes coinciden físicamente con sus responsables o compañeros.
Para evitarlo, recomienda que la evaluación del desempeño se base en objetivos y resultados medibles, y no en la presencia física.
Mantener el sentimiento de pertenencia también exige un esfuerzo específico. Espacios informales de participación voluntaria, sistemas de reconocimiento entre compañeros y una comunicación transparente ayudan a reforzar la cultura corporativa incluso cuando los equipos nunca comparten oficina.
De cara a los próximos años, Doñas Beleña considera que la prevención de riesgos laborales evolucionará hacia modelos más centrados en detectar de forma temprana la fatiga y la sobrecarga de trabajo que en el lugar desde el que se desempeña la actividad.
El objetivo será identificar antes los problemas y adaptar las medidas preventivas a una realidad laboral en la que la flexibilidad seguirá ganando peso.
