España se queda sin agua. El verano todavía no ha acabado y, por ejemplo, en Asturias los ganaderos ya se ven obligados a alimentar con pienso a los animales porque ya no tienen pasto que comer, se han secado. Varios territorios de la comunidad llevan semanas dependiendo de camiones cisterna que aseguren el abastecimiento.
No es la única zona. Galicia, Islas Baleares o Cantabria también están sufriendo los estragos de la escasez. Muchas de estas comunidades ya han tenido que aplicar medidas como restringir el llenado de piscinas, el lavado de coches fuera de establecimientos profesionales o, incluso, el uso de agua potable para limpiar fachadas o terrazas.
Una situación que se produce después de haber tenido uno de los inviernos más lluviosos de la serie histórica.
A pesar de ello, las reservas hídricas del país están ya al 64% y hay 28 embalses de la península con niveles por debajo del 25% de su capacidad, como muestran los datos del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico.
Esta escasez es el producto de la confluencia de varios factores: temperaturas extremas, la industria agroganadera, el turismo y las fugas en las tuberías destinadas a la distribución urbana.
Víctor Granda, científico de datos del Centro de Investigación Ecológica y Aplicaciones Forestales (CREAF) explica que no es algo tan raro como parece. La sequía es un problema estacional de base en España. "Siempre vamos a sufrirla en verano por el clima que tenemos", desgrana.
Además, recuerda que en la última década el país ha sufrido una sequía prolongada. De hecho, Cataluña ha sufrido en el último trienio los peores episodios registrados, ejemplifica. Eso significa que, a pesar de la gran cantidad de precipitaciones del invierno, no han sido suficientes para revertir años de estrés hídrico.
No es solo la cantidad de lluvia que ha caído, sino que se han producido de forma muy seguida. Esto hace que a partir de cierto momento, ese agua se desperdicie porque el suelo no puede acumularla. "Llega un momento que no traga más", apunta Granda.
Julio Barea, experto en agua de Greenpeace España, señala que esta situación es un síntoma de la mala gestión hídrica y habla de "espejismo de abundancia". De nada sirve que llueva durante dos o tres meses si después encadenamos olas de calor récord con una evaporación disparada y "mantenemos un consumo descontrolado", argumenta.
Para él, esta sequía "es la confirmación de que la mentira del norte verde e inagotable en agua ha saltado por los aires". Esta zona, insiste, no está ni mucho menos blindada contra la crisis climática.
María José Polo, catedrática de Ingeniería Hidráulica en la Universidad de Córdoba (UCO), cuenta que las temperaturas extremas aumentan la evaporación del agua de los embalses. Por otro lado, el turismo –que no para de crecer– acaba desembocando en un consumo extremo de unos recursos que ya se ven mermados.
Este último fenómeno es el que se ha experimentado en el norte, expone la ingeniera. Los veranos cada vez más calurosos han aumentado la presión turística en esta zona que, además, cuenta con ciertas particularidades que le hacen acumular menos reserva hídrica.
Tiene menos embalses porque, tradicionalmente, las lluvias repartidas durante el año eran suficientes para mantener la humedad del suelo y llenar los acuíferos, dice Polo. Asimismo, Granda señala la influencia de la geografía.
En la cordillera Cantábrica la distancia entre estos montes y la costa es menor, por lo que hay menos espacio disponible para que el suelo disponga de acuíferos donde almacenar este recurso. Al final, esto se traduce en que en cuanto falta la lluvia, estas acumulaciones de agua "se resienten", agrega el científico del CREAF.
Aunque los ecosistemas mediterráneos sufren sequías estivales de forma habitual, los atlánticos no están tan acostumbrados al estrés hídrico. A pesar de ello, Granda señala que ambas masas forestales disponen de mecanismos para sobrevivir, pero el cambio acelerado en el patrón de lluvias está llevando al límite su capacidad de adaptación.
A corto plazo, la falta de agua prolongada dejará secuelas evidentes en los ecosistemas. El experto del CREAF prevé un incremento progresivo de la mortalidad de árboles y un mayor riesgo de incendios. También augura cambios estructurales progresivos en los bosques, donde unas especies irán sustituyendo a otras.
Aun así, con el aumento de las temperaturas y el turismo, se construyen más piscinas privadas, hoteles rurales y se hacen más actividades para fomentar esta actividad económica. Todo decisiones que consumen grandes cantidades de agua, destaca Polo, catedrática de la UCO.
El cambio climático
La catedrática desarrolla que el cambio climático no solo influye en la sequía a través del calor, sino también con los cambios en los patrones de precipitaciones y nieve. En las zonas tradicionalmente húmedas de España no es que llueva menos, pero lo hace en menos tiempo.
Esto se traduce en un suelo que se seca antes y unos pastos que a mitad de agosto ya no estaban disponibles para la ganadería, indica Polo.
La nieve, que es otra de las fuentes para nuestras reservas de agua, también se ve afectada. Igual que con las precipitaciones, las nevadas también se distribuyen en menos episodios al año. Además, la ausencia de lluvia entre unas y otras y los cielos despejados hacen que el agua se evapore directamente, sin pasar por su estado líquido.
Es decir, no solo se funde antes, reduciendo los caudales de los cauces ya en mayo y durante todo el verano, sino que parte de la nieve del invierno se pierde a la atmósfera directamente.
Esta reducción de caudales no se queda en España, se replica en toda Europa. Ríos como el Danubio o el Ródano registran mínimos históricos, forzando la parálisis o reducción de potencia en centrales nucleares de Francia, Hungría y Rumanía al imposibilitar la refrigeración de sus reactores.
Desde Greenpeace, Barea manifiesta que no se puede culpar únicamente al cambio climático de la escasez de agua en España. "Es el acelerador de la crisis, pero la pésima gestión del recurso es el combustible". El factor determinante, denuncia, es la sobreexplotación que se ha hecho de ello.
"Hemos sobredimensionado la demanda por encima de las posibilidades reales de la naturaleza", dice tajante. El 80% del agua se destina a la ganadería y el regadío intensivos. A esto hay que añadir que entre el 20% y el 30% del agua potable urbana se pierde por fugas en tuberías obsoletas, como afirman Barea y Polo.
De hecho, las medidas restrictivas que han tenido que aplicar en Galicia o las cubas de las que dependen en Asturias, son una demostración del problema que enfrentamos. "Llamar a las cisternas en pleno verano es admitir que no se ha hecho absolutamente nada durante el invierno", subraya el portavoz de Greenpeace España.
El agua debe empezar a tratarse como un bien común, finito, vital para la salud pública y la preservación de los ecosistemas, reclama el ecologista. Por eso se debe dejar de gestionar "como una mercancía ilimitada al servicio de grandes intereses económicos".
Desde Greenpeace España consideran que deben aplicarse medidas estructurales como reducir y hacer una gestión preventiva de la demanda, reconvertir el modelo agroindustrial o cerrar inmediatamente todo pozo e infraestructura ilegal. Asimismo, rechazan la construcción de nuevos embalses y piden la reparación urgente de las redes urbanas para evitar las fugas de agua.
Para ellos, es primordial garantizar los caudales ecológicos y la protección de acuíferos, desarrollar una política forestal contra la desertificación y prohibir el desarrollo de megaproyectos de alto consumo (campos de golf, o complejos turísticos intensivos, entre otros)
Polo, por su parte, cree que ha llegado el momento de repensar el modelo de consumo si queremos evitar una catástrofe. "Si no se puede tener más agua, habrá que empezar a pensar en gastar menos".
