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Más de 900 fallecidos y más de 4.000 desaparecidos son las cifras con las que se ha saldado, por el momento, la riada de Nepal ocurrida el pasado miércoles. En solo siete minutos, una masa embravecida de agua, lodo y sedimentos recorrió más de 20 kilómetros arrasando la frontera entre este país y China.

Un desastre ocurrido por el desprendimiento de un glaciar nepalí perteneciente a la cordillera del Himalaya. Algo que China ha atribuido a un "periodo prolongado de calentamiento climático global" tras analizar imágenes de teledetección, datos de vigilancia y observaciones realizadas sobre el terreno, como informó la televisión estatal CCTV y adelantó en España la agencia EFE.

Sin embargo, parece que la cuestión no es tan sencilla de dilucidar. Davide Faranda, director de investigación en Física Climática en el Laboratorio de Ciencia del Clima y del Medio Ambiente (LSCE) del Instituto Pierre Simon Laplace del Centro Nacional de Investigación Científica de Francia, duda de que se pueda atribuir este desastre al cambio climático.

Es cierto que es un factor que puede aumentar progresivamente la vulnerabilidad del sistema, pero no tiene por qué ser el desencadenante instantáneo del colapso, apunta el experto.

En la misma línea, para Tobias Bolch, profesor de la Universidad Técnica de Graz (Austria) e investigador de su Instituto de Geodesia, la clave del suceso no está en si se puede atribuir o no al cambio climático. Está en saber si este factor aumentó la probabilidad o agravó el desastre natural.

"No podemos afirmar categóricamente que no habría ocurrido en un mundo sin emisiones de gases de efecto invernadero de origen humano", dice. Asimismo, agrega que los colapsos de glaciares y los desbordamientos de lagos glaciares también se producían de forma natural antes del aumento de la temperatura del planeta.

El papel del calentamiento global

Faranda desgrana que el calentamiento provoca el retroceso y el adelgazamiento de los glaciares, incrementa el agua de deshielo y puede desestabilizar las rocas y el hielo circundantes mediante la degradación del permafrost. Este último es una suerte de cemento helado que une la tierra y las rocas en las zonas frías o de alta montaña.

Con su degradación, las fracturas rellenas de masa helada pierden consistencia paulatinamente y la circulación interna de agua se incrementa de forma alarmante. "El sistema puede parecer estable hasta que se alcanza un umbral crítico, tras el cual una fractura o falla puede propagarse con gran rapidez", advierte el director de investigación en Física Climática del LSCE.

A este escenario se suma la alteración física de la masa de hielo. Bolch explica que la nieve "se derritió justo antes del suceso y el agua fundida se filtró a través de las grietas hasta el lecho del glaciar, lubricando la base y debilitando su estabilidad estructural".

Asimismo, los científicos insisten en diferenciar los colapsos masivos directos –como lo ocurrido en Nepal– de las crecidas por desbordamiento de lagos glaciares –formados por el deshielo de esas grandes masas–.

Para Bolch, los análisis demuestran que las inundaciones no son más frecuentes, pero su poder destructivo "es superior por el volumen de los nuevos lagos". Es decir, el calentamiento global favorece que los glaciares se derritan y aumente el caudal de estos lagos de alta montaña.

Por su parte, Jerónimo López, catedrático de Geología en la Universidad Autónoma de Madrid y expresidente del Comité Científico para la Investigación Antártica en España, hace hincapié en el impacto de las temperaturas sobre el terreno. El investigador argumenta que el calentamiento degrada las estructuras subterráneas de forma irremediable.

"El agua de fusión penetra por las grietas hasta la base acelerando el flujo y la degradación del permafrost debilita la sustentación de las rocas", desarrolla. Toda esa combinación de factores favorece colapsos repentinos que acaban convirtiéndose en avenidas torrenciales cuenca abajo de forma incontrolable.

La trampa de la densidad

El volumen de agua inicial no explica por sí solo la magnitud de la catástrofe que arrasó la región en menos de diez minutos. Las riadas en cuencas de alta montaña adquieren una dimensión destructiva inédita al incorporar a su paso los detritos y sedimentos sueltos acumulados en las laderas que erosiona.

López subraya que cuando al agua se le añaden sedimentos del fondo del valle y de colapsos de laderas, aumenta enormemente la densidad de la riada. Un aumento que acaba por devorar toda infraestructura que encuentra en su camino, agrega el geólogo.

Sin embargo, no es lo único a tener en cuenta. Además de los bloques de rocas arrastrados, influye el tipo de terreno que queda expuesto tras el retroceso glaciar. Por eso, Bolch advierte de que la presencia de escombros sueltos en la zona frontal del glaciar "aumentó aún más la fuerza de la crecida repentina sobre el cauce principal".

Incertidumbres y límites de la tecnología

Prever el segundo exacto en el que una masa colapsará representa uno de los mayores desafíos científicos actuales. Aunque la teledetección satelital ofrece mapas detallados de la evolución térmica, la anticipación en tiempo real choca con las limitaciones técnicas.

Faranda detalla que los modelos globales "son útiles para estimar cómo cambian las condiciones subyacentes, pero no pueden determinar los procesos mecánicos locales que definen el momento exacto del colapso". Por eso, reclama combinar los modelos con el monitoreo directo sobre el terreno.

En cuanto a la observación espacial, Bolch subraya las barreras económicas y metodológicas existentes. El glaciólogo asegura que la resolución espacial y temporal de los satélites gratuitos "es baja para el tiempo real, y los datos diarios necesarios pertenecen a empresas privadas muy costosas".

Si esos datos se hicieran de libre acceso, al menos para científicos, otros expertos y partes interesadas, se podría predecir mucho mejor este tipo de fenómenos, apunta el glaciólogo y experto en teledetección.

Por otra parte, López recuerda los límites inherentes a la propia naturaleza dinámica de la Tierra. El catedrático remarca que existen desprendimientos repentinos fuera de los umbrales de detección o causados por factores externos como terremotos. Factores que dificultan cualquier sistema de alerta preventiva.

Advertencia para Europa

Los científicos instan a observar lo ocurrido en Nepal como una lección aplicable a las cordilleras europeas. El retroceso glaciar ya se nota también en los Alpes y Pirineos y expone a las poblaciones locales a riesgos geológicos similares.

Bolch destaca desastres recientes sucedidos en suelo del Viejo Continente para ilustrar la amenaza global. El investigador recuerda desastres como el de Blatten en Suiza hace solo un año o el colapso de la Marmolada, en Italia en 2022. Para él, demuestran que los fenómenos extremos "aumentan su probabilidad en Europa".

Ante este escenario de inestabilidad climática, López, de la UAM, insta a tomar medidas contundentes en la planificación territorial y urbana. El catedrático sostiene la necesidad de "aplicar a la ordenación territorial los conocimientos geológicos antes de actuar en áreas de montaña por su extrema vulnerabilidad".

El experto de la universidad madrileña concluye recordando las previsiones a las que se enfrenta el continente de cara a las próximas décadas. Según su criterio, "los modelos predictivos apuntan a un aumento del calentamiento global acompañado de eventos extremos que afectarán notablemente a España".