Instagram, TikTok, Snapchat… Las redes sociales se han convertido en la segunda casa –o el segundo mundo– de niños y adolescentes. El 80% de niños y adolescentes es de entre 10 y 12 años ya tienen presencia en alguna red social, según datos de UNICEF.
Una cifra que se eleva al 92% si se amplía la horquilla hasta los 20 años. Los menores que no usan estas aplicaciones son casi inexistentes. Esto ha hecho que en los últimos años la preocupación por un uso abusivo y por cómo les afecten las redes sociales a su salud mental protagonice numerosos debates.
Tanto, que ha llevado recientemente a Meta –empresa dueña de Instagram y Facebook– a sentarse en el banquillo acusada por 29 Estados de Estados Unidos de generar adicción en los menores, engañar sobre la seguridad de estas plataformas y vulnerar la privacidad infantil en Internet.
Lo cierto es que los expertos llevan años advirtiendo sobre los entresijos de estos medios y su capacidad para moldear la voluntad de niños y adolescentes. Poco a poco, las empresas han ido desarrollando mecanismos que favorezcan la fidelización, la hiperconexión del público.
El scroll infinito –aparición de contenido sin parar– sin tener que mover prácticamente un dedo y la autorreproducción que te envía de un vídeo a otro son dos de ellos, expone Sergio Fernández, miembro de la junta directiva de Socidrogalcohol y psicólogo experto en adicciones sin sustancia.
No podemos olvidar las notificaciones, que fomentan las interrupciones y recuerdan que siempre hay algo pendiente, ni los likes, que convierten la aprobación social en algo medible, agrega Guillermo Cánovas, director de EducaLIKE.
Para él, lo más problemático es el algoritmo de personalización porque aprende vulnerabilidades y preferencias para retener más tiempo a los usuarios. Sin embargo, reconoce que el problema no son estos mecanismos por separado, sino "cómo se combinan para mantener enganchado al adolescente".
Al final, todos esos estímulos pueden terminar por generar ansiedad anticipatoria y dificultades para autorregularse, advierte Cánovas. Aun así, Fernández insiste en no demonizar las redes, que también pueden ser una buena herramienta.
El psicólogo apunta que ese riesgo depende de factores como los niveles de autoestima de los que parta el menor, su capacidad de funcionamiento social, necesidades o habilidades de afrontamiento en el día a día. También es importante la red de apoyo que tengan, el estilo educativo que hayan recibido o los hábitos de salud, entre otras cosas.
"Todo suma, en los chavales que experimenten más dificultades, aparece aparece el hábito de pasar más tiempo en las redes y usarlas como distracción".
Aunque las cifras alertan, los expertos insisten en no confundir el volumen de tiempo con la patología. Cánovas señala que el problema real no se mide en horas de pantalla, sino cuando aparecen conductas defensivas, irritabilidad extrema ante la desconexión o la necesidad de consumir cada vez más
Para Fernández, hablar del diseño de estos medios implica abordar dos frentes. Por un lado, está el contenido, sobre el que el experto advierte un descontrol absoluto que expone a menores a escenas traumáticas de violencia, catástrofes y publicidad persuasiva.
Señala además la hipersexualización mediante filtros de belleza, el auge de influencers para niños y el uso comercial de la inteligencia artificial sin responsabilidad corporativa.
Ante este panorama, Fernández denuncia la impunidad con la que operan estas plataformas en comparación con otros soportes. "En la televisión se es responsable de lo que se emite, pero en las redes hay un descontrol absoluto y las empresas no asumen ninguna responsabilidad por los contenidos que ven los menores", sentencia
Por otro, menciona el formato. Fernández denuncia la existencia de dinámicas diseñadas para maximizar el enganche y eliminar pausas.
Una niña graba un vídeo para redes sociales.
Destaca el scroll infinito de los reels (vídeos cortos de Instagram) y publicaciones similares, los algoritmos que explotan vulnerabilidades y los 'likes'. Todos, mecanismos orientados a retener la atención del usuario sin evaluar su bienestar. "[Las redes] están hechas para que no te salgas", lamenta.
Ya hay estadísticas que muestran los efectos. Los datos recogidos por FAD Juventud muestran que el 15,3% de estudiantes de entre 14 y 18 años presentan un uso problemático de estos medios. Un 10% pasa más de cinco horas diarias en redes sociales, aportan. Cifra que se eleva al 20% los fines de semana, como muestran los datos de UNICEF.
Belén Andrade, especialista en Derechos Digitales de UNICEF España, señala que esta conducta está "fuertemente asociada" con problemas a nivel emocional, peor calidad de vida y con índices de ansiedad, depresión, somatización e incluso riesgo suicida.
Aun así, desde FAD Juventud matizan que todavía no hay evidencia científica que demuestre una relación causal entre un hecho y otro. Para ellos, los medios sociales no son la causa única del malestar juvenil, sino "facilitadores que amplifican vulnerabilidades previas".
En un contexto marcado por la precariedad y la soledad, el entorno digital actúa como una caja de resonancia que intensifica problemas como la baja autoestima o la ansiedad mediante la comparación social constante, exponen.
Un antes y un después
A pesar de la complejidad de la causa, el juicio contra Meta ha tardado menos de una semana en resolverse, al menos a priori. A mitad de la semana pasada, conocíamos que Meta había acordado pagar 18.000 millones de dólares y aplicar ciertos cambios en los controles de uso de ambas herramientas.
El pacto establece limitar a los menores el tiempo de uso a solo dos horas y una restricción de acceso desde la medianoche hasta las seis de la mañana. Tampoco podrán recibir notificaciones en horario escolar (de ocho de la mañana a tres de la tarde) o ver el número de likes y otras reacciones a sus publicaciones.
Asimismo, se ha acordado que Meta refuerce los impedimentos para evitar que vean contenido inapropiado, facilite más herramientas a los padres y tutores para que controlen la actividad de sus hijos y envíe a los jóvenes avisos periódicos sobre el tiempo que llevan en la plataforma.
Estas restricciones responden a demandas históricas. Sin embargo, Andrade advierte que limitar las horas o silenciar notificaciones resulta insuficiente si no se imponen entornos seguros por defecto. También subraya que los menores han accedido a productos digitales diseñados sin garantías básicas para su protección.
Para la especialista, el acuerdo judicial marca un precedente valioso en la rendición de cuentas corporativa, pero no deja de ser algo parcial. La verificación de edad actual vulnera la privacidad y exige que la regulación europea extienda estas exigencias de forma global a todo el sector, alerta.
La eficacia del pacto también genera incertidumbre si la competencia mantiene sus dinámicas adictivas. El compromiso económico de Meta depende de que rivales como TikTok o YouTube adopten los mismos cambios de diseño, evitando así brechas en la protección de los menores.
A pesar de la trascendencia de las multas, el verdadero cambio exige la transformación técnica del producto. El director de EducaLIKE sostiene que las sanciones económicas rara vez resultan disuasorias y reclama obligar a adoptar las medidas aceptadas por Meta.
Por su parte, desde FAD Juventud coinciden en que las medidas aisladas de una sola empresa son insuficientes. La entidad defiende la creación de estándares globales unificados de seguridad digital basados en la evidencia científica, recordando que la protección de la infancia requiere políticas públicas integradas que prioricen el bienestar analógico y comunitario del menor.
El debate final trasciende las aulas y las familias para exigir responsabilidad estructural. Ante productos diseñados por ingenieros para capturar la atención, la respuesta no puede recaer únicamente en la supervisión parental, sino en una regulación estricta que garantice que la tecnología sirva al desarrollo juvenil sin poner en riesgo su salud mental.
