La cuenta atrás ha llegado a cero. El eclipse solar total ha dejado este miércoles 12 de agosto una franja de España a oscuras durante poco más de un minuto, con la provincia de Palencia entre los territorios donde se ha podido contemplar la totalidad.
En Autilla del Pino, donde se ha celebrado Totality, un evento científico, divulgativo y cultural organizado por la delegación del Grupo de Estudiantes de Física de Valladolid, integrado en la Real Sociedad Española de Física (RSEF) el Sol ha quedado completamente oculto durante alrededor de 1 minuto y 43 segundos.
El eclipse ha comenzado a afectar al territorio español en torno a las 19:33 y la totalidad se ha producido a las 20:29. Se ha producido un fenómeno que ha llevado la iluminación ambiental desde las condiciones diurnas hasta una oscuridad similar a la del crepúsculo en un tiempo inferior a la hora.
Ese cambio brusco ha ofrecido también una oportunidad para observar qué ocurre cuando una de las principales señales ambientales del día desaparece de forma repentina.
Carlos Buzón, biólogo, investigador predoctoral de la Universidad de León y uno de los ponentes de Totality, ha analizado para ENCLAVE cómo responde la fauna a esta alteración excepcional.
La investigación sobre los efectos de los eclipses en animales todavía tiene importantes lagunas debido a la escasez de oportunidades para realizar observaciones comparables. Y es que, como explica el experto, al ser "fenómenos muy poco frecuentes, no se pueden conseguir observaciones normalizadas".
Uno de los asistentes al evento de Autilla del Pino ha acudido con su pájaro para observar los efectos del eclipse en su animal.
Lo que sí se conoce permite distinguir respuestas diferentes según la especie, su actividad habitual y el grado de ocultación del Sol. La totalidad, por sus características, ofrece las condiciones más extremas para observar esa reacción.
Sello de calidad
La oscuridad que ha experimentado la fauna no equivale exactamente a la llegada natural de la noche. En condiciones normales, el descenso de la luz se produce de manera progresiva y va acompañado de otros cambios que siguen un patrón diario. En un eclipse, en cambio, esa transición se comprime en un intervalo muy corto.
Para un animal diurno, la señal llega fuera del momento en el que su organismo espera recibirla. Ese hecho permite entender por qué pueden aparecer conductas propias del final del día.
Buzón explica que las especies diurnas "notan como si viniese una noche adelantada" y responden con comportamientos asociados al atardecer. Las aves optan por buscar lugares de descanso y algunos insectos pueden dejar de desplazarse. Por su parte, las abejas y otros polinizadores tienden a ocultarse.
La situación cambia cuando se observa a los animales crepusculares y nocturnos. Un murciélago, por ejemplo, tiene un reloj biológico adaptado a la ausencia de luz. Pero que el cielo se oscurezca durante unos minutos no significa que vaya a comenzar inmediatamente su periodo habitual de actividad.
El mecanismo interno y la señal ambiental pueden entrar en conflicto y, dada la brevedad del evento, la rutina puede imponerse.
La relación entre luz y comportamiento también se visualiza con la Luna. Las noches de luna llena son más luminosas que aquellas sin ella y esa diferencia modifica la actividad de algunas especies.
Buzón pone de nuevo como ejemplo a los murciélagos, que pueden reducir sus vuelos cuando existe una elevada iluminación nocturna. Sin embargo, los eclipses lunares ofrecen el fenómeno contrario, porque durante la ocultación de esta aumenta la oscuridad y puede incrementarse la actividad de determinados animales nocturnos.
Durante el eclipse, las aves interpretan que ha llegado la noche y se dirige a sus refugios.
Los animales crepusculares responden de otra manera. Especies como el zorro o el ciervo concentran buena parte de su actividad en esa franja de transición entre el día y la noche.
Por ese motivo, una variación de la luminosidad puede tener para ellos un efecto distinto al que experimenta un animal estrictamente nocturno. La misma señal ambiental puede producir respuestas diferentes dependiendo de cuándo necesita cada especie la oscuridad.
A la luz se suma la temperatura. Durante la totalidad, la desaparición de la radiación solar provoca un descenso térmico que puede alcanzar varios grados dependiendo de las condiciones locales.
Para los animales, esa variación constituye otra señal ambiental que acompaña al oscurecimiento. La combinación de factores hace que un eclipse sea diferente de una simple reducción de luz provocada por una nube o por una sombra.
Tareas de monitorización de aves migradoras que realizan los expertos para el eclipse.
Existe además una tercera señal menos visible para las personas, la polarización de la luz. Buzón apunta que durante un eclipse se producen condiciones similares a las que aparecen en el atardecer.
La cuestión es que algunas especies utilizan esa información para orientarse y ajustar sus ritmos internos. Entre ellas se encuentran determinadas aves migratorias y, una vez más, los murciélagos.
Los más afectados
Las aves ocupan un lugar destacado entre las especies que pueden responder a este fenómeno porque dependen especialmente de la visión para desplazarse. Cuando la luz desaparece, las condiciones para volar cambian de manera inmediata.
Las observaciones realizadas durante eventos anteriores han permitido documentar que dejan de volar y se agrupan en zonas donde normalmente pasarían la noche.
En los registros conocidos, cuando termina el eclipse y regresa la iluminación habitual, las aves recuperan su actividad. No parece existir, por tanto, una alteración que necesariamente se prolongue durante horas.
Los insectos diurnos también pueden reducir su actividad. En el caso de los polinizadores, Buzón considera que la duración del fenómeno limita sus posibles consecuencias ecológicas.
Una interrupción de 10, 15 o 20 minutos podría modificar temporalmente el comportamiento de los individuos, pero resulta difícil que ese intervalo tenga por sí mismo un efecto significativo sobre el conjunto de la polinización.
La situación es todavía menos clara cuando se habla de animales de compañía. La domesticación ha modificado sus ritmos naturales y, además, muchos de ellos siguen horarios determinados por los humanos.
Existen relatos sobre ganado que, durante un eclipse total, se dirige hacia los lugares donde habitualmente duerme. Sin embargo, Buzón advierte de que estas observaciones tienen carácter anecdótico y todavía no permiten establecer conclusiones científicas generales.
Un pájaro durante el eclipse solar 2026.
La diferencia respecto a la fauna silvestre puede estar también en las rutinas. Un animal doméstico puede reaccionar a la interrupción repentina de un patrón al que está acostumbrado, mientras que uno salvaje cuenta con una mayor capacidad de autorregulación frente a las condiciones del entorno.
Sin estudios específicos resulta difícil separar el efecto directo de la oscuridad del provocado por la alteración de sus hábitos.
Vuelta a la vida
El final del eclipse ofrece una de las partes más interesantes para estudiar la respuesta animal. Si la oscuridad actúa como una señal de llegada de la noche, la recuperación de la iluminación permite comprobar hasta qué punto esa señal ha modificado realmente el comportamiento.
Las observaciones disponibles apuntan a una recuperación rápida. Las aves que habían dejado de volar pueden volver a hacerlo y los animales que habían interrumpido su actividad retoman sus pautas habituales.
En cualquier caso, la duración es demasiado corta para que procesos como la alimentación, la reproducción o la polinización sufran necesariamente una alteración prolongada.
La flora plantea otra cuestión. Las plantas responden a la luz y cuentan con mecanismos internos relacionados con los ciclos diarios, pero una reducción puntual de la iluminación no implica por sí misma un cambio prolongado en su funcionamiento.
En este ámbito, la importancia científica reside también en observar cómo un ecosistema completo responde a una modificación simultánea de luminosidad y temperatura.
La respuesta no puede reducirse a una reacción común de toda la fauna. Una especie diurna puede interpretar la oscuridad como una noche adelantada, mientras que un animal nocturno puede no llegar a modificar su conducta.
El porcentaje de ocultación vuelve a ser clave. Cuanto mayor es la reducción de luz, más se aproxima el entorno a las condiciones que desencadenan los comportamientos asociados al final del día.
La totalidad representa el escenario más extremo y, al mismo tiempo, el más breve. Esa combinación explica que los eclipses sean una oportunidad científica tan poco habitual.
