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Los incendios forestales se han convertido en la conversación más habitual: se habla de ellos en la calle, en la barra del bar y en las casas durante la sobremesa mientras los informativos muestran imágenes de los montes calcinados.

No es para menos. El sur de Europa está en llamas. En lo que va de verano, Francia y España ya han vivido incendios históricos, pero Italia, Grecia y Portugal tampoco se han librado del fuego.

La peor parada es la península Ibérica, que encabeza la lista de área quemada con 222.404 hectáreas arrasadas, según el Sistema Europeo de Información sobre Incendios Forestales (EFFIS, por sus siglas en inglés).

La última quincena de julio ha estado protagonizada por fuegos que parecen cada vez más incontrolables, propiciados por unas condiciones meteorológicas –temperatura, viento y sequía– cada vez más extremas.

Un estudio con participación española recién publicado en la revista Scientific Reports afirma que han aumentado, sobre todo en España y Francia, hasta un 50% desde 1981. Sus resultados sugieren que un clima más cálido y seco está aumentando el riesgo de que se produzcan estos eventos en el sur de Europa.

Características que parecen afectar más a la península Ibérica. Estos investigadores han observado que los aumentos del Índice de Riesgo de Incendios han sido más moderados en el sur de Italia y Grecia. Algo que coincide con tendencias al alza en las precipitaciones estivales que han compensado parcialmente los efectos del aumento de las temperaturas.

El estudio concluye que las condiciones atmosféricas que disparan el fuego están fuertemente condicionadas por la Oscilación del Atlántico Norte (NAO). En las últimas décadas, ha predominado una fase negativa de la NAO en verano y otoño, lo que bloquea la circulación atmosférica y acentúa las sequías y olas de calor sobre el sur de Europa.

Asimismo, la variabilidad del riesgo guarda relación con el Pacífico ecuatorial (ENSO). Las anomalías frías del mar en las regiones de Ecuador y el norte de Perú, características de eventos de La Niña, mostraron una clara correlación con veranos de riesgo extremo e incendios históricos en el noroeste de la península ibérica.

No obstante, Rubén del Campo, portavoz de la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) apunta que, aunque es cierto que la Niña puede llevar a situaciones de bloqueo anticiclónico y cortar las precipitaciones, "no siempre que esto ocurre hay sequía y no siempre que hay sequía está ocurriendo este fenómeno".

Por otro lado, el meteorólogo explica que, aunque AEMET tiene en cuenta los valores de ENSO en las predicciones trimestrales, no tienen tanta pericia porque este patrón no tiene en España una influencia tan directa como en otras zonas, como los trópicos.

El doble de peligro

En la última década se han duplicado en esta zona los días de peligro para la ignición, intensidad y propagación de los incendios forestales. Si entre 1981 y 2010 se daban unos 10 días por verano, ahora llegan a ser hasta 25 en algunas zonas de la península Ibérica.

Los autores señalan que la frecuencia de fenómenos meteorológicos propicios para que se produzcan incendios refleja un aumento de los días cálidos y secos. Del Campo indica que se producen con más frecuencia a la vez que se extiende la duración de las olas de calor.

Los dos peores años en materia de incendios, 2022 y 2025 –sin tener en cuenta 2026–, fueron los mismos en los que se batieron récords en cuanto a la duración de episodios extremos. Se dieron 45 y 31 días, respectivamente.

Estas cifras corresponden a casi la mitad del verano en el primer caso y un tercio de la estación en el segundo.

Asimismo, se observa que con cada década que pasa los veranos tienen tres días más de temperaturas extremas. "Actualmente, lidiamos con 15 días más de ola de calor que un verano de los años 70 u 80 del siglo XX", dice del Campo.

Un fenómeno, continúa el meteorólogo, que cada diez años suma tres provincias más y su intensidad se eleva en 0,3 ºC. Además, las altas temperaturas empiezan antes, algo que hemos podido vivir este año con un calor propio de julio en el mes de mayo.

Adaptarse o morir

Jonathan Troncho, técnico del Área de Conocimiento y Ciencia Aplicada de la Fundación Pau Costa, expone que el cambio climático no produce incendios, pero sí condiciona su propagación y cómo se pueden abordar. "Cambia las condiciones del juego".

El experto explica que los periodos de de sequía largos y las temperaturas muy altas "influyen mucho en la disponibilidad de los combustibles", sobre todo pequeños vegetales que arden con mucha facilidad y están tras el inicio del fuego.

Del Campo, de la AEMET, recuerda que esos periodos sin agua y su aumento se deben a la concentración de las precipitaciones. Vuelve a poner como ejemplo el año 2025, que fue más lluvioso de lo normal. No obstante, solo una de las cuatro estaciones –la primavera– registró valores por encima de lo normal.

Las otras tres fueron más secas que la media. Eso favoreció el crecimiento de vegetación que se secó muy pronto en cuanto llegaron las altas temperaturas. Lo mismo ha ocurrido en 2026 con la lluvia concentrada entre enero y febrero y una primavera bastante seca.

Sin embargo, elementos como la temperatura, la humedad o el viento no explican por completo los incendios extremos que se están viendo desde los últimos años. "También tenemos atmósferas mucho más propensas".

Un mar Mediterráneo muy caliente y con algunas bolsas de aire frío que se van descolgando, genera mucha inestabilidad que desemboca en estos incendios enormemente difíciles de controlar.

Ante este tipo de escenarios, ya no es suficiente con las estrategias tradicionales, subraya Troncho. "Todo el mundo piensa en los cortafuegos, pero han perdido su eficacia en muchos casos".

La solución pasa por adaptarse y eso por analizar los incendios para decidir dónde colocar los recursos. "El cambio climático está cambiando las reglas de juego y tenemos que entender esas variaciones para usar bien nuestras cartas".

Aún así, no es el único factor. Todas las decisiones que hemos ido tomando sobre naturaleza han ido condicionando los paisajes y la dinámica de los incendios, expone Troncho.

Por ejemplo, la reducción de la vida en el mundo rural, la desaparición de la mayoría del ganado de los montes o la disminución de las quemas controladas en invierno para acabar con los rastrojos.

Todo lo que propone, dice, está orientado a limitar el avance de las llamas y que un fuego declarado no se convierta en un fenómeno de gran magnitud. Se trata de poder extinguirlo y tenerlo bajo control, no de que no se produzca la ignición.

No se puede evitar que haya incendios, pero sí se puede procurar que no se propague con tanta facilidad. "Es una utopía y un error pensar en el Mediterráneo o en la península Ibérica, incluso el Atlántico, sin fuego". En eso consiste la gestión de riesgo, en cambiar el comportamiento del paisaje, destaca.

Otro dato que aporta la investigación es que, a pesar del aumento de las condiciones meteorológicas que los favorecen, el número anual de incendios en la última década ha sido un 40% inferior a la media registrada entre 1981 y 2010. Un dato que creen que responde a mejoras en la gestión de estos eventos.

Troncho está de acuerdo y reconoce que la estadística indica que en los últimos 25 años se han reducido los fuegos y la superficie quemada. Sin embargo, hace hincapié en la otra parte de los datos: la mayoría de la superficie que ha ardido la ha quemado solo un 2% de los incendios forestales.

"Somos muy buenos en apagar los fuegos en las primeras fases, pero nos está llevando también a una retroalimentación negativa porque seguimos acumulando carga de combustible en el medio natural"

A pesar de esto, el técnico de la Fundación Pau Costa se muestra optimista: "La gestión no es fácil, pero estamos en el camino". Así, invita a transmitir esta cultura agroforestal a la ciudadanía para poder prevenir las situaciones extremas.

"Debemos aprender a convivir con el fuego en vez de tratarlo como algo ajeno y que nos preocupa solo el día de la emergencia", concluye Troncho.