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La emergencia todavía no ha terminado, pero en muchos puntos de España comienza otra fase igual de determinante.

Entre el 1 de enero y el 28 de julio de 2026 han ardido 173.651,46 hectáreas forestales, según los últimos datos provisionales del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (MITECO), una cifra que multiplica por casi seis la registrada en el mismo periodo de 2025, cuando se habían quemado 29.817 hectáreas.

La diferencia alcanza las 143.834,46, después de que el ministerio incorporara reajustes satelitales de la plataforma europea EFFIS, integrada en el programa Copernicus.

El aumento también se refleja en los grandes incendios forestales. Hasta el 28 de julio se han contabilizado 35 siniestros de gran magnitud, frente a los 7 registrados en las mismas fechas del año anterior.

Aunque el dato es muy superior, conviene ponerlo en contexto. 2025 cerró con cerca de 350.000 hectáreas quemadas, la mayor superficie afectada en lo que va de siglo, tras concentrarse buena parte de los grandes incendios en agosto, según WWF.

La evolución de los principales fuegos permite ahora centrar parte de la atención en lo que ocurre después.

En Zamora, el incendio de Fermoselle avanza hacia su estabilización tras consolidarse el perímetro, aunque permanecen activos algunos focos en las zonas menos accesibles del cañón de los Arribes del Duero. Al momento de escribir estas líneas, permanecen evacuadas 14 localidades, otras dos siguen confinadas y la superficie afectada ronda las 11.000 hectáreas.

En paralelo, el Gobierno ha dado por superada la emergencia de interés nacional por los incendios de Ávila y la Comunidad de Madrid, aunque los operativos continúan vigilando posibles reproducciones.

También evoluciona favorablemente el incendio de la Sierra de Espandán, en Castellón, mientras Castilla-La Mancha mantiene la vigilancia sobre las zonas afectadas en Toledo tras estabilizar los principales frentes.

La situación del incendio forestal de Fermoselle (Zamora) ha mejorado. Mariam A. Montesinos EFE

Aun así, el balance del verano deja imágenes inéditas. Ávila ha sufrido el mayor incendio registrado hasta ahora en España, con más de 50.000 hectáreas afectadas. En la Comunidad de Madrid, distintos focos han calcinado alrededor de 28.000 hectáreas; en Toledo, unas 2.000; y en la Vall d'Uixó (Castellón), alrededor de 8.500.

Cuando desaparecen las llamas y los medios de extinción abandonan el terreno, el incendio deja de ser una emergencia para convertirse en un desafío ecológico.

El paisaje ennegrecido transmite la sensación de que todo ha terminado, aunque la realidad es muy distinta. Es entonces cuando comienza un proceso complejo que afecta al suelo, al agua, a la vegetación, a la fauna y a la propia capacidad del territorio para resistir futuros incendios.

La pregunta ya no es cuánto ha ardido, sino qué posibilidades tiene ese ecosistema de recuperarse y qué decisiones pueden favorecer o dificultar ese proceso.

El suelo decide

El mayor daño se produce bajo la superficie, donde el calor modifica la estructura del suelo y condiciona buena parte de la recuperación posterior.

Mariano Schoendorff, CEO y fundador de Forest Makers, empresa especializada en la restauración ecológica y la silvicultura de precisión, explica que las primeras semanas son decisivas porque las altas temperaturas pueden fundir resinas y compuestos orgánicos que forman una capa repelente al agua bajo la superficie.

De este modo, cuando llegan las primeras lluvias, el agua deja de infiltrarse con normalidad, discurre pendiente abajo y arrastra las cenizas y la capa más fértil del terreno.

La comunidad científica coincide en señalar ese riesgo como una de las prioridades. De ahí que una publicación del Centro de Investigación Ecológica y Aplicaciones Forestales (CREAF) recuerde que los incendios de alta intensidad reducen de forma importante la materia orgánica superficial y provocan pérdidas de nutrientes, especialmente nitrógeno.

También alteran la actividad de microorganismos y pequeños organismos del suelo, esenciales para mantener su fertilidad.

La cuestión es que ese deterioro puede convertir un importante almacén de carbono en una fuente de emisiones de CO₂ y aumentar la erosión, especialmente durante las tormentas estivales.

Ese fenómeno tiene consecuencias que pueden prolongarse. La escorrentía transporta sedimentos y cenizas hacia barrancos, ríos y embalses, deteriorando la calidad del agua y aumentando el riesgo de inundaciones locales cuando se producen precipitaciones intensas.

Miguel Ángel Soto, responsable de bosques de Greenpeace, advierte de que las primeras tormentas del verano o las lluvias de otoño pueden arrastrar grandes cantidades de suelo desnudo y cenizas hasta los cauces.

"Ese 'chapapote de monte' altera la composición química del agua y pone en riesgo los ecosistemas acuáticos, afectando a insectos, peces y mamíferos que habitan ríos y arroyos", explica.

Ese arrastre también puede comprometer el abastecimiento de agua potable al dificultar el funcionamiento de las captaciones. Además, sus efectos no terminan cuando se apaga el incendio.

Según Soto, las lluvias registradas en junio de este año sobre áreas quemadas en 2025 volvieron a movilizar cenizas hacia pantanos y playas fluviales, lo que demuestra que el impacto puede prolongarse durante meses.

Por ello, considera prioritario destinar recursos a actuaciones que permitan retener esos sedimentos antes de que alcancen las zonas de abastecimiento. De hecho, tanto el CREAF como Schoendorff coinciden en que la prioridad inmediata no suele ser plantar árboles, sino impedir que el terreno siga degradándose.

El incendio forestal declarado este miércoles 29 de julio en Veguellina, en el municipio de Villafranca del Bierzo (León). Ana F. Barredo EFE

Las actuaciones iniciales buscan estabilizar el suelo mediante soluciones sencillas y adaptadas a cada lugar.

Entre ellas figuran los acolchados con restos vegetales para amortiguar el impacto de la lluvia, la construcción de barreras vegetales con troncos y ramas quemadas para retener sedimentos o pequeñas estructuras de piedra en las cárcavas con el objetivo de frenar la erosión.

Según Schoendorff, "si desaparece esa capa fértil, cualquier intento posterior de restauración tendrá muchas menos posibilidades de éxito".

El estado del terreno también determina si la naturaleza podrá recuperarse por sí misma o si será necesario intervenir. Esa decisión exige analizar la intensidad del incendio, la pendiente, la capacidad del suelo para conservar humedad y la supervivencia del banco de semillas y de las raíces que permanecen bajo tierra.

Recuperar la naturaleza

La imagen de un monte que vuelve a cubrirse de verde pocos meses después de un incendio ha alimentado la idea de que los bosques mediterráneos siempre renacen de sus cenizas. Pero los expertos matizan esa afirmación.

La regeneración existe, pero depende del tipo de vegetación, de la intensidad del fuego, de las características del terreno y de la frecuencia con la que ese mismo espacio ha ardido.

Miguel Ángel Soto recuerda que muchas especies mediterráneas han evolucionado conviviendo con el fuego y han desarrollado mecanismos para sobrevivir.

Los alcornoques (Quercus suber) cuentan con una gruesa capa de corcho que protege parte del tronco frente a las altas temperaturas; encinas (Quercus ilex), robles (Quercus robur) o quejigos (Quercus faginea) pueden rebrotar desde la raíz, mientras que algunos pinos (Pinus) liberan sus semillas cuando el calor abre las piñas.

"La vegetación mediterránea tiene estrategias para recuperarse, pero esa capacidad no es infinita", advierte.

El problema aparece cuando los incendios se repiten antes de que el ecosistema complete su recuperación. Y es que cada nuevo fuego reduce las reservas acumuladas por las especies rebrotadoras y puede impedir que aquellas que dependen de las semillas lleguen a producir una nueva generación.

Una investigación realizada por el CREAF coincide en que esa capacidad regenerativa tiene límites y recuerda que algunas especies, como el pino laricio (Pinus nigra), presentan grandes dificultades para volver a establecerse después de incendios muy severos.

La intensidad del fuego también marca diferencias. Un incendio rápido, que afecta principalmente a la vegetación superficial, deja mayores posibilidades de recuperación que otro de elevada severidad, capaz de alterar profundamente el suelo, destruir microorganismos y agotar el banco de semillas.

"El suelo funciona como un ecosistema en sí mismo", explica Soto. En él viven bacterias, hongos, insectos y otros organismos que transforman la materia orgánica y mantienen su fertilidad. Pero cuando esa comunidad desaparece, la recuperación del conjunto del bosque se vuelve mucho más lenta.

Un estudio del Centro de Ciencia y Tecnología Forestal de Cataluña (CTFC) y la Universidad de Lleida, publicado en Journal of Vegetation Science, analizó la regeneración de un pinar de pino carrasco (Pinus halepensis) afectado por el incendio de Torre de l’Espanyol, en Tarragona, que arrasó unas 5.000 hectáreas en 2019.

Dos años después del fuego, los investigadores contabilizaron 2.596 plantones de pino carrasco e inventariaron 45 especies leñosas distribuidas en 72 parcelas experimentales.

El trabajo concluye que la regeneración del arbolado resulta mayor en umbrías, pendientes suaves y zonas donde antes del incendio existía una mayor densidad forestal. En cambio, las laderas orientadas al sur, los terrenos con escasa cobertura previa y las áreas afectadas por incendios más intensos presentan muchas más dificultades para recuperar la vegetación.

La investigadora Mara Paneghel apunta además a otro factor que empieza a condicionar estos procesos. Las densidades de regeneración observadas son inferiores a las registradas históricamente, una tendencia que relaciona con el aumento de las sequías y de las condiciones climáticas extremas.

Por su parte, el catedrático Lluís Coll considera que esa información puede ayudar a priorizar las actuaciones de restauración en los lugares donde el riesgo de degradación del suelo resulta mayor.

Incendio de La Mierla dos semanas después, zonas afectadas. Nacho Izquierdo EFE

Ese diagnóstico previo explica por qué los especialistas insisten en que no existe una receta universal para todos los incendios. De hecho, Schoendorff sostiene que intervenir por la presión social o por la necesidad de ofrecer una respuesta rápida puede resultar contraproducente.

Antes de decidir cualquier actuación, explica, es necesario evaluar la severidad del incendio, el riesgo de erosión y la capacidad de regeneración natural que conserva el terreno.

En aquellos lugares donde las raíces y el banco de semillas han sobrevivido, la mejor estrategia suele consistir en proteger el espacio y permitir que el ecosistema siga su propia evolución. En cambio, cuando el incendio ha destruido esa "memoria biológica" o existe un elevado riesgo de pérdida de suelo, la restauración activa pasa a ser una opción necesaria.

Esa prudencia también guía las recomendaciones de otra publicación del CREAF. En ella, el investigador Josep Maria Espelta defiende que la reforestación debería reservarse para situaciones muy concretas y que, siempre que sea posible, conviene favorecer la regeneración natural porque genera bosques más diversos y heterogéneos.

Entre las actuaciones que sí considera útiles figuran retirar aquellos árboles quemados que supongan un riesgo para las personas o utilizar parte de esa madera para construir fajas que estabilicen el terreno y reduzcan la erosión.

También recomienda conservar las áreas que no han ardido, ya que funcionan como reservorios de biodiversidad desde los que regresarán semillas, insectos y animales conforme avance la recuperación.

La fauna sobrevive

La mortalidad inmediata representa solo una parte del impacto. Quienes consiguen escapar deben enfrentarse a un territorio donde han desaparecido refugios, alimento, agua y buena parte de las relaciones ecológicas que sostenían el ecosistema.

Miguel Ángel Soto explica que la respuesta depende de cada especie y del tipo de paisaje afectado.

Grandes mamíferos como ciervos (Cervidae) o jabalíes (Sus scrofa) pueden desplazarse hacia otras zonas, mientras que aves forestales abandonan temporalmente el área quemada al perder los lugares donde alimentarse o nidificar.

En cambio, algunas especies encuentran oportunidades en esos nuevos espacios abiertos. Determinadas aves insectívoras, por ejemplo, aprovechan el aumento de insectos asociados a la madera muerta, mientras otras ligadas a ambientes despejados colonizan zonas donde antes no estaban presentes.

En ese sentido, los refugios que permanecen intactos dentro del perímetro quemado desempeñan un papel decisivo. Esas pequeñas áreas que escapan al fuego permiten la supervivencia de numerosas especies y facilitan posteriormente la recolonización del territorio.

"Son fundamentales", destaca Soto, porque desde ellos comienza buena parte de la recuperación biológica.

Melodia Tamayo Moreno, responsable técnica del Comité de Expertas y Expertos sobre el Cambio Climático de Cataluña, miembro del CREAF e investigadora especializada en bienestar animal, amplía esa mirada.

Desde la perspectiva del Modelo de los Cinco Dominios del Bienestar Animal, explica que los incendios comprometen simultáneamente la salud, el entorno físico, la alimentación, el comportamiento y el estado mental de los animales.

Las consecuencias empiezan con quemaduras, inhalación de humo, deshidratación o agotamiento, aunque persisten mucho después de extinguido el incendio.

La desaparición de refugios y lugares de reproducción expone a numerosas especies a temperaturas más elevadas y a una mayor presión de los depredadores. Asimismo, la escasez de alimento obliga a recorrer distancias mayores, aumenta la competencia entre individuos y altera cadenas tróficas completas.

Vista del incendio forestal en Fermoselle (Zamora) este miércoles 29 de julio. Mariam A. Montesinos EFE

Ese deterioro también modifica el comportamiento. Muchos animales abandonan territorios conocidos para desplazarse hacia áreas dominadas por la actividad humana, donde aumentan los riesgos de atropellos, conflictos o dificultades para encontrar nuevos espacios adecuados.

En especies sociales pueden romperse grupos familiares, interrumpirse los ciclos reproductivos y reducirse las oportunidades de comunicación y apareamiento.

Según Tamayo, todas esas alteraciones terminan reflejándose también en el estado emocional de los animales.

El miedo durante el incendio puede dar paso a episodios prolongados de estrés asociados al hambre, la pérdida del hábitat o la dificultad para encontrar recursos. Tanto es así que diversos indicadores fisiológicos y conductuales muestran que esas consecuencias pueden mantenerse durante meses, incluso cuando el paisaje comienza a reverdecer.

La prevención

La restauración de un territorio tampoco concluye cuando aparecen los primeros brotes verdes. Los especialistas coinciden en que los primeros años son determinantes para consolidar esa recuperación y reducir el riesgo de que el mismo paisaje vuelva a arder en poco tiempo.

Schoendorff subraya que el mantenimiento posterior resulta tan importante como las actuaciones iniciales.

Durante los primeros cinco años, explica, los árboles jóvenes compiten por agua y luz con la vegetación de crecimiento rápido, por lo que pueden ser necesarios desbroces selectivos, riegos de apoyo en episodios de sequía extrema o clareos que eviten una acumulación excesiva de combustible vegetal.

Si esa gestión desaparece, el monte vuelve a acumular biomasa y recupera las condiciones que favorecen la propagación de grandes incendios.

Ese abandono del territorio aparece de forma recurrente en el diagnóstico de los expertos. La expansión continua de las masas forestales tras el retroceso de la actividad agrícola y ganadera ha eliminado muchos de los espacios abiertos que antes actuaban como barreras naturales para el fuego.

De hecho, otra publicación del CREAF recuerda que la continuidad horizontal y vertical de la vegetación facilita que las llamas avancen con rapidez, una situación agravada por las altas temperaturas y las sequías cada vez más frecuentes asociadas al cambio climático.

Los investigadores sitúan ese escenario entre los factores que explican la aparición de los llamados incendios de sexta generación, fuegos que pueden superar la capacidad de extinción de los servicios de emergencia por su comportamiento extremo, la velocidad de propagación o la aparición de focos secundarios.

A ello se suma el crecimiento de la interfaz urbano-forestal, donde aumenta tanto la exposición de la población como las posibilidades de que se produzcan igniciones.

Para Fernando Valladares, investigador del CSIC y profesor de la Universidad Rey Juan Carlos, esa realidad obliga a desplazar el foco desde la respuesta a la prevención.

Tras superar las 10.000 firmas en menos de 24 horas, su petición para impulsar un pacto de Estado frente a los incendios plantea una financiación estable para la prevención y la protección civil, un mayor apoyo a la actividad rural y la creación de un Parlamento Ciudadano Climático permanente.

"No podemos seguir esperando al próximo fuego para volver a hablar de lo mismo. Necesitamos actuar, prevenir", sostiene.

La recuperación de los montes también tiene una dimensión sanitaria.

Trabajos de extinción del incendio forestal en Fermoselle (Zamora). Mariam A. Montesinos EFE

Ecologistas en Acción advierte de que las llamas liberan grandes cantidades de partículas respirables PM10 y PM2,5, además de favorecer la formación de ozono troposférico y emitir hidrocarburos aromáticos policíclicos, compuestos con efectos cancerígenos que ni siquiera se monitorizan de forma sistemática.

Durante las últimas semanas, estaciones de control situadas en torno a los incendios de Ávila, Madrid, Toledo, Guadalajara o Soria han registrado superaciones de los umbrales diarios de alerta para partículas. En San Martín de Valdeiglesias y Villa del Prado se alcanzaron concentraciones medias de hasta 100 microgramos por metro cúbico de PM10 y PM2,5.

También se produjeron superaciones del umbral de información por ozono en estaciones de Madrid, Castilla-La Mancha y Soria, mientras que Badalona llegó a rebasar durante dos horas el umbral horario de alerta por este contaminante coincidiendo con los incendios registrados en Cataluña.

Y es que, mientras algunos de los grandes incendios de este verano avanzan hacia su estabilización, en los montes afectados comienza un proceso de recuperación que se prolongará durante años.

La evolución del suelo, la vegetación, la fauna y la calidad del agua determinará si esos ecosistemas logran regenerarse o si, por el contrario, quedan más expuestos a la erosión, la degradación y a nuevos incendios.