Aplazar una conversación pendiente, posponer una decisión importante o evitar enfrentarse a una emoción que incomoda puede parecer, a primera vista, una forma de ganar tiempo. Pero muchas veces ese tiempo no resuelve nada.
La psicóloga y sexóloga toledana Ana M. Ángel Esteban aborda en una nueva entrega de su consultorio para EL ESPAÑOL de Castilla-La Mancha un comportamiento mucho más frecuente de lo que parece: la procrastinación emocional.
Se trata de dejar para después aquello que sentimos porque enfrentarnos a ello nos genera malestar. Una conversación con la pareja, el final de una relación, un problema laboral o incluso la decisión de pedir ayuda profesional pueden quedar aparcados durante semanas, meses o incluso años.
El problema es que aquello que evitamos no desaparece. Al contrario, explica la experta, puede acabar transformándose en ansiedad, insomnio, irritabilidad, tensión muscular o una sensación de estar viviendo "en piloto automático".
En este nuevo consultorio, Ana M. Ángel Esteban responde a cinco preguntas para identificar cuándo estamos evitando nuestras propias emociones, entender por qué lo hacemos y, sobre todo, saber qué pequeños pasos podemos dar para romper ese círculo.
¿Qué es procrastinar emocionalmente?
Es aplazar lo que sentimos, incluso dentro de nosotros mismos y no solo de cara a hacerlo. Dejamos para mañana esa conversación con la pareja, la decisión sobre un trabajo que ya no nos llena, el duelo de una relación terminada o la visita al psicólogo.
No es pereza. Es anticipar un escenario que no nos gusta. Es evitación: mi cerebro detecta que algo va a doler o a incomodar y empieza a "proponerme" cosas inmediatas, como mirar el móvil, ordenar la casa, trabajar más o salir con amigos. Vamos, todo lo que sea menos sentir y ser conscientes de que tenemos un gran problema.
¿Por qué lo hacemos?
Porque funciona a corto plazo. Ahora mismo no queremos verlo. Evitar una emoción incómoda produce alivio inmediato, y el cerebro aprende rápido lo que alivia y repite esa evitación hasta que ya resulta inaplazable.
Cada vez que huyes, refuerzas la idea de que ese malestar es insoportable, pero no, no lo es. Nunca llegas a comprobarlo. Te aseguro que lo más difícil es decidir comenzar a hablar, pero casi inmediatamente comenzarás a sentir alivio, te lo aseguro.
Además, muchas personas aprendieron de niños que expresar lo que sentían no era seguro o no servía de nada. De ahí viene la anticipación. De adultos, siguen aplicando esa regla sin darse cuenta.
¿Cómo sé si me está pasando a mí?
Hay señales muy reconocibles:
- Vas llenando la agenda para no quedarte a solas con tus pensamientos o con esa persona.
- Dices "ya lo hablaré cuando llegue el momento", pero el momento nunca llega.
- Sientes un cansancio constante que no se explica solo por lo que haces, duermes mal, te dispersas, estás con ánimo triste... Esa es la señal de estar en el callejón.
- Te irritas con facilidad por cosas pequeñas, porque la emoción que tienes ahí pendiente sale por otro lado.
- Sabes que tienes una conversación o una decisión ahí, en la agenda física o mental, y que te ronda la cabeza casi a diario sin dejarte disfrutar de lo demás y creando ansiedad inespecífica, aparentemente.
Si te reconoces en dos o tres, tienes que parar a mirar y decidir. Esto no se resuelve posponiendo ni evitando, al contrario.
¿Qué consecuencias tiene?
La emoción no desaparece, se acumula, como decía. Se transforma en ansiedad, insomnio, tensión muscular, discusiones repetidas y en una sensación de vivir en piloto automático: "todo lo mismo, esto no avanza, estoy cansado ya...".
En pareja, es una de las causas más frecuentes de distancia: lo no dicho se enquista y acaba pesando más que cualquier conflicto abierto.
Y con el tiempo se vuelve más difícil de afrontar, porque a la emoción original se suma la culpa por haberla ignorado, por no resolver, por fallarme a mí mismo, por estar estancado a costa de mi felicidad, por cobardía.
¿Qué puedo hacer?
Tres pasos pequeños, que funcionan mejor que una gran decisión:
- Ponle nombre. Pregúntate: "¿Qué estoy evitando sentir ahora mismo?". Escribirlo en una frase ya reduce su intensidad. Pero escríbelo, y si son varios sentimientos y miedos, también. Léete.
- Reduce el tamaño de la tarea. No tienes que resolver todo hoy. Si es una conversación difícil, el primer paso es solo pedir un momento para hablar. Si es una decisión, anotar tres pros y tres contras. Léelo como si fuese de tu mejor amigo y piensa en qué le dirías.
- Quédate con la incomodidad diez minutos. Sin distraerte y sin juzgarte. La emoción sube, te crea ansiedad, llega a su punto máximo, pero te aseguro, sí o sí, que siempre baja. Comprobarlo con tu propia experiencia es lo que rompe el ciclo. ¡Lo rompe!
Y si llevas meses o años aplazando algo importante, pedir ayuda profesional no es rendirse. Es dejar de cargar tú solo con lo que no tienes por qué cargar solo. Pedir ayuda hace más fácil y rápido el proceso, y después ya tú decides cómo quieres seguir.
