En ocasiones, dar consejos puede no ser tan buena idea como pensamos. Muchas veces no es aconsejable y "lo mejor es callar".
Así lo explica la psicóloga y sexóloga toledana Ana M. Ángel Esteban en una nueva entrega de su consultorio en EL ESPAÑOL de Castilla-La Mancha.
1. Como psicóloga, ¿por qué defiendes que aconsejar no siempre es buena idea?
Porque un consejo, aunque se dé con buena intención, puede llegarle al otro de forma peligrosa: que yo sé mejor que esa otra persona lo que le conviene. Además, es una tendencia constante.
Alguien está angustiado, cuenta su problema, y en la consulta o fuera la reacción automática de quien escucha (pareja, amigo, familiar) es lanzar soluciones en racimo… "Pues yo que tú..."
"Lo que tienes que hacer es..." Y lo que en realidad pasa es que nos saltamos la parte más importante: saber y entender qué necesita esa persona antes de decidir qué le vamos a dar como algo magnífico.
2. ¿No es normal querer ayudar cuando alguien sufre?
Completamente normal y algo a admirar, eso es empatía, pero el problema no es la intención, es la forma de hacerlo. Aconsejar rápido suele decir mucho de la forma de gestionar nuestra propia incomodidad ante el malestar ajeno. Ver sufrir a alguien nos genera tensión y nos hace sentir mal, y resolverlo con un consejo nos alivia a nosotros más rápido de lo que alivia a quien escucha.
Parece una tontería, pero es importante: ¿estoy aquí para acompañarte, para escucharte y después intentar ayudarte o para que yo deje de sentirme mal viéndote así, y hasta casi te hago sentir peor con mis consejos rápidos?
3. ¿Qué pasa cuando una persona recibe consejos que no ha pedido?
Pues varias cosas, y ninguna me gusta. Primero, se siente poco escuchada: en vez de sentir "me está entendiendo", siente "me está corrigiendo", "¿piensa que soy tonta?"...
Segundo, se le resta protagonismo e importancia sobre su propia vida y sobre ese problema, porque implícitamente le estamos diciendo que no confiamos en su criterio.
Y tercero, si el consejo no funciona (porque casi nunca contempla el contexto completo, y suelen asociarse varios factores), esa persona puede sentir que además ha fallado, cuando el problema fue que la solución nunca dependió totalmente de ella.
4. ¿Cómo se distingue entre un consejo que suma y uno que no?
La clave está en quién pide qué. Pensamos en general que cuando alguien nos expresa algo, es porque quiere nuestra opinión, y nunca más lejos. Si alguien te dice explícitamente "necesito que me digas qué harías tú", ahí sí puedes tirar de tu arsenal de ideas y tiene sentido opinar. Pero la mayoría de las veces, cuando alguien nos cuenta algo difícil, lo que busca es sentirse acompañado y validado, no resuelto ni juzgado.
Mi consejo como persona que en sí me gusta escuchar y como psicóloga es este: antes de aconsejar, pregunta. "¿Quieres que te escuche o quieres que te dé mi opinión?" Esa simple pregunta cambia toda la conversación. Ah, y un consejo que nunca suma es soltar una frase hecha, porque ahí vemos lo poco que nos ha escuchado esa persona o lo poco que le importamos.
5. Si alguien quiere mejorar en esto, ¿por dónde tiene que empezar?
Por algo muy fácil: sustituir el consejo automático por una pregunta abierta. En vez de "deberías hablar con él", prueba "¿qué es lo que más te preocupa de hablar con él?". En vez de "yo lo dejaría", prueba "¿qué es lo que te está costando decidir?".
No se trata de no ayudar, se trata de ayudar de verdad: acompañando a la persona a encontrar su propia respuesta, en lugar de darle la nuestra que quizás nada tenga que ver con lo que ese alguien ni espera ni siente ni entiende.
Eso es lo que de verdad se queda, y lo que de verdad fortalece, ofrecer una conversación abierta donde esa persona, ya de entrada, se siente vista, y que con total seguridad, solo por estar ahí, se va a sentir mejor.
