Hay personas que no se enganchan a otra persona, sino a la posibilidad de que esa persona cambie. Esta es la adicción psicológica a la esperanza: un mecanismo sutil pero poderoso que puede mantener a alguien atrapado durante años en una relación que no le da lo que necesita.
La psicóloga Ana M. Ángel Esteban, con consulta en Toledo, repasa todas las claves de este patrón de comportamiento con la claridad de quien los ha visto muchas veces en consulta.
¿Qué es exactamente la adicción psicológica a la esperanza y en qué se diferencia de la esperanza saludable?
La esperanza saludable es una emoción funcional: te impulsa hacia algo posible, y se basa en comportamientos reales.
Sin embargo, la adicción a la esperanza funciona exactamente igual que cualquier otra adicción conductual. Hay un objeto de deseo, que es un futuro imaginado. Según tus necesidades y toleras y toleras y recaes, pero insistes.
Lo más perverso es que el cerebro no distingue entre la esperanza fundada y la esperanza fabricada. Las dos generan dopamina, la ilusión de la posibilidad y las dos se sienten igual de reales. Por eso es tan difícil salir.
¿Cuáles son las señales de que alguien ha cruzado esa línea y ya no espera, sino que está enganchado a esperar?
Las hay muy claras. La primera es el relato de la persona y gira en torno a lo que el otro podría ser, no a lo que es. "Es que cuando está bien, es increíble". "En el fondo sé cómo es de verdad". “Hoy me ha dado la razón en tal cosa…" Todo el peso emocional que sostiene el esperanzado, es sobre una versión del otro que aparece de forma intermitente o que directamente solo existe en su cabeza.
Existe una segunda señal: llevan meses o años esperando un cambio concreto que no llega, pero cada pequeño gesto, mensaje afectuoso, un momento bonito, un no montar un número, reenciende toda la esperanza como si fuera la primera vez. Se trata del refuerzo intermitente, el mismo mecanismo que hace que las máquinas tragaperras sean adictivas.
Y la tercera señal es quizás la más dolorosa. Dejan de evaluar la relación por lo que les da y solo la evalúan por lo que creen que podría darles.
¿Por qué algunas personas son más vulnerables a este patrón que otras?
Hay varios factores que se combinan. Uno muy importante es el apego ansioso, que se desarrolla en la infancia cuando el cuidador principal era inconsistente. A veces estaba disponible emocionalmente, a veces no. Ese niño aprende que el amor es algo que hay que perseguir, que no está garantizado y que la incertidumbre es parte del juego. De adulto, reproduce exactamente ese esquema.
También influye mucho la baja tolerancia a la pérdida. Hay personas que prefieren vivir en la incertidumbre del "quizás" antes que enfrentarse a la certeza de un "no".
Y después está el autoconcepto. Creen que no merece más de lo que tienen o que más vale lo malo conocido. Así se convierte la esperanza en su única salida y una “falsa estabilidad”.
¿Qué papel juega el otro en todo esto? ¿Es siempre una víctima pasiva o a veces hay una dinámica de alimentación mutua?
En muchos casos, el otro alimenta activamente esa esperanza, consciente o inconscientemente. Aparece justo cuando la otra persona está a punto de soltar, da exactamente la señal justa para mantenerla enganchada, y luego vuelve a retirarse.
Eso puede ser manipulación deliberada, o puede ser el reflejo de alguien que también tiene miedo al abandono y usa ese mecanismo para asegurarse de que el otro no se va.
Pero ahí no hay amor, hay interés y miedo patológico. Suele haber un terreno emocional donde ambos encuentran algo que satisface sus necesidades más primarias, aunque ninguno de los dos esté bien y ni siquiera quiera estar y lo justifican.
¿Cómo se sale de ahí? ¿Qué es lo primero que debería hacer alguien que se reconoce en este patrón?
Lo primero y lo más difícil, es aceptar que el trabajo no es convencer al otro de que cambie ni esperar a que lo haga después de años así. Las personas no cambiamos.
Propongo un ejercicio sencillo pero muy revelador. Escribe en un papel todo lo que estás esperando de esa persona o de esa situación. Y luego pregúntate: ¿Cuánto tiempo llevo esperando exactamente eso? Si la respuesta se mide en años, la pregunta no es cómo conseguirlo, pasa por plantearse qué te ha dado a ti toda esa espera, qué has evitado mirar, qué no quieres ver, mientras mirabas hacia ese futuro que no llegaba.
Salir de la adicción a la esperanza no es renunciar a desear, pero ahí no, y sí en otra parte . Es aprender a desear cosas que ya existen, que te aportan y que quizás aún ni conozcas y no desear cosas que podrían existir si todo fuera diferente,
Hay lo que hay. ¿Aún no te has dado cuenta?
