La tecnología y las redes sociales han hiperconectado a las sociedades, sin embargo, detrás de ese mar de interacciones y notificaciones se esconde una ausencia de vínculos reales y profundos que conducen al aislamiento, especialmente en jóvenes y adolescentes.
En una nueva entrega de su consultorio para EL ESPAÑOL de Castilla-La Mancha, la psicóloga y sexóloga toledana Ana M. Ángel Esteban desgrana los factores psicológicos y sociales detrás de esta inestabilidad afectiva.
A través de cinco preguntas, la especialista explica el impacto de las aplicaciones de citas, el papel de los estilos de apego y cómo romper las dinámicas de huida o ambigüedad sin perder nuestra propia identidad.
¿Por qué conectar es hoy tan fácil y comprometerse tan difícil?
Conectar y comprometerse son procesos bastante distintos. Conectar exige muy poco, unos mensajes o una primera cita. Comprometerse, en cambio, requiere tolerar la incomodidad, gestionar el conflicto, convivir con la rutina y asumir la posibilidad de perder, algo que nuestro cerebro tiende a evitar.
Lo primero ofrece una recompensa inmediata, mientras que lo segundo brinda una recompensa diferida que solo se construye con el tiempo. Entrenado para lo inmediato, el cerebro prefiere la gratificación más rápida.
¿Cómo influyen las aplicaciones y las redes sociales?
Las redes y aplicaciones de citas son determinantes porque nos acostumbran a las opciones infinitas. Cuando sentimos que siempre hay alguien disponible al otro lado, cualquier pequeño defecto de quien tenemos enfrente se convierte en un motivo para seguir buscando. Es el scroll infinito aplicado a las relaciones.
Esa dinámica crea la falsa sensación de que las personas son reemplazables y normaliza el trato a medias. Hablar sin quedar, quedar sin definir la relación o desaparecer sin explicaciones. Lo que antes era una excepción se ha transformado en una rutina que genera mucha ansiedad.
¿Qué hay detrás de no querer comprometerse?
Casi siempre hay miedo. Miedo a sufrir, a perder la libertad, a ser conocidos de verdad o a repetir heridas del pasado. Quien aprendió de pequeño que la cercanía es peligrosa desarrolla un apego negativo.
Por un lado, quien tiene un apego ansioso suele engancharse a relaciones inestables porque confunde la intensidad con el amor, quedándose a la espera de alguien que no se compromete. Son dos formas de temor que se retroalimentan constantemente.
¿Cómo sé si estoy evitando el compromiso o si esa persona simplemente no es para mí?
Para aclararlo, la psicología plantea tres claves:
- Si el patrón se repite, si te ocurre con casi todo el mundo, la causa probablemente no esté en los demás.
- Analiza el momento del distanciamiento: alejarse justo cuando la relación se vuelve estable o exclusiva es una señal clara de evitación.
- Imagina un futuro compartido: si la respuesta automática son ganas de huir, conviene mirar hacia dentro. Si eres tú quien espera a que el otro se decida, pregúntate cuánto tiempo llevas soportando la ambigüedad y cómo lo justificas.
¿Qué puedo hacer para comprometerme sin perderme?
El compromiso no es una renuncia total, sino una elección consciente. Para ponerlo en práctica, es importante decir lo que se busca desde el principio. Aunque sea incómodo, la honestidad evita herir a la otra persona con falsas expectativas.
Tolerar la incomodidad y esperar 48 horas antes de huir tras un momento de intimidad o un conflicto permitirá que la urgencia del impulso baje. Además, conviene dejar de comparar a la pareja con una versión idealizada.
Finalmente, si la dinámica se repite, acudir a terapia permite reconfigurar el apego y aprender a vincularse con tranquilidad. El compromiso no es una cárcel, sino la decisión libre de quedarse y dejarse mirar.
Ana M. Ángel Esteban tiene consulta presencial en Toledo y online a través del teléfono 615 22 46 80
