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Unas fotografías antiguas encontradas al vaciar el piso de su abuelo acabaron convirtiéndose en el germen de una exposición sobre la memoria, la infancia y el paso del tiempo. Es el origen de 'Primeras Luces', el proyecto más personal del artista Javier Longobardo, que ha transformado la Cámara Bufa de Toledo en una suerte de laboratorio donde más de 50 fotografías y textos se entrelazan con cajas de archivo, objetos y estructuras construidas artesanalmente.

A partir de su pasión por la fotografía y la acumulación de recuerdos, Longobardo ha encontrado en este espacio el lugar idóneo para materializar su propia escritura en un juego de construcciones basado en el "hacer, rehacer y deshacer", una particular trama que podrá visitarse hasta finales de septiembre.

La pérdida de su abuelo, un hombre "aficionado a la fotografía y al vídeo" y de quien heredó el amor por capturar la vida a través de un objetivo, está detrás de una exposición que recorre el arraigo a La Mancha, las costumbres, la infancia compartida, la búsqueda y el misterio, la reflexión sobre el paso del tiempo y la tradición cristiana.

Todo ello desde la mirada rebelde de un artista que vive en un mundo "en el que no se para" y en el que se "habla de las cosas de una manera superficial".

"Mi abuelo tenía una cosa guardada, misteriosa e increíble: la cámara. Siempre estábamos trasteando con ella. Teníamos una relación en torno a eso, él me filmaba a mí y yo aprendí con él", cuenta. Cuando la familia vació su piso aparecieron aquellas fotografías antiguas que, en lugar de tirar, decidió escanear: "Tengo el privilegio de que mi abuelo tuvo bastante afición".

Parte de la exposición de Javier Longobardo. Ángela Pulido Díaz.

A partir de ese momento comenzó "una labor de restauración y de selección" que le llevó a querer crear algo más grande: "Toda esa intimidad que me dio estar ante esas imágenes, en soledad en el estudio, me llevó a pensar en cómo convertirlo en un proyecto artístico y cómo adaptarlo al espacio. Me di cuenta de que lo interesante era traer la intimidad del estudio, de ese mundo reflexivo, al público y llevarlo al espacio instalativo".

Al abrirse las puertas de la Cámara Bufa, un ambiente semejante al de un laboratorio de revelado invita a conocer una composición artística en la que se enmarcan más de 50 fotografías y textos a partir de "cajas de archivo", que funcionan como "módulos" y sobre los que se urden 11 piezas de creación: "Aquí no hay nada al azar. Todo está intrincado. La sala tiene carga sobre las imágenes y las imágenes sobre las estructuras en las que se ha construido".

Como "una urdimbre" que se va construyendo poco a poco, Longobardo, quien ha ido haciendo encajes en sus "ratos libres", ha cultivado el proceso creativo durante todo el verano mientras la exposición ya estaba abierta. Un trabajo que asegura "muy laborioso" al haber sido en su totalidad artesanal: "Soy como una araña que ha estado aquí tejiendo una urdimbre, un tejido del discurso, de la imagen y de la forma, adaptándome al espacio, que también está muy cargado de simbolismo".

Exposición de Javier Longobardo. Ángela Pulido Díaz.

Cada detalle está pensado. Los textos que enriquecen cada módulo han sido rescatados por este artista de su época universitaria y de su vida laboral. La secuencia de imágenes que conduce el hilo de esta exposición surgió al abrir aquel archivo, como si estuviese ordenado para ser mostrado: "Entre fotografías siempre ha habido algo, si tú comparas varias, puedes intuir lo que hay entre medias. Es sugerente porque estás hablando de la congelación del tiempo".

Aunque en su mayoría son fotografías extraídas de aquel archivo familiar, Longobardo también ha incluido imágenes propias de sus diferentes etapas laborales, escenas de películas —como Marcelino, Pan y Vino o El Espíritu de la Colmena de Víctor Erice—, capturas de sombras chinescas e incluso fragmentos de obras —como el cuadro de Holbein—.

Recogimiento

Este fotógrafo, que no quería quedarse con "una imagen aislada", ha conseguido "transmutar una realidad que va formando estructuras y que se van repartiendo por toda la sala". Así, quien entra a la Cámara tiene "ese sentimiento de recogimiento" a la par que siente como "el recorrido se va conectando a cada paso de la sala".

Para Longobardo, cada pieza artística sobre la que se enmarcan las imágenes son "constelaciones que se van interrelacionando". En las secuencias se describe la infancia en los pueblos de La Mancha, la curiosidad de un niño que le lleva a conocer cada cajón y rincón de la casa, las historias de miedo que los mayores inventaban para que los pequeños no deambulasen por zonas peligrosas como los cámaras —espacios de almacenamiento— o los pozos, las mesas camillas como zonas de reunión, de escondites o confidencias, y la religión como punto de encuentro.

Parte de la exposición de Javier Longobardo. Ángela Pulido Díaz.

El cristianismo desde un punto laico forma parte de la exposición. Como aseguraba Longobardo, aquí "nada se deja al azar" y todo tiene relación. Lo vemos en la propia Cámara Bufa: al fondo de la estancia hay una cripta , el edificio superior es un convento y el muro sobre el que están apoyadas muchas de las imágenes da a los sótanos de la Iglesia que forma parte del convento.

Parafraseando a Roland Barthes, filósofo francés de los años 60, y al hilo de su libro La Cámara Lúcida, Longobardo confiesa que esta composición es el resultado de mucha reflexión que le ha servido para ordenar su cabeza: "Los artistas muchas veces trabajamos porque queremos poner en orden algo".

Al final del recorrido y en el interior de la cripta llega la galaxia que pone el broche de luz al recorrido por las constelaciones: la escena repetida de un vídeo en la que Longobardo capturó en primer plano cómo unas manos —las de su abuelo— intentaban urdir algo, con cierta torpeza sin saber con precisión qué era: "Es un homenaje para él".