En un país donde, en palabras de María Martín, "todo lo destruimos enseguida", esta mujer ha escogido conservar la historia. En el Real Camino de Guadalupe, a la altura de Carmena (Toledo), se encuentra uno de esos vestigios que atesoran la esencia agrícola de Castilla-La Mancha. Con más de 100 años, el último molino de piedra tradicional para la fabricación de aceite de oliva en la región es el tesoro mejor conservado de la familia Mayo Martín.
Este "molino de piedra troncocónica", convertido en una herencia familiar, empezó a crear aceite de oliva en los años 30 del siglo pasado. Desde entonces, María y su marido, Federico Mayo, —junto a una plantilla de cinco trabajadores— se convirtieron en los fabricantes de un "aceite artesanal" cuya calidad hizo que "gentes de Madrid" y de los alrededores de Carmena se desplazasen para adquirirlo en "venta directa".
"El sacar un buen aceite empieza en el campo" afirma María, quien asegura que sin "una buena materia prima" no sería posible conseguir un producto de "calidad". Ellos vendían "aceite al por mayor" tras aprovechar las "épocas de campaña" y negociar con los agricultores: "Si la aceituna está cuidada, se pueden sacar unos aceites muy buenos".
María Martín dentro de la fábrica donde se encuentra el molino.
En una sola campaña, María cuenta que llegaron a "vender 100.000 kilos de aceite hecho en el molino" —en el mercado profesional del aceite de oliva, las operaciones se cotizan en kilos, una referencia que permite mayor precisión comercial y evita las variaciones de volumen que puede provocar la temperatura—. Además de las personas que acudían hasta la fábrica, los Mayo vendían el "aceite a granel" a través de "cisternas" en las que la mayoría viajaba a Italia: "Los italianos son muy de comprar aceite español, les gusta mucho".
Durante la campaña de recogida y producción, el molino funcionaba las 24 horas del día para atender la demanda. En los periodos de mayor actividad llegaron a trabajar dos turnos, con cinco operarios en cada uno.
En una sociedad que está acostumbrada a la inmediatez, esta madrileña con corazón manchego recuerda que lo bueno toma tiempo: "A diferencia de los aceites que se hacen con las nuevas maquinarias, este era un aceite que crecía cuando lo echabas a la sartén. Aún me encuentro con gente por la calle que me dice '¡cuánto echo de menos vuestro aceite!".
Aunque esta fábrica cerró sus puertas hace 18 años, tras la muerte de su marido, María sintió "nostalgia" y se puso manos a la obra para poner a punto lo que fue —y es— una parte muy importante de su vida: "Mi marido era un obsesionado del molino, le encantaba. Era su ilusión".
Interior de la fábrica donde se encuentra el molino.
La única reforma importante ha sido la del tejado, que estaba deteriorado. El molino, sin embargo, se conserva tal y como estaba, incluido el suelo. Han conseguido mantener "su identidad" y no perder ningún detalle: "Lo queríamos conservar tal cual estaba".
Para María conservar este molino es también guardar la historia, pues para ella esta máquina es un símbolo de "historia y cultura" que deja ver "cómo se ha estado fabricando el aceite" en tiempos donde las nuevas tecnologías aún no habían absorbido a la sociedad: "Somos un país que todo lo destruimos enseguida, nos cansamos y todo lo quitamos. Yo tengo la idea de no tirar las cosas".
María Martín en el interior de la fábrica junto a las maquinarias.
En un pueblo como Carmena, tener este molino puede ser "atractivo" para que la gente lo visite y se convierta "en un referente". Con un par de ajustes la maquinaria podría "incluso volver a trabajar y hacer un aceite artesano" para que aquellos que quieran visitarlo puedan degustar un aceite como los de antaño: "Esto tiene su mérito".
Así, María asegura que con una buena "publicidad" del Real Camino de Guadalupe, el molino podría convertirse en un "atractivo turístico" e incluso dar un chute económico al pueblo: "Nosotros estamos abiertos a que el molino de una manera u otra pueda funcionar. Si a alguien le interesa promoverlo, aquí está".
