En Chueca no hay rascacielos ni bloques de pisos, ni falta que les hace. A apenas un cuarto de hora de la Catedral de Toledo —se tarda menos en llegar que en cruzar la capital de punta a punta, del Polígono a La Legua—, lo que impera es una paz convertida en el mayor tesoro de sus 250 vecinos.
Mientras otras localidades del alfoz se poblaban de chalés y adosados durante los años del ladrillo en zonas como Cobisa, Burguillos y Argés, en Chueca apostaron por mantener su estructura de siempre. Fue una decisión consciente de no convertirse en una ciudad dormitorio, una resistencia que hoy marca su realidad.
La gestión de este rincón de los Montes de Toledo es, literalmente, a mano. Antonio Arco, el alcalde, trabaja por las mañanas en el sector de la energía en Madrid; al terminar su jornada profesional se centra en la documentación pendiente. "Aquí nos toca ir a podar los árboles, a pintar el edificio, a limpiar, a recoger... yo dedico las tardes al Ayuntamiento a hacer papeles y organizar reuniones. Es otro trabajo y es todo vocacional", explica
Ayuntamiento de Chueca.
La llegada de Antonio a la Alcaldía en 2023 no fue fruto de una ambición política, sino un acto de pura supervivencia vecinal. Se presentó por el PP rodeado de su círculo de confianza de toda la vida. "Vimos que el alcalde (del PSOE) se iba, que ya no había interés por nadie y se nos venía un poco abajo el pueblo; así que un grupo de amigos decidimos dar el paso".
Chueca es tierra de mandatos largos, donde sus regidores han encadenado históricamente tres y cuatro legislaturas. Antonio y su equipo —tres concejales propios y uno del PSOE que trabajan sin percibir sueldo alguno— dieron un paso al frente para evitar que el pueblo donde se criaron se apagara por falta de relevo.
Varios vecinos reunidos en una localidad cuyos menores se desplazan a Sonseca para ir al colegio y al instituto.
Sin asesores ni gabinete de prensa, y con un presupuesto anual de apenas 300.000 euros, la política en Chueca se mide en medidas cotidianas. La más celebrada de esta legislatura ha sido recuperar el bar. "Estuvimos cuatro años sin bar y nuestra primera medida fue volver a abrirlo como sea. El local es del Ayuntamiento y ahora tienes un sitio donde verte", cuenta.
En un pueblo donde la escuela cerró hace 12 años y la farmacia es hoy un botiquín, el bar es el último espacio de encuentro social, el lugar donde se confirma que "el pueblo sigue vivo".
Ese espíritu de apoyo mutuo se manifiesta en gestos mínimos pero esenciales. Los vecinos saben que si no compran el pan en el pueblo, la tendera cerrará; y si la tienda desaparece, se pierde otra pieza del puzle. Aunque las compras grandes se reserven para las grandes superficies, el paso por el comercio local es sagrado.
Apenas quedan "15 niños" menores de 10 años censados, pero los que hay "siguen corriendo por allí porque en la puerta de la casa están bien, no tenemos tráfico; vivimos un poco en una burbuja", admite el regidor. El año pasado solo nació un bebé, un dato que refuerza la fragilidad de esa paz amenazada ahora por el proyecto de minería.
Un plan que ha hecho rebelarse al alcalde contra un olvido de la Junta que tacha de "injustificado", plasmando su indignación en una carta de denuncia titulada 'Cuando los pueblos pequeños no cuentan'.
Uno de los parajes naturales de Chueca.
El conflicto estalla por un proyecto de investigación minera destinado a "la búsqueda de cuarcitas, granitos y pórfidos para la futura apertura de una cantera". La zona afectada se sitúa próxima a la Sierra de Nambroca, un entorno "de alto valor ecológico".
Al revisar la información de impacto ambiental de marzo de 2026, Antonio descubrió con asombro que Chueca, el enclave más cercano al proyecto, había sido borrado del mapa administrativo. "No mencionar a un pueblo en un informe de esta magnitud no es un despiste técnico; es una falta de rigor que invalida la percepción real del riesgo", sentencia el regidor.
Para el alcalde, esta omisión es el síntoma de una burocracia diseñada para los grandes que penaliza a los pequeños. "Cualquier empresa grande que venga aquí, con poquito que puedan pagarse un abogado, ya saben más que nosotros", confiesa.
Una niña en un columpio de Chueca.
Le preocupa que la explotación minera termine a la puerta de las casas sin que el informe aclare los detalles técnicos. "Primero van a hacer los agujeros, ¿pero cómo?". El alcalde reconoce que ni siquiera presentaron alegaciones porque confiaron en la protección de la Junta y porque carecen de estructura propia. No tienen interventor ni secretario municipal, sino que dependen del servicio técnico de la Diputación.
Incluso el arte del pueblo habla de la despoblación y el funcionamiento de pueblo humilde. Hay un mural en una fachada con dos niños viajando con una maleta de cartón. "Queremos que los niños sigan corriendo por las calles", reflexiona Antonio. La batalla de Chueca es la de la visibilidad en un mundo que a veces solo mira las grandes cifras y olvida que la calidad de vida de una región también se mide en los lugares más pequeños.
El mural pintado en una fachada de la localidad toledana.
El alcalde lo resume con una frase que apela al sentido común. "Al final, lo que pedimos es que nos tengan en cuenta. Que miren el mapa y vean que aquí hay gente, que hay un pueblo con su historia y su futuro. Que no somos un espacio en blanco entre dos carreteras".
