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En la emblemática calle Santo Tomé de Toledo, la familia Gómez y su churrería llevan 90 años alegrando las mañanas de vecinos y viandantes. Este pequeño negocio que abrió sus puertas en plena guerra civil española (1936) se ha convertido en todo un ejemplo de supervivencia en tiempos donde 1.132 pequeños comercios cierran al mes en España, según la UPTA.

Isabel es la tercera generación de churreros que sigue inundando el Casco Histórico de olor a aceite y chocolate. Detrás del mostrador y con una sonrisa pletórica, da la bienvenida a EL ESPAÑOL de Castilla-La Mancha a quien invita a conocer el legado de sus antepasados que se niega a dejar morir.

La Churrería Santo Tomé nació con sus abuelos, quienes decidieron dejar su explotación ganadera en Menasalbas (Toledo) para escribir un nuevo capítulo en su biografía en este estrecho local del número 27 que hace a la vez de domicilio familiar. "Sobrevivir ha sido cuestión de enseñar un oficio de padres a hijos", explica Isabel.

Isabel detrás del mostrador de su churrería. Javier Longobardo

Recuerda a su padre como la persona que le grabó a fuego la figura y la entrega de esta profesión. "Él madrugaba muchísimo, dormía muy poco. Yo me lo tomo con más calma, la verdad", reconoce.

Sin embargo, la jornada laboral de Isabel empieza a las cinco de la mañana para que a las siete, cuando sube la persiana, el barrio ya sepa que hay churros frescos hechos a mano.

Primer plano de los churros de Isabel. Javier Longobardo

Desde la transitada calle Santo Tomé y tras más de 20 años al frente de su churrería, Isabel ha sido testigo de cómo el turismo en Toledo pasaba de ser algo anecdótico a ser el motor que mueve los comercios. "Aquí tenemos turistas prácticamente todo el año", comenta.

A partir de Semana Santa, la marea de visitantes es imparable y mientras otros emprendedores ven el turismo masivo como una invasión, Isabel lo abraza: "A mí me beneficia muchísimo, es lo que tiene en pie mi negocio. Si por la calle no pasa nadie, tarde o temprano cierras".

Pese a ello, su corazón está reservado para "los de casa". De martes a viernes, la clientela no es otra que vecinos de toda la vida que "no saben pasarse sin sus churritos", subraya.

Isabel en el exterior de su churrería saludando a un conductor que pasaba por la calle Santo Tomé. Javier Longobardo

El fin de semana, da un giro de 180 grados. Los apartamentos turísticos y hoteles cercanos envían a sus propios huéspedes a desayunar a la Churrería Santo Tomé. "Lo recomiendan ellos mismos", dice agradecida.

Uno de los cambios que Isabel introdujo fue erradicar la fórmula de sitio de paso. "Mi padre no tenía cafetería. Las mesas las puse yo", recuerda. Antes, la gente compraba los churros de los Gómez y se los llevaban a los bares vecinos; hoy sus bonitos azulejos, el mobiliario de madera y el ambiente hogareño te invitan a quedarte.

"Aquí se forma una tertulia por las mañanas que, si la grabara, sería muy graciosa", ensalza. Una hospitalidad que ha conquistado a grandes figuras políticas de Castilla-La Mancha como José María Barreda, María Dolores de Cospedal o Emiliano García-Page. "José Bono venía mucho con dos guardaespaldas que le vigilaban desde la puerta", confiesa.

Entrevista a Isabel. Javier Longobardo

El Corpus Christi es el día más fuerte del año. Familiares y amigos ayudan a Isabel desde las dos de la mañana. "Somos siete personas despachando. Hay que sacar los encargos de las cofradías y luego atender a la gente que, cuando echan el tomillo en las calles a las seis y media, ya están aquí desayunando".

En ese momento, la churrería opera como una fábrica donde todo es artesano. "Si se acaba la masa, tengo que volver a amasar más y seguir haciendo churros. Es la tradición", añade.

Después de casi un siglo de vida, el panorama es desolador para negocios de barrio como el de Isabel. Un reciente estudio de Adecco e Infoempleo refleja que el 60% de los negocios podrían desaparecer en los próximos años por la falta de relevo generacional.

Isabel sirviendo churros. Javier Longobardo

"En el tiempo de mi padre había cuatro o cinco churreros en el Casco. Se jubilaron, los hijos no quisieron seguir y han cerrado. La única que se mantiene es esta porque me quedé yo", apunta.

Una problemática de la que probablemente tampoco se escape en un futuro la Churrería Santo Tomé: "Cuando me jubile, esto se acaba", lamenta. Los hijos de Isabel han buscado otros caminos, repelidos por el sacrificio que exige el oficio. "Es una montaña rusa. Hay días que te levantas y piensas: ¿Me he levantado para esto?".

La desaparición de estos locales supone la pérdida de una costumbre de desayunar esa masa frita mojada en chocolate mientras cuentas al de al lado qué te depara el día. "No digo que los churros desaparezcan, pero a lo mejor solo los venden en supermercados o congelados", advierte.

El consumo de churros y porras congeladas alcanzó en 2024 cifras récord de más de 3.079 toneladas, un incremento del 7,3 % respecto a 2022 y del 0,9 % frente a 2023, según un análisis de Circana.

Isabel atendiendo a una clienta. Javier Longobardo

El truco para sobrevivir 90 años no es otro que el boca a boca, según Isabel. "Vino un señor de México y me preguntó si no había otra churrería por aquí porque al verla tan pequeña no se creía que fuera la que le habían recomendado sus amigos mexicanos", cuenta entre risas.

La Churrería Santo Tomé ya forma parte de la historia de Toledo y seguro que a los Gómez se les recordará como esa familia que se levantaba a las cinco de la mañana para llenar de alegría y sabor los despertares de miles y miles de personas. "El día a día es duro, pero te vas contenta porque la gente viene y están a gusto; eso también te mantiene", concluye Isabel.