Desde hace algo más de un año que Santa Cruz de Moya, un pequeño pueblo de la Serranía de Cuenca de apenas 200 habitantes, dispone de una farmacia gracias a un valenciano llamado José Ramón.
Este farmacéutico natural de Jalance (Valencia) compró la única botica del municipio conquense en diciembre del año pasado y desde entonces, él y su familia ofrecen no solo un servicio esencial, sino que se han convertido en un punto de encuentro para sus vecinos.
"Siempre he vivido en un pueblo y no entra en mi cabeza vivir en una capital", resume José Ramón en un vídeo publicado en la cuenta 'Nosvamospalpueblo'. Una apuesta arriesgada vista la situación de las farmacias en la España vaciada.
Una de las calles principales de Santa Cruz de Moya.
Desde la Sociedad de Farmacia Rural (SEFAR) estiman que todas las farmacias ubicadas en municipios de menos de 1.000 habitantes echarán el cierre en tan solo una década. A finales de 2024 había unas 672 farmacias en situación de Viabilidad Económica Comprometida (facturación inferior a 12.000 euros al mes o 230.000 euros al año), la mayoría en zonas rurales.
El modelo retributivo se basa en un margen sobre el precio y, eso, beneficia a las zonas altamente pobladas. Sin embargo, este valenciano afincado en Cuenca prefirió seguir ejerciendo en un entorno que pierde vida año tras año.
El Ministerio de Sanidad a través del Real Decreto 823/2008 estableció un compensación económica adicional que ronda actualmente entre unos 833 y 979 euros mensuales para asegurar el servicio farmacéutico en pueblos con menos de 1.500 vecinos o en áreas en riesgo por falta de cobertura farmacéutica.
Fuera de lo económico, cambiar el clima mediterráneo por las montañas y el río Turia al principio no fue sencillo. Gracias al calor de los vecinos, la adaptación fue rápida. "La gente me ha acogido muy bien. Mis hijos están súper contentos, han hecho amiguitos enseguida", admite José Ramón.
Aunque reconoce que vivir en un pueblo tiene sus luces y sombras. Entre los inconvenientes resalta la escasez de viviendas disponibles. "Independientemente de que sea más económico, cuesta encontrar casas", resalta.
La mayoría de sus clientes son personas mayores que encuentran en su farmacia el primer eslabón de la atención sanitaria que a veces no llega a estas aldeas. La cruz verde del local de José Ramón se ha convertido en un faro de esperanza para los pacientes de la zona que ya no tienen que depender al completo del coche para adquirir sus medicamentos.
Un emprendedor que mira más allá de la rentabilidad. Insiste en que las ventajas no económicas pesan más. Destaca la tranquilidad, la seguridad para sus hijos y la posibilidad de conciliar mejor el trabajo con la vida personal.
Tras más de 12 meses dispensando recetas y dando conversación y consejos al otro lado del mostrador en Santa Cruz de Moya, el valenciano tiene claro que escogió el camino correcto. "No lo cambiaría. Tengo cosas que en una capital vería más inconvenientes a la hora de vivir que aquí en el pueblo", concluye.
La historia de José se suma a la lista de otros valencianos como Rubén Poza (un ingeniero agrónomo que se mudó a Santa Cruz de Moya para vivir del lúpulo) que encuentran en los pueblos un lugar donde desarrollar su trabajo sin renunciar a una vida más cercana y humana.
