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El campo clama sangre joven. Eso lo sabe Ana Cristina, la joven de Bolaños de Calatrava (Ciudad Real) que casi por accidente ha descubierto su camino vital y desde hace unos años es la dueña de una finca de unas 500 ovejas.

Esta emprendedora de 27 años atiende por teléfono a EL ESPAÑOL de Castilla-La Mancha mientras atiende a uno de sus corderitos. Su historia como mujer ganadera y aficionada a la equitación ha conquistado a más de 40.000 personas en las redes sociales.

En sus vídeos reivindica que trabajar en el campo no es una condena, sino una vocación. Una labor que le ha valido para estar nominada en los premios Agroinfluye."Estamos en el campo porque nos gusta, no porque no sirvamos para otra cosa", señala.

Ana en el campo con sus ovejas.

Su padre es agricultor, su tío ganadero y ella creció entre ambos mundos con una afinidad natural por los animales. "No concibo la vida sin ellos", confiesa.

Aunque nunca fue una "buena estudiante", Ana terminó la ESO y encontró su sitio cuando decidió orientar su formación hacia su verdadera pasión. Se matriculó en un grado medio de Producción Agropecuaria donde pasó de aprobar por los pelos a sacar las mejores notas.

Siguió especializándose con un ciclo de Paisajismo y Medio Rural cuyas prácticas no pudo completar por la irrupción de la Covid-19. Un episodio dramático durante la pandemia la empujó hacia la ganadería. "A mi tío le dio un infarto y me tuve que hacer cargo de sus animales. Sin querer, ahí empezó todo", recuerda.

Después de unos meses inciertos, con el apoyo de su familia y la complicidad de su pareja, Ana decidió poner en marcha su propio proyecto como joven ganadera.

"Una persona hoy por hoy en España no se puede incorporar al campo por su propio bien, necesitas mucha ayuda", lamenta, a lo que añade "tanto en lo económico como en el día a día. Sin la ayuda de mi padre y mi tío, esto no iría para adelante", incide.

Esta bolañega, aficionada a la equitación, gestiona su propia granja productora de carne de cordero y en sus ratos libres disfruta de sus caballos. "Si no estoy con las ovejas, estoy practicando hípica", resume.

Ana con uno de sus caballos.

Un entusiasmo que convive con la dureza de un sector cada vez más asfixiado por la burocracia, las enfermedades y los precios. "Este verano la lengua azul nos hizo polvo, muchos animales abortaron, otros enfermaron y la administración no nos daba soluciones", denuncia.

Castilla-La Mancha ha sido una de las regiones más afectadas por esta enfermedad vírica aguda que se propaga entre el ganado ovino, caprino y bovino. La consejería de Agricultura confirmó hace unas semanas al menos 104 focos de lengua azul en las provincias de Ciudad Real, Albacete y Toledo; datos correspondientes a la temporada epidemiológica de 2025.

Pese a los discursos políticos y los incentivos promovidos por las administraciones públicas, la realidad es otra, distinta a ojos de esta ganadera de 27 años. "Hice un trámite para ampliar mi explotación y fue un auténtico caos. Nos ponen muchísimas trabas", critica.

Sobre las ayudas para jóvenes agricultores, cuenta que son insuficientes. "Con la subvención no tienes ni una tercera parte de lo que necesitas para arrancar", asegura.

Ana mirando a sus ovejas.

El reto de ser una mujer veinteañera en un mundo de hombres de avanzada edad considera que no es un obstáculo. "No porque sea mujer me creo más o menos, yo simplemente me dedico a lo que me gusta", afirma.

La verdadera barrera para ella es la falta de mano de obra. "No hay pastores, los jóvenes no tienen ganas de trabajar. No todo el mundo puede ser influencer, tiene que haber fontaneros, albañiles...", apunta. En este sentido, tiene claro que se debe apoyar a los emprendedores a que tengan ilusiones y esperanzas, en vez de "ayudar a los vagos".

Su jornada de trabajo no es la de un ejecutivo de oficina. "En época de paridera puedo hacer unas 14 horas al día. Esto no es dar de comer a los animales y te vas a tu casa, como alguno se piensa", reivindica.

Cuando le preguntan por qué decidió quedarse al frente de la explotación en vez de seguir formándose y aspirar a un puesto de trabajo en una gran ciudad, responde con firmeza: "Llego al campo, veo la puesta de sol, oigo las ovejas y pienso: esto es lo que quiero el resto de mi vida".

Desde su pueblo, Bolaños de Calatrava, Ana encarna una nueva generación que lucha por mantener viva la España rural. "Mientras muchos se llenan la boca con el relevo generacional, la ayuda real no llega nunca para la gente que, como yo, queremos seguir con el negocio", concluye.