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La túnica blanca que cubría su cuerpo y el medallón que colgaba de su cuello eran sólo el prólogo a una carta de presentación llena de sorpresas. María Josefa de los Dolores de Quiroga Capopardo murió como Sor Patrocinio y pasó a la historia como 'la monja de las llagas' o la mujer cuyo hábito se convirtió en el abrigo y paño de lágrimas de la reina a la que Benito Pérez Galdós apodó como 'la de los destinos tristes': Isabel II de España.

Un 27 de abril de 1811 en plena primavera nació en San Clemente (Cuenca) la pequeña flor de los Quiroga Capopardo. Una niña que nada más nacer parecía tener escrito cada capítulo de su vida, pero quien, con firmeza, cambió su guion escrito por ajenos cuando rechazó el amor conyugal. Todo su amor era para Dios y así lo hizo latente emprendiendo su camino entre evangelios, oración y vida contemplativa.

Su entrega a Dios era comprometida y sin límites, su vocación la trasladó a la sociedad siendo promotora de la educación de niñas desfavorecidas y su mensaje lo hizo real en la fundación de conventos. El siglo XIX español se irguió entre sobresaltos, polémicas, guerras carlistas, pobreza, inestabilidad y un profundo analfabetismo, el mismo que no concebía que una mujer pudiese ser todo lo que está conquense llegó a ser.

Retrato de Sor Patrocinio por Juan Laurent. Wikipedia

Sor María Rafaela de los Dolores y Patrocinio —más conocida como Sor Patrocinio— creció como concepcionista franciscana en una España que acumulaba líneas y líneas de eventos negativos y cuya sociedad parecía avanzar hacia el retroceso relegando a las mujeres al ámbito doméstico.

Sobre ella comenzó a gestarse una leyenda negra que en más de una ocasión pretendió que su vida naufragase. Las llagas que marcaron su piel también condicionaron su vida, convirtiéndose en uno de los mayores tormentos y gracias divinas. La llegada de Salustiano Olózaga fue el inicio de una vida en la que incluso los buenos momentos tenían sombras.

Olózaga era un político liberal del siglo XIX y un hombre del que brotó un amor obsesivo por esta monja. Sin ser aún religiosa, la entonces María Josefa rechazó su pedida de mano. Tras su 'no' a la vida matrimonial, dijo 'sí' a su vida de novicia en el Convento de las Comendadoras de Santiago en Madrid.

A los 19 años, Sor Patrocinio formaba parte de las hermanas de la orden de la Inmaculada Concepción. En sus inicios portando el hábito, esta monja comenzó a tener visiones místicas, apariciones y llagas que dejaron huella en diferentes partes de su cuerpo. Hechos que no calaron bien en una sociedad marcada por las desamortizaciones sobre la iglesia y que la abocaron a una vida de destierros con noches entre rejas.

Durante su vida contemplativa estuvo amadrinada por mujeres de la alta aristocracia como duquesas y marquesas. Un hilo conductor idóneo para que Sor Patrocinio comenzase a codearse con miembros de la realeza. Así, la entonces reina Isabel II encontró entre los muros de un convento de clausura a la confidente que anheló entre los muros de palacio.

Sor Patrocinio, la monja de las llagas. Cedida

La amistad con la monarca la sitúo en el centro de la diana de unos y otros. El consuelo espiritual de una se convirtió en la tormenta de la otra. Para Isabel II, Sor Patrocinio era un remanso de paz y consejo divino en medio de una atormentada vida personal e institucional.

El matrimonio real, compuesto por el duque de Cádiz, Francisco de Asís, y Su Majestad, Isabel II, descubrió tras los barrotes del convento una amiga que acabó ejerciendo como una gran consejera para ambos tanto en el marco institucional como en el personal.

La hostilidad que la monja encontró en la política se compensó con el cariño de la gente llana. Ella fue mucho más que la confidente de una reina, escribió una biografía religiosa reformando y fundando hasta 19 conventos, impulsando colegios para niñas pobres y siendo el consuelo de todo aquel que se acercaba a las puertas del convento.

Para los religiosos era una persona a la que admirar y para sus opositores un peligro que derribar. Esta castellanomanchega fue víctima de dos atentados, copiosos destierros, una vida marcada por el dedo señalador y una mujer que padeció en su piel unas llagas que la elevaron a la categoría de santidad.

Su propia madre intentó acabar con su vida. Doña Lola, su progenitora, intentó matarla poniendo veneno en una tortilla que le ofreció. Los dos atentados que sufrió fueron con arma blanca. El segundo se produjo durante su estancia en la Real Villa de Aranjuez, alguien le disparó en el convento de Jesús y salió ilesa.

Olózaga, a quien rechazó para vivir al lado de Cristo, fue, según los biógrafos de Sor Patrocinio, la persona que estuvo detrás e incitó a que la monja tuviese acontecimientos tan negativos en su vida como los destierros.

Durante sus destierros pasó por conventos en Madrid, Talavera de la Reina, Cáceres y Roma. Entre las forzadas idas y venidas a las que se vio sometida por el deseo de otros, esta monja escribió su obra, 'Libro de Oro'.

Ante la duda sobre la veracidad de las llagas, Sor Patrocinio, que llevaba mitones para esconderlas, fue examinada por profesionales contemporáneos de su época que afirmaron la autenticidad de las mismas. La hermana desveló que aquellas úlceras eran el resultado del roce de una reliquia sobre diferentes partes de su cuerpo y una penitencia por las culpas.

La monja más famosa y controvertida de su tiempo acabó yéndose a París. En Francia siguió con su obra fundando conventos y siendo testigo de otra etapa convulsa y revolucionaria —La Comuna— de la que huyó y regresó de vuelta a Madrid.

Los estigmas de la presencia de Cristo se hicieron latentes en su cuerpo a través de las llagas, las visiones y la obra llevada a cabo por la religiosa que la convirtieron en un símbolo de fe en un siglo marcado por la inestabilidad.

A Sor Patrocinio le llegó el descanso eterno en 1891 en el Convento del Carmen de Guadalajara a la edad de 80 años. En el mismo lugar descansan y se veneran sus restos mortales.