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Las comadronas, aquellas cuyo conocimiento fue el resultado del traspaso de saberes entre mujeres, han sido quienes históricamente han ayudado a millones de madres a traer vida al mundo. Esas mismas mujeres, cuya sabiduría no fue más que la experiencia y la necesidad de sostener, consolidaron redes de apoyo para que las futuras madres y bebés estuvieran atendidas durante el embarazo, parto y postparto.

Como un bastión, el vientre materno lleva transformándose millones de años para convertirse en el refugio de quien está por llegar. En lo que hoy conocemos como Castilla-La Mancha, la figura de la comadrona llegó sin ponerle nombre, como si se tratase de muestras de solidaridad entre las mujeres que se ocuparon de hacer el alumbramiento más llevadero.

Con una población rural y predominantemente humilde, las castellanas crearon, sin saberlo, redes de cuidado y solidaridad para asistir a quienes se iban a convertir en madres.

De generación en generación, el manual sobre la asistencia al parto no era más que la transmisión oral de conocimientos que las mujeres mayores enseñaban a las más jóvenes después de que sus retinas grabasen el gran momento de la vida.

Un saber íntimo, femenino y doméstico que fueron cultivando con mimo para que las futuras madres y sus retoños vivieran un final feliz.

La comadrona no tenía mayor afán que sostener a través de la experiencia. Ellas eran madres, vecinas, primas, hermanas o abuelas cuya titulación no era más que la vivencia. En Castilla-La Mancha los partos se producían mayoritariamente en las casas.

Como en muchas de las materias que realizaban las mujeres, la tarea de las comadronas ha pasado a la historiografía con lagunas informativas. Pocos son los documentos que recogen ampliamente su labor, quiénes eran, qué técnicas utilizaban o cómo de cerca pudieron estar de la ciencia.

Las labores de la comadrona no se reducían al alumbramiento. Prestaban atención durante el embarazo, extendían su ayuda a los cuidados de la madre y del recién nacido después del nacimiento y creaban redes de formación entre familiares y vecinas. En ocasiones debían dar testimonio del nacimiento y saber realizar el bautismo de urgencia cuando el neonato estaba en peligro.

A lo largo de la historia han existido muchos procesos en los que se intentó regular la asistencia a las parturientas. Los Reyes Católicos abrieron vías a lo ancho de la Corona de Castilla mediante la Pragmática de 1498, sin embargo, no se llegó a completar.

Durante la Edad Media, la asistencia al parto variaba según el estatus social de la parturienta. Tanto en 1434 como en 1448 se emitieron cartas de aprobación a las parteras para que pudieran ejercer libremente.

En la Edad Moderna, se regularizó el oficio a través del Real Tribunal del Protomedicato de Castilla. La Real Cédula del 21 de julio de 1750 exigió que quien quisiera ejercer la labor debía examinarse, además de tener en regla la partida de bautismo, una buena conducta y aspectos relacionados con la limpieza de sangre. En esta línea, comenzaron a introducirse aspectos como la agilidad en todos los miembros, manos delgadas y de tacto fino, no cooperar ni dar consejo para abortar y no ejercer labores sin el beneplácito de los médicos.

Durante la Ilustración, aquellas que habían acompañado y ayudado a traer vida, fueron progresivamente delegadas en favor de hombres cuya experiencia eran manuales escritos por otros hombres. La labor de las comadronas se mantuvo en las zonas rurales y fue cayendo en las ciudades.

Fue así como un saber popular femenino se eclipsó en favor del nacimiento de una profesión médica prácticamente masculina. Una figura de lucha contra el detrimento de las matronas fue Luisa Rosado.

Esta matrona toledana del siglo XVIII, con mucho bagaje a sus espaldas, intentó publicitar sus servicios en 1770 para participar como docente en la formación de otras matronas. Su solicitud fue rechazada. Los recelos sobre su persona se hicieron evidentes cuando le prohibieron anunciar algunos de sus servicios especializados —relacionados con problemas obstétricos—.

Rosado obtuvo el título de Arte de Partear en 1765 tras superar el examen del Real Protomedicato. En 1768 se trasladó a la capital madrileña para prestar sus servicios como matrona del Real Colegio de Niños Desamparados. Durante su época, se empezó a relegar a la matrona a los partos fáciles, mientras que los complicados eran solo campo de los médicos o cirujanos.

Ante esta situación de desigualdad, la toledana se rebeló. Ella consideraba que su dilatada experiencia le permitía intervenir en todo tipo de partos y así lo defendió. Su historia llega a nuestros días por haber sido resiliente defendiendo públicamente su conocimiento y experiencia profesional, así como su capacidad para poder dirigir cualquier alumbramiento.

Sabedora de sus capacidades y lejos de amedrentarse o darse por vencida, esta toledana llegó incluso a ofrecerse para asistir el parto de la Princesa de Asturias, María Luisa de Parma, esposa del futuro rey Carlos IV, en 1771.

La Ley Moyano (1857) integró los estudios de matrona en las universidades vinculadas a las Facultades de Medicina. Una anexión que provocó que su papel protagonista pasase a ser progresivamente el de ayudante del médico en la asistencia al parto.

Durante la época republicana del siglo XX, las matronas alcanzaron relevancia, se organizaron y defendieron un ejercicio laboral con derechos similares a los de sus compañeros.

Con la llegada de la Guerra Civil y la posterior etapa regida por el General Francisco Franco, algunas de estas mujeres se sometieron a juicios, ya fuese por haber ayudado en la práctica del aborto o por cuestiones que en aquella época eran polémicas. A algunas les costó no poder ejercer más, a otras vigilancia policial o denuncias.