Como ventanas del tiempo que permiten observar la historia a cada paso del empedrado, las calles de Toledo tienen el don de hechizar a quienes las recorren. Quizá sea el recuerdo de quienes un día fueron acusadas y condenadas por brujería.
Dominadas casi en su totalidad por mujeres, la brujería y la hechicería fueron prácticas perseguidas por aquellos que decían querer acabar con la herejía y deshacer la superstición.
Las especialistas en pócimas, ungüentos, plantas y palabras que invocaban una situación paradójica, eran aquellas toledanas procedentes de estratos sociales bajos, viudas, solteras, pobres o iletradas que vivían en la marginalidad, desamparadas y dependientes económicamente.
Las acusaciones más asiduas a las que se enfrentaban estaban relacionadas con temas del 'día a día': remedios, hechizos amorosos, prácticas para conseguir favores y adivinaciones.
Ante la necesidad de completar la conquista española y cristiana por toda la superficie de la Iberia hispana, los Reyes Católicos, Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, solicitaron al Papa Sixto IV crear en la España del siglo XV un tribunal Inquisitorial.
Fue así como el 1 de noviembre de 1478 se creó, en la entonces ciudad de las tres culturas vivas, un tribunal de distrito de la Inquisición. Entre los más de 20 tribunales de distrito, el de Toledo fue uno de los más importantes junto al de Sevilla y Valladolid.
Su ubicación geoespacial, su título de sede primada de España, y su posición de diócesis católica más importante del reino, llevó a la ciudad a alzarse como una de las más potentes en el ejercicio inquisitorial.
Aunque no se puede comparar a la persecución que sufrieron judíos, musulmanes, luteranos o conversos, las brujas y las hechiceras toledanas también sufrieron la mano de quienes decían poner orden.
Y es que, a diferencia de otros tribunales, el de Toledo se caracterizó por añadir en sus edictos de fe una explicación concreta sobre la magia, la hechicería y la brujería. Quizá fue porque era sabido que en Toledo, la ciudad de la magia en la Edad Moderna, había muchas más mujeres que se dedicaban a estas prácticas en comparación a otras ciudades.
Dedicadas a estas artes como una forma de ganarse la vida por sí mismas, con lo que no contaban es que en algún momento ese 'sustento' pasó a convertirse en cadenas de condenas.
Aquellas mujeres, que en algunas ocasiones tuvieron que recurrir a la prostitución para sobrevivir, no necesitaban más recurso que el conocimiento que adquirían por la repetición de patrones y el entendimiento sobre hierbas sanadoras que las convertían en maestras de magia, adivinación, sanación y curanderismo cuando las ciencia y la razón no daban respuestas.
Hasta bien entrado el siglo XIX, todas las mujeres sospechosas de llevar a cabo estas 'aberraciones' fueron juzgadas y sentenciadas.
Castellanomanchegas acusadas
Inés del Pozo. Conocida por sus hechizos, conjuros amorosos y su vinculación con aspectos de la virilidad. La vecina de Toledo fue la mujer cuya acusación inquisitorial por hechicería pasó a la historia como la más antigua emitida por el Tribunal de la ciudad.
María Bautista. Señalada como hechicera y bruja supersticiosa por el Tribunal Inquisitorial de Toledo entre 1645 y 1647. 'La Toledana', como era conocida entre sus contemporáneos, llegó a estar presa bajo orden de la Inquisición.
Juana Ruiz. La ciudad de Daimiel aún vincula su nombre con la sangre, la noche y sus paseos semidesnuda a la luz de la luna. Muchas son las leyendas alrededor de su persona, pero lo que sí está claro es que Juana fue procesada por el Tribunal hacia la mitad del siglo XVI.
Teresa Hernández. Ella también fue una de las castellanomanchegas acusada de brujería y hechicería. La conquense sufrió un proceso criminal por, supuestamente, haber entrado en la casa del entonces regidor de Cuenca a ejecutar prácticas de hechicería.
