En el pueblo donde crecí era fácil saber sin necesidad de termómetro ni previsión que el calor de verdad llegaba el 18 de julio y se iba el 25. Mi abuela decía que por Santa Marina se sembraba la escarola y en Santiago se recogía el primer pimiento. Un saber transmitido, casi litúrgico, que no fallaba. Pero en el norte de Zamora ya no cuadra ese calendario.

Mi abuela no fue la única en fiar el calor a una fecha fija. Mucho antes, en la antigua Roma, tenían un método escrito en el cielo antes que en ningún papel. Cuando veían asomar a Sirio (del griego Seirios, la ardiente), después de un periodo escondida tras el sol, sabían que venía lo más duro. La estrella más brillante del firmamento nocturno pertenece a la constelación Canis Major, uno de los perros que acompañan a Orión. Su aparición marcaba el inicio de la época más calurosa y seca del año, que se extendía entre el 15 de julio y el 15 de agosto y dio origen a la palabra 'canícula'. Durante los "días del perro", la estrella se ubicaba junto al sol al amanecer y a esta conjunción atribuían los antiguos el calor sofocante.

Dos mil años después, debido al lento bamboleo del eje terrestre, Sirio no reaparece hasta finales de agosto. Heredamos el nombre, pero la estrella ya no marca el inicio del calor como entonces. Y ahora la canícula viene con prólogo y epílogo, un adelanto y una prórroga que ni Roma ni el santoral supieron prever.

Recurro a dos referentes habituales. José Miguel Viñas, meteorólogo y divulgador, explica que el refranero fija el periodo: "De Virgen a Virgen, el calor aprieta de firme". Hasta hace poco era raro que fuera de esas cuatro semanas el calor alcanzara picos similares a los caniculares, pero cada vez son más frecuentes las olas de calor extremo en cualquier momento del verano, incluso fuera de él. Como la que sufrimos estos días, ahora sí, en plena canícula, con temperaturas que rondan los 45 grados y noches tórridas en las que las mínimas no bajan de los 25.

El catedrático de Física de la Tierra Enrique Sánchez Sánchez señala que los veranos de Castilla-La Mancha se han alargado siete días por década de media en los últimos cuarenta años. Y refiere varios estudios que indican un aumento de más de un día por año en las últimas tres décadas en varias megaciudades, o un incremento de al menos una semana en la mayor parte del hemisferio norte en las décadas recientes. Añade un pronóstico devastador: los inviernos definidos con los valores actuales prácticamente habrán desaparecido en la península ibérica a finales del siglo XXI.

El calentamiento global ha alterado significativamente las estaciones. Y nada de esto es opinable: son mediciones, no impresiones. Queda por precisar el alcance exacto de cada cambio y cómo aprender a convivir con un clima que ya no es el que nos enseñaron.

En mi pueblo llevan semanas comiendo pimientos y han adelantado la siembra de la escarola. En las casas han tenido que comprar ventiladores y desechar la típica chaquetilla por si refresca. Hay que alargar la siesta, porque a las cinco no hay quien pare en la calle, y poner el despertador al alba porque nadie pasea o corre después de las diez. Aquella tormenta que extinguía el verano a mediados de agosto puede caer, pero el calor se queda.

Les deseo el mejor de los veranos, como sea que hayan decidido vivirlo. Entre Zamora, Toledo y lo que surja, me acompañarán la sombra, el botijo y la siesta, tan infalibles frente a la canícula y sus extensiones como ir a la verbena, darse un chapuzón, leer mucho o tomar gazpacho.