"Buenos días, bestias". Con tan solo tres palabras de buena mañana, esas tres palabras que repetía cada vez entraba a la redacción de EL ESPAÑOL de Castilla-La Mancha, Álvaro de la Paz nos regalaba la primera de las dosis de alegría con las que a diario hacía mejor nuestra jornada laboral. Nuestra vida mejor, en fin.
Ese bestial saludo era solo la carta de presentación de una forma de ser rebosante de carisma, de alma, de humanidad. Porque bestial era su personalidad, quizá porque nunca pretendió que lo fuera. Simplemente, su humilde manera de estar en la vida y de entenderla eran un imán que atraía a todos los que tuvimos la suerte de conocerlo hacia el lado bueno de las cosas.
Con ese halo de caballero antiguo, de vez en cuando calzaba unas Converse rosas. Con ese humor tan ácido e inteligente, jamás ofendió a nadie. Con una cultura tan vasta, siempre escuchaba a los demás con la atención de un eterno aprendiz. Con unas dudas infinitas sobre sí mismo, destellaba rasgos de genio en cada conversación. Con esos contrastes, alejado de sectarismos, se hacía querer. Había que quererlo, sin remedio.
Cuando Esther Esteban y yo lo conocimos en un restaurante toledano hace algo más de un año para ofrecerle formar parte de EL ESPAÑOL de Castilla-La Mancha salimos desconcertados de aquella primera reunión. Álvaro era tan diferente que no teníamos claro que su fichaje fuese a funcionar, pero al mismo tiempo supimos que había que ficharlo. No nos equivocamos, en absoluto. Qué poco tiempo le hizo falta para convertirse en el alma del periódico.
Como un científico loco y entrañable, se ponía delante del ordenador y, según él, empezaba a escribir de un tema sin saber realmente lo que iba a contar. Lo decía sinceramente, regado a veces por la frustración, pero al final siempre pasaba lo mismo: las piezas le iban encajando y mágicamente brotaban las noticias, los reportajes y los análisis más interesantes y con el léxico más rico de la prensa de Castilla-La Mancha. Se le caía el talento y, por suerte, los lectores lo disfrutaban.
Nosotros, sus compañeros, lo disfrutábamos todavía más. Porque éramos observadores privilegiados del proceso. Según iba avanzando en su texto, compartía sus peculiares —y siempre acertados— análisis sobre la actualidad, sus píldoras sobre la historia y la vieja política, sus comentarios futboleros y taurinos, su Illescas y Toledo, su "jugueteo" constante imaginando parejas imposibles entre periodistas y políticos de aquí y de allá.
El juego de la vida que tanto disfrutabas, querido amigo, te ha sacado del tablero de una forma repentina, cruel, injusta, feroz, bestial. Demasiado pronto. Grace, tu pequeña hija, va a crecer sin su padre, pero esos ojos azules y gigantes que tiene no mienten: ya dejan ver que sabe para siempre todo lo que la querías, lo feliz que te hacía, lo bueno que eras.
Briana, la mujer de tu vida —qué orgulloso nos lo decías todos los días—, es la mejor madre que tu niña puede tener. Te has ido con esa tranquilidad y con esa dicha, Álvaro, amando y siendo amado como te merecías, sin condiciones. Como te enseñaron tus padres a hacerlo, con su ejemplo y sus valores que te forjaron como el gran hombre que has sido.
Cuando este martes aciago conocimos tu partida, tus compañeros de EL ESPAÑOL de Castilla-La Mancha fuimos llegando a cuentagotas, rotos, a la redacción de Zocodover. Lo hicimos instintivamente, de una forma casi bestial, sin palabras. Aunque no nos lo dijimos, porque no teníamos fuerza, todos entendimos que habíamos llegado para comprobar que seguías estando allí y que lo vas a seguir estando para siempre.
Vuela alto, bestia. Te queremos.
Alberto Morlanes, director de EL ESPAÑOL de Castilla-La Mancha.
