En el lenguaje coloquial, usamos la expresión mirar a la cara para indicar el deber de tratar a una persona con normalidad y respeto, con dignidad. Es señal de educación, de humanidad.

Se trata de una forma muy apropiada para definir con precisión el significado que trae consigo la exigencia introducida legalmente por Hungría para las madres que, con independencia del motivo, desean abortar: justificar el hecho de haber recibido información sobre los signos vitales del feto mediante una ecografía y la escucha del latido del corazón. En definitiva, mirarle a la cara.

Es muy posible que la noticia escandalice a no pocas personas e, incluso, que se valore como un signo de violencia contra la mujer, que se ve “obligada” a contemplar la imagen del niño que lleva en su seno antes de llevar adelante la decisión de abortar. Sin embargo, jurídicamente no es descabellado, dada la relevancia que posee el bien jurídico que representa la vida de un embrión (que, no lo olvidemos, es un ser humano, aunque no tenga el estatus legal de persona hasta su nacimiento), vincular la decisión libre de abortar a un deber de información que permita ponderar adecuadamente las consecuencias que trae consigo la eliminación de esa vida.

Aquellos países que, como el nuestro, han introducido el aborto libre, vinculándolo con la voluntad exclusiva de la mujer (“mi cuerpo, mi decisión”), no solo lo han hecho desconociendo una verdad científica –hay vida desde la concepción y esa vida es genéticamente autónoma respecto de la madre, aunque dependa totalmente de ella hasta culminar el proceso de gestación; dependencia que se mantiene, por cierto, durante los primeros años de vida tras el nacimiento– sino, además, obviando incorporar cualquier garantía seria y suficiente para proteger el bien jurídico que esa vida representa.

Lo que se busca con una exigencia tan simple como la obligación de ver una ecografía y escuchar los latidos del corazón es mostrar la realidad, evitar que una decisión tan grave como la de abortar se adopte desde la ignorancia, ayudar a ponderar correctamente las consecuencias.

Sin embargo, a nadie se le escapa que la medida, por sí sola, con constituye garantía suficiente para tutelar la vida del embrión y proteger adecuadamente la libertad de la madre, en sentido integral. Junto con ella, se precisa la articulación de medios humanos y materiales que promuevan el acompañamiento de las mujeres que, en la mayoría de los casos, se ven en una situación desesperada ante un embarazo no deseado y, como consecuencia de ello, empujadas a adoptar una decisión contraria a su deseo más profundo y a la naturaleza humana. El apoyo económico de quien lo necesite para continuar adelante con el embarazo y asistir al niño y a la madre tras su nacimiento durante sus primeros años de vida, la asistencia para encontrar hogar o trabajo que garantice una vida digna a ambos, o, en definitiva, el acompañamiento integral, deberían ser garantías introducidas por el Estado.

No obstante, aunque la citada medida sea insuficiente, constituye un primer paso, un paso que enlaza directamente con el centro de la batalla: la lucha por la verdad.

En el mundo de la posverdad, de las fake news, del empleo deliberado de la mentira como herramienta para lograr intereses personales o colectivos sesgados, el aborto resulta un ejemplo paradigmático de cómo un derecho se ha construido sobre la base de un conjunto de mentiras: la definición del embrión como suma inconexa de células  desprovisto de la condición de ser humano (no olvidemos la famosa frase de una exministra: “es vida, pero no vida humana”); su consideración como parte del cuerpo de la madre carente individualidad propia; la ocultación de los signos vitales y de su evidente imagen de persona; el “olvido” en el debate de los ingentes ingresos que genera la industria del aborto y de los intereses espurios de control de la población mundial… Estas y otras no son sino mentiras que impiden adoptar una decisión auténticamente libre e informada y permiten prolongar en nuestras sociedades uno de los crímenes más atroces que se están cometiendo. 

Por eso, cualquier medida que ofrezca luz sobre la verdad ha de ser siempre bienvenida. No hablamos de política; hablamos de vida y de dignidad. 

GRUPO AREÓPAGO