En el imaginario colectivo -ese que se va formando al compartir experiencias, historias y relatos ficticios y va definiendo lugares comunes que vamos considerando nuestros- se viene configurando durante años una propuesta peligrosa: que la ley no es eficaz para defender la justicia y en su lugar es necesario que algún justiciero ponga las cosas en su sitio desde fuera de la ley.

Dicho así puede parecer inaceptable, pero un montón de libros, películas y series vienen definiendo esta opción sin que nadie levante la voz para denunciarlo. Mas bien, los justicieros se van convirtiendo en nuestros héroes.

Para empezar, todas las historias de superhéroes vienen marcando esa línea. Desde Batman o Superman, Ironman, Spiderman y todo el planteamiento de Marvel y similares. El argumento se basa en que los malos son más fuertes que la ley y ellos (los justicieros) son necesarios para corregir el desequilibrio. No falta el ingrediente de rebelde y malote del superhéroe, que al final tiene un corazón de oro a pesar de todo eso.

Porque inicialmente los justicieros eran buenos aparentemente inofensivos que tenían una segunda vida, como El Zorro o Superman, pero eso ha cambiado. Lo que ahora se repite en el imaginario justiciero es que los malos son los buenos (los que parecen malos son los realmente buenos). Así ocurre en películas como Ahora me ves, donde un grupo de magos empiezan a robar a poderosos para dar el dinero a los que han perjudicado. Además, en esa misma película, aparece la figura de una sociedad secreta (El Ojo) que defiende la justicia fuera de todo control y transparencia.

Pasar de la figura del justiciero a la de la sociedad secreta justiciera lo hemos visto en otras historias, como el caso de Shield en Marvel, o como en Kingsman, donde un grupo secreto sin escrúpulos defiende la justicia en el mundo. Otra variante curiosa es la de Tomb Raider, donde se incluye a la masonería como defensora de la justicia y aparece otra organización antagonista llamada Trinidad que es fácil identificar como la Iglesia católica.

Hoy en día, la mayoría de las historias cinematográficas y series de acción se identifican con estos perfiles justicieros, sean exagentes de la CIA, antiguos miembros de los SEAL, o simplemente marginados de la ley que no tienen escrúpulos en tomar atajos para «hacer las cosas bien». Ejemplos de eso lo tenemos en las dos entregas de The Equalizer, donde el justiciero, un exagente de la CIA, es interpretado por Denzel Washington, o las tres entregas de Venganza, protagonizadas por Liam Neeson que, por defender a su familia, elimina a quien sea necesario al margen de toda legalidad. Otras veces son los mismos policías que deciden ir más allá del reglamento para evitar que el delincuente triunfe, como el mítico Harry el sucio, interpretado por Clint Eastwood. No hay más que repasar las películas de acción más taquilleras para encontrar casos similares uno tras otro, interpretados por Charles Bronson, Bruce Willis, Steven Seagal, Tom Cruise, Keanu Reeves o Chuck Norris. Porque los justicieros tienen éxito en el cine.

Pero ¿no es esto totalmente contrario a los valores fundacionales de los países democráticos modernos en los que la justicia se defiende con la ley? ¿No es el justiciero un delincuente? Si nuestros héroes son los justicieros, ¿cuánto queda para que sean también nuestros gobernantes? O quizá ya sea demasiado tarde.

Grupo AREÓPAGO