Seguro que con motivo del Día de la Enseñanza se desatarán diferentes artículos sobre la educación y los docentes, y con plumas y conocimientos en la materia mucho más autorizados que el mío, pero he querido asomarme a esta ventana que me brindan para rendir mi modesto homenaje a la figura del Maestro, aunque su jornada sea en otro momento, pero sin ellos/as ¡no hay enseñanza! Me van a permitir que lo haga con dos historias que ilustren lo importante que puede ser la orientación de un docente en la vida de una persona. ¡Voy a compartirles hechos de dos “influencers” de la época!

En un pequeño municipio de la Sierra de Gredos, en la vecina provincia de Ávila, La Avellaneda, hubo un maestro llamado Don Roque, porque a principios de los años 40 del siglo pasado, se les ponía el Don por delante, que tuvo entre sus alumnos a un chico muy despierto pero que le costaba mucho leer, aproximándose, casi hasta rozar con la nariz, los libros y cuadernos. Al parecer, y después de varios meses en la escuela, descubrió que su dificultad provenía de una discapacidad visual grave. Pero, aun así, aceptó el reto de finalizar el curso, enseñándole la lectura, escritura e iniciándole en las matemáticas. No obstante, informó a la familia de que había leído en algún periódico el nacimiento de una institución de ciegos que iba abrir un colegio específico en Pontevedra, y que, si lo deseaban, se informaría al respecto por si querían probar suerte y que continuase allá sus estudios.

Así fue como Calixto, que ese era el nombre de aquél chico de poco más de seis años, llegó al colegio Apóstol Santiago de la ONCE de Pontevedra, en enero de 1944. ¡Qué salto: del suroeste de la provincia de Ávila, hasta tierras gallegas! En unos años de posguerra, en el seno de una familia humilde, sin internet, sin agua corriente, sin luz,... ¡y desprendiéndose de un hijo con discapacidad!

Calixto Hernández Sánchez.Vacaciones en Lugo en 2019. Actualmente tiene 84 años

Calixto avanzó en sus estudios, y a finales de los años 50 finalizaba en Madrid su formación en Magisterio, pues había querido emular a Don Roque, con el que continuó manteniendo relación cada vez que regresaba en los períodos vacacionales al pueblo, compartiendo libros y la lectura del Diario de Ávila, al que estaba suscrito el Maestro, y que acababa en las manos del joven estudiante. Fue el único que alcanzó la Universidad de sus siete hermanos.

Calixto ejerció la docencia durante dos cursos, hasta que un decreto del Ministerio de la Gobernación prohibió a los ciegos desarrollar el magisterio, aunque tuviesen titulación para ello. ¡Ya ven que la discapacidad política se repite a lo largo de la historia!

Permítanme un sólo apunte más sobre Calixto, y es su innovación a la hora de evaluar a los alumnos, pues me contó su manera de afrontar las pruebas, y es que se los hacía en la biblioteca del centro escolar, permitiéndoles que consultasen cualquier libro. Siempre defendió que era mucho más interesante enseñar a buscar la información, a estructurarla, exponerla e incluso defenderla luego en voz alta. Su destino le llevó a ser el fundador de la ONCE en la isla de Fuerteventura (Canarias), para acabar sus días laborales en la Delegación de Aranjuez (Madrid), donde aún vive, por si quieren conocerlo.

En este lado de la Sierra de Gredos, al norte de la provincia de Toledo, en Cardiel de los Montes, Doña Eulalia, una maestra, también de los años 40 del siglo pasado, fue la culpable del destino de nuestro otro protagonista: Julián.

Julián era el hijo ciego de un grupo de cuatro hermanos. Un chico con una orientación excepcional y lo que se conoce como oído absoluto, lo que le permite apreciar las gotas del chispeo de la lluvia o clavar una nota musical cuando cae una cuchara al suelo.

Gracias a las orientaciones de esta maestra rural, Julián finalizó sus estudios de Geografía e Historia en la Universidad Complutense de Madrid, así como el Grado Elemental de Guitarra en el Conservatorio de dicha ciudad. Después vinieron sus periplos profesionales, que le llevaron a Vigo, Alcalá de Henares, Albacete, Toledo y Torrijos, donde se jubiló, retirándose a su Cardiel, donde aún le podemos contemplar paseando con su perro guía.

Julián Martín Gómez, a la puerta de su casa en Cardiel de los Montes (Toledo) con su perro guía


He querido compartir estas dos historias, protagonizadas por dos Maestros rurales, en unos años complicados, como fueron las décadas de los 40 y 50 del siglo pasado, sin los medios de acceso a la información que hoy tenemos. Lo que su talento compartido supuso para dos familias y dos personas, y la cadena del mismo que se derramó hacia otros tantos, como un servidor, que tuve la suerte de conocerlos y compartir con ellos.

¡Cuántos maestros hoy tienen que seguir enseñando, gestionando la diversidad de un aula! Porque una clase es como la vida misma, donde puedes encontrarte personas con coeficientes intelectuales por encima de la media, diferentes culturas, razas, nacionalidades, discapacidad... Por eso me horrorizaban los proyectos de “aulas de excelencia”, o aquellas otras donde se agrupaban a los “especiales o retrasados”, porque no dejan de ser guetos, y estoy en contra de ellos.

Uno es fruto de lo que se denominó en los años 80 “educación integrada”, y mis maestros o profesores, así como mis compañeros/as, no tenían ni idea de cómo afrontar su relación o su trabajo con una persona ciega, pero utilizaron algo tan sencillo como gestionar el sentido común y, sobre todo, la voluntad de querer actuar.

Por eso, hoy, en el Día de la Enseñanza, me atrevo a pedirte a ti, Maestra o Maestro, que fijes tus objetivos en ese chico/a que tienes a tu cargo, mirándola a través de los ojos del ser humano, y no de la gestión burocrática. Porque sois eso: Un Maestro, ¡y delante hay una Persona!

Carlos Javier Hernández Yebra. Delegado territorial de la ONCE en Castilla-La Mancha