Vivimos en una época prodigiosa: nunca supimos tanto, nunca hablamos tanto y nunca fue tan fácil decir tantas tonterías con absoluta convicción.
No quisiera parecer pesimista, pero empiezo a sospechar que el mundo se ha vuelto idiota. No de repente, que sería demasiado sencillo, sino poco a poco, con exquisita educación, conexión de fibra óptica y todas las garantías constitucionales.
La humanidad, que tardó miles de años en inventar la rueda, ha necesitado apenas dos décadas para conseguir que un individuo camine por la calle hablando solo, que otro lo fotografíe y que un tercero, desde Singapur, se ofenda por ello.
Y a eso lo llamamos civilización.
Tenemos acceso a toda la sabiduría acumulada desde Aristóteles, pero preferimos averiguar qué famoso se ha separado o qué insensato ha dicho una barbaridad en televisión. La ignorancia, que antiguamente aconsejaba silencio, se ha vuelto locuaz, militante y extraordinariamente susceptible. Nunca hubo tanta gente dispuesta a explicarnos el mundo sabiendo tan poco de él.
Nuestra nueva moral merece capítulo aparte. Hemos desarrollado una sensibilidad prodigiosa para detectar la menor ofensa ajena y una ceguera casi clínica para reconocer las propias. Nos indignan las palabras, pero nos aburren los hechos. Perdonamos cualquier estupidez si la pronuncia uno de los nuestros y condenamos hasta los silencios del adversario.
La tolerancia se ha convertido en una virtud que exigimos a los demás con una intolerancia formidable.
Nuestros políticos, siempre atentos al progreso, han descubierto que gobernar resulta mucho más fatigoso que explicar por qué no se puede gobernar. Han elevado la excusa a categoría institucional y la contradicción a doctrina de Estado. Uno puede defender el lunes lo contrario de lo que sostenía el viernes, siempre que el martes comparezca, con expresión de estadista, para anunciar que mantiene intactos sus principios.
Y no les falta razón: los principios permanecen. Lo que cambia es su contenido.
La Administración, por su parte, ha conseguido que lo sencillo resulte imposible y que lo imposible requiera únicamente un formulario adicional. Para demostrar que uno existe debe identificarse electrónicamente ante una máquina que no lo reconoce, solicitar una contraseña que no llega y aceptar unas condiciones que nadie ha leído desde la invención de la imprenta.
Todo ello, naturalmente, en nombre de la simplificación administrativa.
También nuestra relación con el dinero tiene algo de comedia italiana. Nos recomiendan consumir menos, pero la economía necesita que compremos más. Nos aconsejan ahorrar mientras nos ofrecen financiación para cualquier capricho. Y nos explican las virtudes de la austeridad quienes jamás han tenido que elegir entre llenar el depósito o hacer la compra.
Hasta la felicidad ha dejado de ser un asunto privado. Ahora necesita testigos, fotografías y una iluminación favorecedora. No basta con disfrutar de unas vacaciones: hay que demostrarlo. No basta con comer bien: es preciso inmortalizar el plato antes de que se enfríe.
Somos la primera generación que, pudiendo conservar todos sus recuerdos, parece incapaz de vivirlos sin una pantalla de por medio.
Y qué decir de nuestra pasión por salvar el planeta. Nunca se habían pronunciado tantos discursos sobre reducir emisiones desde lugares a los que se llega en avión privado. La virtud contemporánea tiene una característica deliciosa: suele consistir en recomendar sacrificios que deberá realizar otro.
Quizá la tragedia de nuestro siglo no consista en que seamos peores que nuestros antepasados, sino en que hemos construido instrumentos extraordinarios para multiplicar nuestras pequeñas miserias.
Tenemos máquinas que piensan, políticos que interpretan, expertos que pontifican y millones de personas que hablan simultáneamente sin que parezca haber demasiadas dispuestas a escuchar.
Y en medio de esta formidable algarabía, el hombre corriente (ese ser modesto que todavía saluda al entrar en un ascensor, paga sus facturas y procura no molestar) empieza a parecer una extravagancia.
Tal vez algún día vuelva a ponerse de moda la sensatez. Que podamos discrepar sin odiarnos, vivir sin exhibirnos y equivocarnos sin necesidad de convocar una rueda de prensa.
No pierdo del todo la esperanza.
Aunque mucho me temo que, cuando ese día llegue, alguien creará un ministerio para administrarlo, una comisión para estudiarlo y una aplicación para solicitarlo.
Y el sentido común, que siempre fue gratuito, terminará siendo un servicio de pago.
