Cuesta encontrar el sentido a escribir una columna de opinión y análisis en estos momentos.
No hay forma racional y sensata de explicar cómo es posible que ahora que las huelgas generales se hagan contra la oposición sin sentir que se está tomando el pelo al lector solo por osar valorarlo.
Entienda usted también, al otro lado de la pantalla, la dificultad para narrar -sin caer en los exabruptos sonoros de Fernando Fernán Gómez- la convocatoria electoral del presidente, llevándonos a las urnas con un discurso dicotómico según el cual, quien no le vote a él, será poco menos que un fascista ultraderechista, rentista, buitre y lo que sea menester. Extraña forma de ser convocados democráticamente cuando desde la Moncloa se establece cuál es el voto válido y cuál el inhumano, el que va contra la gente.
Porque, en palabras del Presidente, elegir no votarle ya no es un acto democrático, es algo que se asemeja a una traición al país, al progreso, a la gente o a la buena marcha de la economía (la que sea, porque no será la de los españoles, desde luego).
Si esto no es suficiente, imaginen tener que detallar cómo puede existir una mayoría social cuando ni tiene su reflejo en el Parlamento, ni aparece en ninguna encuesta ni jamás ha sido consultada, por ejemplo, en un referéndum.
La política es hoy un constante enfrentamiento con una realidad paralela donde los buenos deben culpar a la oposición de los problemas que no les ha solucionado el Gobierno, donde debemos hacer huelga contra quienes no han pisado el Ministerio de Trabajo en ocho años y donde nuestro voto ya no es libre sino “correcto” o “fascista”.
Les aseguro que hay cientos de miles de españoles que no quieren un Gobierno de PP y Vox. Votantes socialistas, socialdemócratas y progresistas que se sienten absolutamente asolados y perdidos, como si les hubieran mandado de golpe a la estepa siberiana. Ha sido Sánchez el que les ha llevado políticamente a esa nada tan desesperante y sin tener que hacerse ultraderechistas de la noche a la mañana. Simplemente osaron seguir pensando lo mismo por mucho que fuera diferente a lo que ordenaba ese día Ferraz y por anteponer la democracia y las instituciones a los intereses particulares de una dirección política.
Esos votantes que son justamente los que permiten al PSOE gobernar, los que le daban mayorías, los que le abrían el espacio del centro político que concede la llave de la Moncloa. Siguen siendo tan de izquierdas como eran antes y siguen pensando que lo mejor para el país no es el Partido Popular pero ahora no tienen a quién votar y no lo tendrán mientras Sánchez les siga, por ejemplo, equiparando a unos buitres rentistas.
Si el único aliciente que puede ofrecer Sánchez a todos esos votantes es el señalamiento, el insulto, la imposición forzosa del título de fachas irredentos o, en definitiva, la culpa de no elegirle, el recorrido electoral que podemos esperar no se intuye demasiado positivo para él.
Tras ocho años de Gobierno, la única responsabilidad de que ahora la izquierda no sume es de quien tenía en su mano la posibilidad de cambiar las cosas. No es responsabilidad de Trump, ni de Elon Musk, ni de Horizonte, ni de Putin, ni de los bulos o los poderosos.
Si el próximo presidente es Feijóo y si el próximo vicepresidente es Abascal, no hay más responsable que Sánchez.
