Nos contamos durante años que teníamos poca memoria. Nos venía bien.

La amnesia era nuestra coartada cívica. Permitía que un escándalo enterrara al anterior, que una sigla sobreviviera a todo aquello que había prometido enterrar. Olvidábamos rápido. Y el domingo, puntuales, volvíamos a votar.

Eso era fe. Fe ciega, sí, pero fe al fin y al cabo. La fe del que cree, aun con pruebas en contra, que los suyos son los buenos.

Eso se acabó.

Ahora ya no hay fe ciega. No hay fe, a secas. Nadie cree. Vemos la mancha, la contamos, la subrayamos. Mentira tras mentira, rueda de prensa tras rueda de prensa. Y, aun así, seguimos ahí, con la cabeza un poco más baja.

Ya no votamos para que vengan los buenos. Votamos para que no venga el Malo.

Es un matiz pequeño que lo cambia todo. Antes cerrabas los ojos para no ver. Ahora los abres mucho y, aun viendo, te quedas. No por convicción. Por vértigo. Por miedo a quedarte sin trinchera.

Y ahí seguimos, como soldados maltrechos, en una guerra que nadie nos explicó cuándo empezó. Sin rancho, sin relevo, sin plan de paz. Ya no defendemos una idea. Defendemos una fosa. La nuestra. Porque nos han convencido de que fuera hace más frío.

Desde la trinchera, el hemiciclo se ve como lo que es: el patio de un colegio mayor.

Dos equipazos eternos que ya no compiten por ser mejores. Compiten por demostrar que el otro es peor. No hay proyecto: hay dossier. No hay horizonte: hay hemeroteca. El «y tú más» elevado a ideología. Grita tú, que yo grito más. Y, mientras tanto, el partido sin jugar.

Y luego está él. El matón de la clase.

El más fuerte no es el que más tiene. Es el que menos necesita para ser imprescindible. El que, con cuatro pupitres, vuelca la balanza. El que no juega, pero sin cuyo permiso no hay balón.

Y los equipazos, que podrían ignorarlo, le suplican. Le hacen los deberes. Le escriben el discurso. Porque sin él no hay mayoría y, sin mayoría, no hay foto.

Así funciona la aritmética del miedo: el pequeño manda y el grande obedece para poder seguir mandando un poco.

Lo trágico es que esto no es un patio. Somos nosotros los que estamos fuera.

Nos hemos convertido en un enjambre. Un enjambre enorme, zumbando muy alto, muy enfadado, incapaz de ponerse de acuerdo sobre si ir a la izquierda o a la derecha. Porque ya no volamos hacia una flor. Volamos huyendo del insecticida que nos dicen que trae el otro.

Y, en ese vuelo sin rumbo, se nos olvida lo que llevamos en las patitas: polen.

El polen de lo real. El sueldo que no llega. El alquiler que es un chiste malo. La lista de espera. El barrio que se vacía. Nuestro polen.

Nadie lo está cuidando. Nos lo van a arrebatar sin hacer ruido. No de un manotazo. Por dejación. Entre tanto decreto tumbado, tanta trinchera y tanto matón de patio, nos van a dejar sin miel y sin colmena.

Y seguiremos allí, fieles a una trinchera vacía, votando contra el Malo, olvidando que hace mucho que nadie vota por nosotros.