Hace pocos días hice mi primera compra en Estados Unidos. Compra no de comprar por comprar, sino de ir a por la compra, la de comer. Lo manchego tira primero de uno hacia lo conocido. Me pasé por un súper cuyo nombre no revelaré, pero puede encontrarse también entre Tomelloso y Alcázar. Ya veremos luego si eso.

Los ojos se van a lo que se van. Un pollo sospechosamente grande y barato, leche de cuatro litros y salchichas de colores. Todo en estas tierras se parece a esa gente a la que le gustaría vendimiar "por probar". No inspira confianza.

Tratando de esquivar el colesterol, me sorprendí mirando una caja ya casi vacía, pero con algo un tanto familiar. Ahí estaba, ni más ni menos, que el logo de una conocida marca de queso manchego. Quedaba una sola cuña, como no podía ser de otra manera. A saber cómo habría llegado hasta ahí.

Visto el precio, decidí dejarla donde estaba y hacer caso a mi abuela: que no gastara mucho, con lo caro que está todo por ahí. "Ay hijo mío ten cuidao" y otras proclamas que pueden imaginarse. En fin, no hubo queso porque a las fuentes oficiales hay que respetarlas siempre.

No va a quedar otra que pedir a alguien que tire queso al mar. Igual ir hasta Portugal no hace falta, pero quién sabe. Pueden lanzarlo al Záncara entre febrero y marzo. Quizás este año el río vuelva a llevar agua en esas fechas. Lo mismo llega el queso al Guadiana y acaba recorriendo los 6.000 kilómetros que nos separan de Estados Unidos. Métanlo en una botella, como en las películas. Que marche flotando poco a poco. O mejor, arrojen muchas. Muchísimas. Por espuertas. Llénenlas todas de queso para los más de 25.000 vecinos de la región que por cuestiones diversas habitamos el continente americano.

Porque qué somos los manchegos si no la última cuña de queso en un supermercado americano. Díganme que no. Sencillos y de calidad mientras a nuestro alrededor hay quienes se complican sin necesidad ni resultado. Encima caemos bien y en el estante quedan cada vez menos. Se nos quitan de las manos y, claro, valemos dinero. O al menos lo valemos cuando salimos de la llanura.

Harina de almortas ya no me he atrevido a pedirles. Eso mejor no lo tiren al agua, no vaya a ser que los tiburones le cojan el gusto a las gachas y empiecen a ir de ruta por los pueblos. Total, eso ya sucederá para el 23 de mayo.

Y nada más. Convendría ir terminando. La abuela está en videollamada. Dice que cuelgue ya, por favor. Que esto estará gastando y ya hemos hablado mucho.