Hay una vieja amiga que viene advirtiéndome hace tiempo de la injusta fama que tienen los bingos. Dice que pasas la tarde, echas cuatro rayajos y encima sirven alcohol del bueno. "Para una señora como yo, suficiente", advierte mi amiga que es joven y guapa, pero lleva una viejoven dentro. Le faltan los visones que dice comprará pronto para completar el cuadro. Me viene esto a la cabeza cuando leo que Maricarmen es binguera y pasaba las tardes echando un cartón. El bingo es una cosa muy seria que ha marcado la intrahistoria de este país sin que nos diéramos cuenta. Si en La escopeta nacional Berlanga retrataba una clase aristócrata que adoptaba decisiones entre tirito y tirito, el bingo es la suerte que buscan las señoras cuando las tardes se vuelven aburridas y plúmbeas. Por no hablar de los camareros, que son jóvenes, fuertes y guapos. Como para perderse la partida y echar una miradita entre línea y bingo.

España se juega la suerte de la legislatura a un bingo especial de diez euros en el que Maricarmen hubiera comprado tres cartones. La rapidez y destreza con el lápiz, el rotulador o la ficha es clave para no perderse ni saltarse un número. Sólo los que somos muy bingueros, sabemos la trascendencia que tiene la bolita, el ritmo y el cante. Por no hablar de los beneficios de templar nervios y aguantar la racha del compañero. Algo así debe pensar Sánchez estos días, si jugarse la legislatura a un cartón de línea o directamente bingo. La política es un poco como la Fortuna y esta, desde Virgilio, es de los audaces. Igual que Maricarmen, que para qué se va a comprar un piso pudiendo ir al bingo. Los mismos que los acampados en Sol, que montan una jarana de ligue y litro en lugar de irse a trabajar. Seguro que, para matar las horas, también echan bingos.

Los bingueros fue la película que Esteso y Pajares hicieron para retratar la clase social de una época que salía de la dictadura y entraba a la democracia. Fue una película del destape, donde señores calvos y bajitos se acostaban con francesas esbeltas y fabulosas. El bingo siempre ayuda al amor, cualquiera que haya ido lo sabe. Desde mirar la ficha al igual que el escote a la vecina de mesa. La vida es un juego y cuanto antes lo descubras, mejor. Maricarmen lo sabía de sobra y así le ha salido la jugada, que ahora va a presentar las campanadas de fin de año. Uno no puede rayarse por no cantar una tarde, ya que el bingo de tu vida sale cuando menos lo esperas. La bolita del cante baja al platillo en el momento inesperado, lo justo para volver al día siguiente y convertirse en ludópata moderado. Pero qué es la vida si no un juego donde a veces ganas y otras pierdes.

Maricarmen ya ha ganado el bingo de su vida… Con la bola además que no esperaba, la del ayuntamiento y los buitres que se han dado la vuelta por el camino que venían. La izquierda y los manifas no le han dado nada, pero eso da igual. Son los pobres y por eso llevan razón. Se merecen cantar un bingo porque la derecha lleva los cartones marcados.

Maricarmen es un decreto con nombre de ángel caído en un bingo de Retiro. El rentista no tiene quien le escriba porque se dedica a trucar las ruletas e hipotecas. Da igual que los decretos encarezcan la vivienda y vuelvan imposible el alquiler. Hace falta la guillotina eléctrica, como decía Valle y recordó Iglesias. Y se compró una casa en Galapagar. Las casas comunistas eran luego puestas a disposición del pueblo. Todas, menos las de los líderes que eran sólo suyas. Por eso no hay nada más democrático en todo esto que ir al bingo. No sé por qué critican a Maricarmen. Al final, se ha hecho con la casa después de tantas partidas.