Si Maquiavelo levantara hoy la cabeza, probablemente no escribiría otro libro; le pediría un autógrafo a Pedro Sánchez y se pondría a estudiar, porque lo que estamos viendo con la vivienda tiene algo de política, algo de propaganda y muchísimo de maniobra de distracción.
España tiene un problema gravísimo de vivienda. Los precios siguen disparados y miles de jóvenes y familias no pueden acceder a una casa, pero el problema no nació ayer, ni con Mari Carmen, ni con el último decreto. Pedro Sánchez lleva ocho años en la Moncloa. Ocho años, y ahora pretende que creamos que, después de todo ese tiempo, la solución puede aparecer en cuarenta y ocho horas de negociación frenética.
Hay algo todavía más sorprendente; por primera vez parece que la movilización política no se dirige contra quien gobierna, sino contra quien no ha podido sacar adelante sus propuestas. Manifestaciones contra la oposición, presión callejera y hasta llamamientos a una huelga general por la vivienda. La protesta es legítima, naturalmente. Lo extraordinario es el destinatario.
Mientras tanto, se fabrica un culpable universal: los fondos buitre. El Banco de España ha estimado que las personas jurídicas privadas poseen alrededor del 8% de las viviendas principales en alquiler de mercado. El resto está mayoritariamente en manos de particulares. Es decir, detrás de muchas viviendas hay jubilados, familias que heredaron un piso, pequeños propietarios o personas que invirtieron sus ahorros.
Aquí aparece otra pirueta política: las comunidades autónomas tienen competencias en vivienda, pero el Estado financia buena parte de esas políticas mediante sus planes y acuerdos. En Castilla-La Mancha, el plan 2026-2030 moviliza 168 millones procedentes del Estado, es decir, el dinero suficiente como para construir 200 viviendas al año en toda la región.
Así que quizá convendría dejar de jugar a "la culpa es de las autonomías" frente al "la culpa es de Sánchez", evidentemente es de Sánchez. La vivienda no se arregla pasando la pelota de una administración a otra, se arregla construyendo vivienda.
Mientras el Gobierno agita el debate, mientras unos señalan a los propietarios, otros a las comunidades y otros a la oposición, hay algo que permanece exactamente en el mismo sitio; "No hay casas suficientes" y por eso el precio es disparatado.
Pero que casualidad: tampoco se habla demasiado de Ceuta. Ni de otros asuntos que hasta hace unos días ocupaban titulares. El foco cambia, la conversación cambia y, durante unos días, España entera habla de vivienda.
¿Es todo una operación perfectamente diseñada? Eso exigiría pruebas que no tenemos.
Pero hay algo que sí sabemos: la política vive de los focos y Sánchez sabe perfectamente dónde colocarlos.
Si algún día hay que poner nombre a esta nueva forma de hacer política, quizá no sea maquiavelismo, será maqui-sanchismo.
Maquiavelo enseñó cómo conquistar y conservar el poder.
Sánchez, al menos en esta legislatura, parece empeñado en enseñarnos algo todavía más moderno: cómo conseguir que, cuando el problema lleva ocho años sin resolverse, la discusión termine siendo quién tiene la culpa de que no se haya solucionado en dos días. En fin, sencillamente, vergonzoso.
