Hace unos días, una amiga me contó que le había preguntado a la inteligencia artificial si debía dejar a su marido. La máquina contestó, claro. Le ordenó los argumentos, le puso pros y contras, le explicó riesgos, patrones y posibilidades. Todo limpio, todo razonable, todo en su sitio. Y yo solo acerté a preguntarle: ¿y tú qué sientes?
Porque quizá ahí esté el problema. Nos estamos acostumbrando a consultar una pantalla para todo: para saber qué comprar, qué comer, dónde viajar, cuánto dormir, cuándo invertir o qué contestar. Y ahora también queremos preguntarle a quién amar, cuándo marcharnos o cuándo volver. Como si el corazón pudiera externalizarse.
La inteligencia artificial es una herramienta prodigiosa. Puede calcular en segundos lo que a nosotros nos llevaría horas. Puede ordenar, comparar, resumir y prever. Pero hay cosas que no entiende porque, sencillamente, no las ha vivido. Puede decirte cuál es la ruta más rápida, pero no por qué alguna vez necesitas perderte. Puede corregirte una carta de amor, pero no sabe lo que cuesta escribirla. Puede analizar miles de conversaciones, pero no sabe lo que significa quedarse en silencio al lado de alguien que está sufriendo. Y jamás sabrá cuánto pesa una mano sobre otra mano en una noche de hospital.
Vivimos fascinados por lo medible. Contamos pasos, calorías, pulsaciones, seguidores, dinero, horas de sueño y productividad. Todo tiene una cifra. Todo parece necesitar una cifra. Pero no todo lo importante cabe en una estadística. ¿Cómo se mide el primer llanto de un hijo? ¿Cómo se cuantifica el olor del puchero de tu madre? ¿En qué gráfico aparece el escalofrío que te recorre cuando suena una guitarra y todavía no ha cantado nadie? No hay datos para eso. Y, sin embargo, ahí está media vida.
El corazón se equivoca. Claro que se equivoca. Llega tarde, se precipita, perdona demasiado, se queda cuando debería irse y se marcha cuando quizá debería quedarse. Bendito sea. Porque vivir no consiste solamente en acertar. A veces consiste en haber sentido algo de verdad.
No quiero una vida perfectamente optimizada. No quiero que todas mis decisiones sean correctas, eficientes y previsibles. Quiero una vida vivida. Quiero poder equivocarme por amor antes que acertar siempre por cálculo. Quiero seguir dudando, llorando cuando no toca y riéndome en el peor momento. Quiero conservar el derecho a hacer cosas que ningún algoritmo recomendaría.
Que la máquina nos ayude, por supuesto. Que nos ahorre tiempo. Que nos haga la vida más fácil. Pero que no nos quite la parte difícil, porque precisamente ahí está la nuestra. Y si algún día una máquina pretende decirte a quién debes querer, hazle caso en una sola cosa: apágala.
El corazón no tiene algoritmo.
Y menos mal.
