Niebla es el perro de Heidi. La niebla es una aterradora película basada en un libro de Stephen King. Niebla es también un pueblo de Huelva y la famosa "nivola" de Unamuno. Sin embargo, para las mujeres instaladas en la menopausia y alrededores, la niebla es otra cosa.

Sondeo a mis amigas y me pongo al día de la problemática. Está la que hace tres viajes a la nevera sin saber a qué va. La que tiene todos los nombres en la punta de la lengua, pero no le viene ninguno. La que enciende el ordenador y se queda en blanco. La que ha perdido fluidez mental. La que no consigue concentrarse…

A la niebla mental le sobra nombre y le falta reconocimiento. En estudios realizados a ambos lados del Atlántico, entre la mitad y dos tercios de las mujeres declaran sufrir niebla mental durante la transición a la menopausia. Y, sin embargo, a estas alturas de la vida, ni en Estados Unidos ni en Europa disponemos de un tratamiento pensado específicamente para combatirla.

Se ha intentado, pero falta consenso sobre la evidencia. El ensayo KEEPS-Cog, uno de los mejor diseñados hasta la fecha (aleatorizado, con placebo y una muestra de casi setecientas mujeres) probó dos formas distintas de terapia hormonal durante los cuatro años siguientes al inicio de la menopausia sin hallar beneficio cognitivo alguno. Y ni siquiera una década después, al volver a evaluar a esas mismas mujeres, se detectó huella alguna, buena o mala, de aquel tratamiento.

Pero ahora, este mismo mes de septiembre, la revista Scientific Reports ha publicado un estudio realizado desde la Universidad de California en Los Ángeles, que evaluó un tratamiento con estriol y progesterona en veinte mujeres menopáusicas durante doce meses. Al final del tratamiento, todas ellas declararon sentir menos niebla mental y mejoras en la concentración, la memoria y la velocidad para resolver problemas.

El hallazgo ha generado titulares porque confirma que hay una explicación biológica para lo que tantas mujeres llevan años describiendo sin encontrar soluciones concluyentes. Pero ojo: la muestra es pequeña, no hubo grupo de comparación ni asignación al azar de las dosis y la mejora se midió con lo que las propias participantes contaron sobre sí mismas, no con pruebas cognitivas objetivas administradas por un especialista. Y, además, hay conflicto de interés, porque la investigadora principal es la inventora de la patente del tratamiento y asesora de la empresa que lo comercializa.

Nada de esto invalida el hallazgo, pero sí explica por qué los propios autores del estudio piden ensayos más amplios y mejor diseñados antes de sacar conclusiones. Y ahí está el problema de fondo: llevamos décadas esperando que la ciencia se tome en serio la salud de las mujeres en la menopausia y, cuando por fin empieza a hacerlo, todavía lo hace con datos frágiles y con intereses comerciales de por medio.

Necesitamos que la menopausia deje de tratarse como un tema menor en investigación biomédica. Y necesitamos evitar el sesgo que llevó este mismo verano a la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición a retirar un informe con recomendaciones nutricionales para mujeres en la menopausia elaborado con referencias de estudios hechos exclusivamente con hombres.

De manera urgente, hacen falta ensayos independientes y más recursos públicos para investigar la salud femenina más allá de la edad reproductiva. El NIH estadounidense, el mayor financiador de investigación médica del mundo, con un presupuesto anual de más de 47 000 millones de dólares, destinó a la menopausia apenas 56 millones en 2023: un 0,12 % del total. Horizon Europe, su equivalente europeo, ni siquiera tiene todavía una categoría propia para clasificarla.

Porque la niebla meteorológica se explica desde hace siglos; la literaria no necesita explicación, pero la mental todavía requiere una defensa casi beligerante cada día, cuando cientos de mujeres acuden a consulta y tienen que conformarse con el clásico "aprenda a vivir con ella".