Pedro Sánchez tiene una última gran decisión antes de las elecciones: cuándo convocarlas y no parece dispuesto a regalar a nadie una derrota limpia.
Si convoca las generales antes de las municipales y autonómicas de mayo y pierde, Dios mediante, no podrá esconderse detrás de nadie. No habrá alcaldes, presidentes autonómicos ni candidatos locales a los que repartir responsabilidades. La derrota será exclusivamente suya. Él habrá elegido la fecha, él habrá convocado y él tendrá que asumir el resultado.
Si espera hasta después de mayo, el problema puede ser todavía mayor. Si el PSOE pierde alcaldías y gobiernos autonómicos, Sánchez llegará a las generales con menos poder territorial, menos estructura y menos capacidad de resistencia. Primero perdería el territorio y después se enfrentaría a las generales con las heridas abiertas.
Por eso queda una tercera opción: el superdomingo, generales, autonómicas y municipales juntas.
Sánchez ha dicho que no lo hará, pero ya se sabe que es especialista en "cambiar de opinión". Así encontraría un escenario mucho más cómodo para administrar una derrota porque en las municipales no siempre se vota al partido: se vota a la persona; al alcalde, al candidato conocido, al vecino que lleva años gobernando y ese voto puede servir de salvavidas y arañar algún voto confundido.
Un mal resultado en las generales quedaría entonces mezclado con cientos de resultados municipales: una alcaldía que se conserva, otra que se gana, una comunidad en la que se resiste, una provincia en la que se mejora. La derrota nacional seguiría existiendo, pero quedaría sepultada bajo un interminable mosaico de resultados.
No se trataría de evitar la derrota, se trataría de hacerla menos visible y ahí está la clave.
Sánchez ha demostrado que sabe resistir cuando otros ya daban por terminada su carrera política, por eso resulta difícil imaginar que vaya a escoger voluntariamente el escenario que permita a sus adversarios proclamar una derrota incontestable.
Si pierde antes de mayo, será suya. Si pierde después de mayo, llegará debilitado y si junta todas las urnas, podrá intentar que su derrota quede diluida entre miles de candidatos; es decir, tres caminos. Un solo objetivo: sobrevivir.
Sánchez quizá no pueda evitar morir políticamente, pero, si llega ese momento, parece dispuesto a hacerlo y procurar que nadie pueda atribuirle a él, en exclusiva, el “cadáver”.
Al final, la batalla no será solamente por ganar, será por decidir cómo se pierde y en política, incluso eso importa.
Y no tengan dudas, después de Sánchez quedará un PSOE profundamente herido, obligado a atravesar una larga travesía por el desierto, y quién sabe si la magnitud de las heridas no terminará abriendo un debate todavía más profundo: la necesidad de refundar el partido desde sus propios cimientos y será entonces cuando comprenderemos la verdadera gravedad del Gobierno de Pedro Sánchez y la tensión política que se ha generado en estos últimos años por cruzar unas líneas que nunca antes se habían cruzado.
Que nadie lo dude, el PSOE es necesario para España, es necesario que haya un partido de centroizquierda y otro de centroderecha, son los extremos los que me sobran pero ese es el gran problema, que en estos momentos no hay un PSOE moderado, hay un partido inmerso en sobrevivir como pueda y eso nunca es bueno para un país. España, suerte.
